Saber correr la mano

Ejerciendo como un chef d'école, De la Colina amalgama el tema amoroso, el desdoblamiento técnico, el humor, tanto como el despliegue de planos. 
Traer a cuento
(Cortesía)

Ciudad de México

A diez años de la aparición de Traer a cuento (Narrativa 1959–2004), podemos decir que José de la Colina es un narrador excepcional en el panorama literario. Su obra cuentística logra solapar la experimentación con una prosa grácil, lo cual redunda en una obra que deleita al lector que persigue la anécdota en sí misma tanto como al lector que quiere degustar de formas diferentes de malear la lengua. Ejerciendo como un chef d'école, De la Colina amalgama el tema amoroso, el desdoblamiento técnico, el humor, tanto como el despliegue de planos. A partir de una memoria dinamitada por constantes vueltas de tuerca, sus cuentos son tapices elaborados desde una maestría de la trama y la urdimbre.

Hay que subrayar que De la Colina es uno de los lectores más avezados, su criterio literario sobresale por la forma en que interpreta la literatura, los detalles que la dimensionan, lo mismo que al ánimo experimental que logra vastos archipiélagos. Chesterton hablaba de dos naturalezas en el hombre, los que ven el mundo a través del microscopio y los que lo ven por un telescopio: el detallista y el astrónomo. De la Colina logra conciliar los dos ánimos en su estilo. El ejemplo podría ser su cuento "El toro en la cristalería", en el cual se exhibe la frivolidad de unos jóvenes relajientos que conocerán al poeta español Pedro Garfias, lo cual retrata un contraste de los años 60 y el drama de la República Española desterrada; pero sin hacerlo un cuento melodramático, sino una pieza desopilante. Y es que es tan antisolemne, que De la Colina pergeñó algunos versos para ponerlos en voz del poeta salamantino.

Con influencias de Conrad, Faulkner y Saroyan, De la Colina ha echado mano del narrador infantil, la ambientación de historias de aventuras y la yuxtaposición de planos en su obra cuentística, lo cual la dota de una frescura, de una riqueza en la experiencia literaria como pocos autores lo hacen en este tiempo de tremendismo o narradores —más que cínicos— acinicados.

Si pensamos en obras como "La lucha con la pantera", "La tumba india", "La última música del Titanic", "El espíritu Santo", entre otros muchos, podremos ver su ejercicio estilístico. Ahora mismo se me ocurre la forma en que después de una coma, De la Colina descuelga el renglón a la manera de un verso o un breve suspense, porque lo que se ha propuesto este gran estilista es mantener en vilo al lector de la primera línea hasta la última frase de su cuento, a la manera de los directores de cine que saben que cuando una película es lograda el espectador no se quiere despegar de la pantalla ni en la secuencia de créditos. También pienso en sus absolutamente legibles líneas sin un solo signo de puntuación, que se van encadenando, liando, a la manera de un monólogo cuya imaginación es estimulada embate tras embate. Parece que esa técnica salió de una competencia que hacían De la Colina, Antonio Montaña y Fernando del Paso, que consistía en hacer la frase más larga exenta de signos. Lo cual obligó a Del Paso a decir que Pepe de la Colina había sido su maestro, como lo es de muchos de nosotros quienes pretendemos escribir como quien sabe correr la mano.