Rosario Castellanos ante el espejo

Su hijo, Gabriel Guerra, y sus amigas Dolores Castro y Elena Poniatowska evocan a la escritora y resaltan la vigencia de su obra poética y narrativa.

México

Rosario Castellanos fue nube, tornado, tempestad, ironía capaz de demoler con palabras su propio mausoleo. Su poesía revela también que fue ansia, premura, desazón, catástrofe, un sauce que miró por muchos años cómo pasa la vida, cómo se lleva el río las risas de los niños.

Fue madre: su cuerpo proyectó otro cuerpo que hoy se llama Gabriel; fue esposa, aunque supo que el matrimonio no garantiza la felicidad; fue hija, pero sus padres se hundieron en la tragedia de haber perdido al único hijo varón y de paso la extraviaron a ella.  

Rosario Castellanos nació en la Ciudad de México el 25 de mayo de 1925, hoy hace 90 años. Pasó los primeros 15 años de su vida en Comitán, Chiapas, rodeada de indígenas taciturnos que cruzaron con pies descalzos por su obra narrativa.

La muerte de su hermano (por tuberculosis) a los siete años la llenó de culpa. A falta de ese interlocutor infantil, aprendió a hablar sola. Esos monólogos  infantiles y juveniles quedaron plasmados en un diario personal, que luego fue la génesis de sus novelas, cuentos y poesía.

A los 16 años regresó a la Ciudad de México. En la Facultad de Filosofía de la UNAM compartió espacio con una generación brillante, integrada por Jaime Sabines, Rubén Bonifaz Nuño, Ernesto Cardenal, Tito Monterroso y su amiga Dolores Castro.

Una buena parte de su poesía revela que no encontró acomodo fácil en el mundo. De hecho, contrajo matrimonio a los 33 años, edad en que se consideraba “quedada” a una mujer.

“Soy Gabriel, hijo de Rosario”

“Yo tenía 12, casi 13 años cuando murió mi madre. Había venido de Israel en 1974 para pasar las vacaciones con mi padre en México. Pese al divorcio, mi madre siempre procuró que mantuviera una relación estrecha con él.

“Aquel día estaba en el departamento de mi padre. En algún momento me llamó, me llevó a su estudio y algo me dijo sobre un accidente en la embajada mexicana en Israel. No tenía muchos detalles. Poco después recibí una llamada del presidente Luis Echeverría para darme el pésame. No tuve tiempo de pensar. Esas noticias ponen al cuerpo y la mente en piloto automático.

“La versión oficial es que mi madre salió del baño con los pies o las manos mojadas y, al prender una lámpara, vino la descarga eléctrica. Hasta donde recuerdo, esa lámpara ya la teníamos en casa. Tengo en la memoria de niño haber llegado un día, conectarla y salir botado por el golpe. La corriente en Israel era de 240 voltios, no de 220. El chofer fue quien la encontró.

“De mi mamá recuerdo su capacidad de reírse de todo, incluso de sí misma. La recuerdo leyendo sola o leyendo conmigo. Los libros fueron nuestra forma de acercarnos. ¿Su herencia? El respeto por las ideas, la lectura, los grupos desfavorecidos y, por supuesto, por las mujeres.

“Me volví personaje de su obra cuando estábamos por irnos a Israel (1971), quizá antes. En su poema “Autorretrato”, mi madre escribió: “Soy madre de Gabriel, ya usted sabe, ese niño/ que un día se erigirá en juez inapelable/ y acaso, además, ejerza de verdugo/ Mientras tanto lo amo”.

La eterna feminista

San Pablo consideraba a la mujer un “animal enfermo”; Santo Tomás, un “varón mutilado”; san Agustín, una “masa de perdición”. Nietzsche y Schopenhauer sostenían que era “semianimal”. Ni hablar ya de la epístola de Melchor Ocampo y la obediencia que debe mostrar la esposa para curar las heridas del hombre en su paso por la vida.

En Occidente la mujer ha sido, sucesivamente, sinónimo de pureza prenupcial, fidelidad al marido, devoción por los hijos y laboriosidad en la casa.

En su tesis doctoral, Rosario Castellanos confirmó la nula injerencia que tenía la mujer en política, economía, sociedad y cultura;  sin embargo, nunca se enganchó en el alegato sobre  un complot universal contra ellas.

Al contrario. La escritora repudiaba “la hipócrita complicidad de hombres y mujeres que se arrellanan en un estatus del que ambos obtienen ventajas”.Los primeros, por mantener su estatus de género dominante; las segundas, por no renunciar a ser las “esclavas veneradas” (madre, hija, esposa, amante).

Según su amigo Raúl Ortiz, El eterno femenino, su última obra de teatro, es precisamente una crítica “contra la abnegación de las madres, la virtud de las esposas y la castidad de las novias, es decir, contra los cimientos de las instituciones más sólidas del país: familia, religión y patria”.

En el México que le tocó vivir a la escritora, era obligación de las mujeres tener los pies pequeños, las uñas largas, los cabellos peinados y la cintura de abispa. “Todo para agradar a los hombres”, ni siquiera por un motivo propio.

“Debe haber otro modo/ Otro modo de ser humano y libre/ Otro modo de ser”, se cuestionaba Rosario en su poema “Meditación en el umbral”.

Más de medio siglo después, hay avances que favorecen a las mujeres, pero existen estancamientos y aun retrocesos, reconoce Lucía Lagunes, directora de Comunicación e Información de la Mujer (Cimac).

La aprobación del aborto en el DF, antes de las 12 semanas de gestación, es un avance, al igual que la maternidad como elección, no como destino, dice.

Sin embargo, persiste la “subvaloración” de su capacidad intelectual. “En el ámbito político se nos dice que nosotras debemos demostrar que nos merecemos un lugar a partir de nuestra capacidad e inteligencia, pero a los diputados o senadores varones ¿cuándo se les exigió que comprobaran que son aptos?

“Hoy México es más violento contra sus mujeres y se ha agravado el acoso en las calles (antes llamado piropo), escuelas y centros de trabajo”.

“Te extraño mucho, amiga”

“Conocí a Rosario en tercero de secundaria. Era tímida, pero no depresiva. Perdió a su hermano de siete años y su mamá se lamentaba —delante de ella— de que hubiera muerto el único hijo varón de la familia”, comenta Dolores Castro.

“Como madre perdió dos hijos antes de que naciera Gabriel (Guerra). La muerte de sus padres también fue terrible. Ella murió de cáncer y él de un infarto en plena calle. Rosario tuvo que manejar con su padre muerto.

“Dicen que las poetas están locas y se suicidan. Yo tengo 92 años y me gusta la vida.

“En 1951, Rosario y yo fuimos a España a estudiar. Antes del viaje, Ricardo Guerra (quien luego sería su esposo durante 13 años) le pidió matrimonio.‘No me voy a casar’, decía ella. Quería ser fiel a su vocación de escritora. Cuando regresamos a México, Rosario se fue a Chiapas. Para evitar la tentación de regresar al DF y casarse, se rapó.

“Ricardo se unió a otra persona. Tuvo dos hijos. ¿Cómo terminó entonces casándose con Rosario? En una carta, ella me decía: ‘He probado casi todo en la vida. Lo que ya no soporto es la soledad’. Retomaron su relación en las tertulias que organizaba la esposa de Rodolfo Usigli. Se casaron en 1958. Era un matrimonio que no iba a resultar. Rosario lo sabía. Fue peor la soledad en compañía.

“Si tuviera oportunidad de hablarle, le diría: ‘¡Cómo te he extrañado!’ Y luego, lo mismo que escribió Jaime Sabines: ‘Por qué moriste de una manera tan tonta’”.

Adiós a Tel Aviv

Rosario fue despidiéndose poco a poco de México. En 1966 aceptó invitaciones para dar clases en universidades de Winconsin, Colorado e Indiana, y en 1971 fue nombrada embajadora en Israel, un exilio del que no regresó. Hasta la legación le llegaron un día los papeles de su divorcio.

Ese traslado la alejó de todo: la falta de reconocimiento en el país, su aversión a la intelligentsia mexicana, su matrimonio frustrado. Allá ejercería su oficio de toda la vida, el aislamiento, pero con plena libertad.

“El mundo que para mí está cerrado tiene un nombre: se llama cultura y sus habitantes son todos del sexo masculino”, dijo en una entrevista en Tel Aviv.

Llegaría a Jerusalén, como refiere la leyenda judía, para dejar ahí las piedras que han sido el fardo de nuestras vidas.

“Aquí he pasado los mejores años de mi vida”, dijo Rosario a su amigo NahumMegged, de la Universidad Hebrea de Jerusalén.

“Aquí vio que era más humana, feliz de ser mujer. Luego se apoderaba de ella un miedo mágico, de que eso se acabara alguna vez de forma repentina e ilógica, como la muerte de su hermano, el personaje de Balún Canán”, dice el catedrático.

El cuerpo de Rosario Castellanos llegó a México una mañana lluviosa. Se aplicó el protocolo diplomático para despedirla, hubo homenaje en Bellas Artes y luego fue trasladada a la Rotonda de los Hombres Ilustres (hoy Personas Ilustres), donde es vecina de Jaime García Terrés y David Alfaro Siqueiros.

Desde entonces la hemos convertido en escuela, parque y lectura escolar. Ezra Pound recomendaba leer a T. S. Eliot. Y José Emilio Pacheco nos dejó a nosotros una recomendación: “Lean a Rosario Castellanos”.

Sucesora de Sor Juana

“A 90 años del nacimiento de Rosario Castellanos, su obra sigue vigente. Balún Canán y Oficio de tinieblas son novelas sobre la explotación de los indígenas y eso no ha cambiado”, asegura la escritora y periodista Elena Poniatowska.

“Después de Sor Juana, Rosario es la escritora más importante de México, no solo por su obra, sino por su defensa de las mujeres.

“Nosotras le debemos mucho, porque nos abrió la puerta a todas las que quisimos ser escritoras. Desde entonces han surgido muchas creadoras importantes, como Guadalupe Nettel.

“Leo a Rosario con frecuencia y nunca he considerado que su poesía sea trágica, doméstica o sentimental. No creo tampoco que su vida sea trágica. Su vida fue de enorme trabajo. Trabajó tanto que parecía que iba a morir así.

“Si tuviera oportunidad de platicar con ella, le contaría todo lo que ha sucedido en México. Creo que se indignaría por Ayotzinapa”.

 

Fragmentos

 

Autorretrato

Sería feliz si yo supiera cómo.

Es decir, si me hubieran enseñado los gestos

(…)

En cambio, me enseñaron a llorar. Pero el llanto

es en mí un mecanismo descompuesto

y no lloro en la cámara mortuoria

ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.

 

Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo

el último recibo del impuesto predial.

 

Kinsey Report

Con frecuencia, que puedo predecir,

mi marido hace uso de sus derechos o,

como él gusta llamarlo, paga el débito

conyugal. Y me da la espalda. Y ronca.

 

Consejo de Celestina

Desconfía del que ama: tiene hambre,

no quiere más que devorar

Busca la compañía de los hartos

Esos son los que dan.

 

Se habla de Gabriel

Como todos los huéspedes, mi hijo me estorbaba,

ocupando un lugar que era mío

existiendo a deshora

haciéndome partir en dos cada bocado.

 

Memorial de Tlatelolco

Recuerdo, recordemos

Esta es una manera de ayudar a que amanezca

sobre tantas conciencias mancilladas,

(…)

Recuerdo, recordemos

hasta que la justicia se siente entre nosotros.

 

Dos poemas

Yo no voy a morir de enfermedad

ni de vejez, de angustia o de cansancio.

Voy a morir de amor, voy a entregarme

al más hondo regazo.

Yo no tendré vergüenza de estas manos vacías

ni de esta celda hermética que se llama Rosario.

En los labios del viento he de llamarme

árbol de muchos pájaros.