[Cuento] Rosáceo

Ruy Feben es autor del libro de cuentos Vórtices viles y editor de GQ México y Latinoamérica.
Rosáceo
Rosáceo (Especial)

Ciudad de México

Despertó a la mitad de la noche por la sensación de que alguien lo estaba mirando. O eso creyó, porque al mismo tiempo una comezón se me clavó en la nuca como dentera y ya no supo bien a qué atribuirle el repentino salto de la cama. Como suele pasar en estos casos, recordó lo que había soñado, que providencialmente era una pesadilla: en el útero materno, docenas de siameses pequeñísimos, idénticos a él, hacinados en su cuerpo, le reclamaban la vida en un líquido rosáceo. Pero se tranquilizó cuando vio que la noche era una de ésas en las que en jardines idílicos abren flores de colores invisibles, sin luna ni nubes; pensó que una noche así, tan habitual, tan ligera, es poco propicia para que las pesadillas se reproduzcan.

Estaba a punto de dormir otra vez cuando escuchó nítidamente una voz susurrando su nombre. Sin pensar, con la cara sumida en la almohada, jadeó: “¿Quién anda allí?”; su vocecita sonó como el zumbido de una colmena a lo lejos. Despacio alcé la cabeza, apenas con la fuerza de un pétalo desplegándose; miró en la oscuridad los muros, las puertas, los puntos rojos que parpadeaban como ojos pero que eran dos foquitos de un aparato conectado a la electricidad, nada más. Tras la ventana la noche era habitual, ligera, y no parecía haber nada qué temer.

Respiró aliviado; se concentró en el aire entrando y saliendo por su nariz para provocarse una paz como solo hay entre las volutas secuenciadas de las nubes o entre los cráteres de la luna.

Por fin sereno, prefirió omitir que tendido sobre las sábanas sentía los brazos chuecos, las rodillas en una posición extraña; prefirió omitir que de nuevo oyó un susurro diciéndole que no se preocupara, que todo estaba bien. Pero en el caudal de su respiración se cruzó otra, una corriente ajena que dentro de su propio pecho sonaba más bien como un río ensordecedor. Trató de callarla, pero al rugido de aquel inhalar ajeno se sumó el temblor de un corazón que no retumbaba como el suyo. Quiso levantarse, correr al baño, mojarse la cara, pero no pudo: el cuerpo no reaccionaba a sus órdenes, como atrapado en un alud. Con todas sus fuerzas intentó mover un dedo, y ni eso pudo. Se echó a llorar en silencio, convencido de que cualquier cosa podría desarrollarse, de que todo había terminado. Fue tal su derrumbe, que cedí: los pasos se sucedieron con el cosquilleo de un hormiguero excitado, los pies se movieron como si no fueran suyos, dirigiéndose a donde él quería pero sin hacerle caso a él.

La luz del baño lo obligó a cerrar los ojos: el mundo detrás de los párpados se le volvió rosáceo. Creyó que estaba soñando de nuevo. Hice con mis manos un valle y mojé mi nuca. Sentí el agua bajando por su rostro, deforme y aún asustado, como una multitud de pétalos transparentes cubriendo el cielo. Acaricié entre mis vértebras su barbilla, y antes de que balbuceara palabras que no necesitaba pronunciar para que yo entendiera, lo interrumpí: “Tranquilo, solo estamos tú y yo. Solo quedamos tú y yo. Todavía”.