Romper estereotipos, la batalla de la gente pequeña

Discriminación, carencia de oportunidades laborales y falta de políticas son parte de su vida; destacan que ellos y sus familias deben quitarse la imagen que la sociedad les impone.
En 2013 la Ley Federal para Erradicar y Prevenir la Discriminación prohibió que se excluyera a las personas con talla baja.
En 2013 la Ley Federal para Erradicar y Prevenir la Discriminación prohibió que se excluyera a las personas con talla baja. (Moisés Butze)

México

Guillermo dimensionó su situación a los 18 años cuando un grupo de amigos se lo dijo sin rodeos: “Es que no te das cuenta, pero eres enano, acuérdate. Y tienes que tomar fuerzas a partir de eso”. Hasta ese momento, la seguridad que le infundió su madre había bastado para enfrentarse a un mundo diseñado a otra altura y caracterizado por relegar al estereotipo de bufón a los que, como él, sufren una anomalía en el crecimiento de los huesos que les impide medir más allá del metro con 40 centímetros.

La acondroplasia es la más común entre las 250 causales del enanismo en humanos; aunque se desconoce el origen de este padecimiento, se sabe que es una mutación genética que se manifiesta en uno de cada 30 mil nacimientos. Cerca de 90 por ciento de quienes la tienen no poseen antecedentes hereditarios. Ese es el caso de Guillermo Rivera, quien, diagnosticado con acondroplasia, fue el primero en su familia en presentar talla baja.

“Yo tuve una infancia ‘normal’ en cuanto a estudios, pero lo digo entre comillas porque a partir de los cuatro años me empezaron a hacer cirugías para el crecimiento. Toda la primaria fui en silla de ruedas a la escuela; entonces era normal en el sentido de que no perdí clases, pero era estar con clavos atravesados en las piernas, los que van rompiendo el hueso para tener alargamiento”, recuerda el joven empresario que, con este procedimiento, sumó 15 centímetros a su estatura actual.

“Lo normal es que una persona de talla baja sea buleada, lo cual ahora es mucho más violento, pero en aquel entonces yo era de las personas que molestaba, que ponía apodos… Antes le llamábamos ‘entrenamiento para la vida’, pero ahora es bullying”, dice Rivera entre risas, quien aprendió a aprovechar “que tenía cierta complacencia por parte de los profesores” para revirar “la jugada de la vida”.

Subir las escaleras en una estación del Metro, abordar un camión, alcanzar un timbre, lavarse las manos en un lavabo convencional, usar un teléfono público, la ventanilla de un banco e incluso comprar un boleto en cualquier taquilla de cine, resulta a veces un reto para las personas de talla baja que se enfrentan a una infraestructura urbana no incluyente.

Alta competencia

En 2013 la Ley Federal para Erradicar y Prevenir la Discriminación prohibió que se excluyera a las personas con talla baja, y las reconoció dentro del grupo poseedor de alguna discapacidad motriz. Además, el 25 de octubre de ese mismo año se celebró el primer Día Mundial de las Personas con Talla Baja.

Pese a lo anterior, en México no existen cifras de personas con esta característica, ni tampoco un programa de detección, tratamiento y vigilancia para quienes padecen alguna displasia ósea. Esto, sumado a la falta de recursos, hace que los padres no reciban la orientación adecuada y, en muchos de los casos, la atención solo vaya dirigida a tratar alguna molestia más que a prevenir las complicaciones.

El aspecto de “la gente pequeña” —como muchos de ellos prefieren ser llamados—, relacionado constantemente con el entretenimiento, suma a la discriminación y a los problemas de movilidad la falta de oportunidades laborales, pues en ocasiones los empleadores les cierran las puertas antes de evaluar sus competencias profesionales.

Guillermo, quien reconoce que creció en una situación privilegiada que lo mantuvo siempre en escuelas privadas y lo alejó del transporte público, también se ha enfrentado al estigma de su estatura: “Me ha pasado, ahora tengo que ir a empresas: a veces llamo para hacerles una visita, tengo que tocar la puerta y la persona de seguridad me voltea a ver con cara de ‘¿qué, vienes a contarme un chiste?’… Es algo que uno tiene que asumir, pero no tengo retraso mental ni ninguna situación que me afecte intelectualmente. Entonces no tengo que dejar de competir con los demás”.

Licenciado en Ciencia Política, Guillermo —quien desde 2008 se encarga de la gerencia de ventas en una empresa de fotograbado constituida por su familia— dice con convicción: “Sí estás en una condición de desventaja, y debes competir a un nivel mucho más alto que una persona de talla estándar porque tienes que demostrar que no eres un cirquero, un torero o un luchador. Debes demostrar otra cosa, y la única forma es preparándote. No hay de otra.

“¿Qué hace falta? Primero, que nos quitemos el estereotipo de que solo podemos ser el bufón del circo… Eso es trabajo y por lo tanto es honorable y valioso, pero ocasiona que nos encasillen y nos estereotipen… Si la gente de talla baja se quita ese estigma es más fácil que la dejen de ver así… También falta que la familia se quite el estereotipo”, destaca Guillermo, quien además es miembro de la fundación Gran Gente Pequeña de México.

También le parece fundamental que integren una comunidad: “Es importante estar unidos. Deberíamos ser como el movimiento LGBT, del que veo todo lo que han logrado por estar unidos. Nosotros también tenemos una situación de discriminación, pero casi somos como partido de izquierda: casi casi hay tribus”.