ENTREVISTA | POR HÉCTOR GONZÁLEZ

"Como terapia escucho chistes": Rogelio Guedea

El escritor y abogado criminalista Rogelio Guedea.
El escritor y abogado criminalista Rogelio Guedea. (Tomada de Facebook)

Ciudad de México

Después de una larga estancia en Nueva Zelanda, Rogelio Guedea regresó a México y lo hizo con nuevo libro bajo el brazo, El último desayuno (Penguin Random House), donde desde la ficción y por primera vez, el escritor y abogado criminalista se aproxima al Trastorno Obsesivo Compulsivo que padece. Sin resabios reconoce que la escritura tiene un efecto terapéutico al menos para él, tan importante como la música o los chistes.

¿Qué hace un mexicano en Nueva Zelanda?

En 2005 concursé para una cátedra de literatura latinoamericana en la Universidad de Otago y me la dieron; nos fuimos mi mujer, mi hija y yo. Hace poco decidimos volver a México porque a mi hija le detectaron el mismo trastorno que yo tengo: Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC). Un psiquiatra nos recomendó que para que tuviera un mejor desarrollo mental, era mejor que estuviera cerca de la familia. Así que ahora radicamos en Colima.

¿En su caso, escribir le ha funcionado como terapia?

Sí, es terapéutico. En mi nueva novela, el protagonista padece una crisis de ansiedad de TOC. En ocasiones se te olvida comer o de pronto no sabes si fuiste al baño o no. Quería indagar sobre este tipo de cosas pero sin llegar a escribir un tratado sobre el trastorno. Escribir me funcionó como una meditación. Cuando empiezo a escribir entro a un universo ficcionario, eso me permite olvidarme de pensamientos intrusivos que te joden y pueden ser dolorosos. Amas a tu hija y puedes llegar a desearla, es un pensamiento que va contra tu moral y lo que sientes pero está ahí, y es durísimo.

¿Qué tratamiento sigue?

Cuando tengo momentos pico, en los que estoy con un psiquiatra, lo principal es conciliar el sueño, así que tomo pastillas para dormir. Incluso he tomado antidepresivos, pero lo mejor es no llegar a ese grado. Mantengo una buena alimentación, no me drogo, no fumo, tomo el alcohol necesario; hago ejercicio y, como terapia, intento escuchar chistes.

¿De quiénes?

Polo Polo, El Costeño, El J.J., Teo González, Carlos Humberto Rico, Platanito... A todos los conozco.

¿Cuál es su favorito?

Estuve en una etapa en la que me gustaba mucho El Costeño, pero ahora me parece genial El J.J. Y cuando veo los chistes, no hago otra cosa más que eso, porque todo me afecta.

Usted trabajó en un Ministerio Público. No sé si sea el mejor trabajo para conciliar el sueño.

Sí, soy abogado criminalista y mis seis años en el MP me dejaron en la lona. Escribir sobre violencia fue catártico. Como resultado de aquella época no puedo dormir en hoteles. Me tocó levantar muchos cuerpos de gente que había muerto sola y en ocasiones duraba tres días ahí. Todo ese mundo no lo podía sacar a través de la poesía ni el cuento corto, encontré en la novela y en particular e mi Trilogía de Colima, el terreno para sacarlo. Ahora ya no me afecta tanto.

¿Para escribir sigue alguna metodología o rito?

Me dejo llevar por el ritmo de cierta música. Cuando escribí 41 escuchaba a Leonard Cohen: para El crimen de Los Tepames, escuche la versión en Viña del Mar de Abrázame muy fuerte de Juan Gabriel.

¿Y la más reciente, ‘El último desayuno’?

A ritmo de Marco Antonio Solís, porque tiene una voz peculiar que me remitía a cierta nostalgia, en especial “Si no te hubieras ido”.