Soy un fotógrafo de infantería: Rodrigo Moya

Su oficio, el de "un médium que ve algo, lo capta con la cámara y lo transmite a otros", sostiene.

México

El 10 de abril, como es su costumbre, Rodrigo Moya no celebró su cumpleaños, ni siquiera por haber llegado a los 80. El fotógrafo colombiano nacionalizado mexicano no suele deambular por la feria de las vanidades. Y aunque no se jacta de la calidad de su trabajo, sabe que ha entregado buena parte de su vida a la fotografía, una porción apasionada.

En su casa de Cuernavaca, el fotógrafo se muestra como un gran conversador. Rodeado de reporteros y fotógrafos que hemos venido a escucharlo sobre el homenaje que le prepara el Festival Internacional Cervantino (FIC), con dos exposiciones, Tiempos tangibles y Célebres y anónimos, y la presentación del libro Rodrigo Moya, el telescopio interior, el fotógrafo afirma que "la cuestión de los homenajes no es lo mío".

Para huir de las celebraciones que le preparaban se fue a Acapulco dos días antes de su cumpleaños, y el 10 de abril se rompió la mano. "Pasé los 80 años con la mano quebrada —comenta riendo—. Yo concibo este homenaje como un reconocimiento a mi trabajo. Homenaje es algo que se hace a los próceres, a los grandes poetas, a gente muy destacada... Yo creo que mi trabajo no es para tanto, yo soy un fotógrafo de infantería, destacado si quieren, y nada más. ¿Homenaje? Me queda grande el huarache".

En su carrera fotográfica, lo mismo los años posteriores a la revolución cubana —de ahí su famoso retrato del Che Guevara—, que los movimientos sociales en México, la situación de pobreza en los barrios marginales, la vida nocturna, el ambiente cultural y otros temas. Retirado del oficio de fotorreportero, que no le permitía ganarse la vida con decoro, hace algunos años retornó a sus archivos, lo que llevó al redescubrimiento de un artista provocador (aunque no le guste la palabra artista).

Fotógrafo de prensa durante 14 años, Moya tuvo que dejar el diarismo. Entonces dirigió su propia revista, Técnica pesquera, dedicada al mar y la pesca, que tuvo una larga vida de 22 años. "De eso viví y abandoné la fotografía, la foto periodística que era mi pasión... ¡Pero no alcanzaba para el chivo!"

Un archivo de riquezas

Cansado de México y luego de un turbulento periodo económico, hace 16 años decidió radicar con su esposa Susan Flaherty en Cuernavaca. "Ahí fue cuando me encontré con el archivo. Había abandonado la fotografía como oficio, como forma de vivir, durante 30 años. Realmente no me interesaba gran cosa. Cuando llego aquí me encuentro el archivo y empiezo a revisarlo, lo mismo que mi esposa, que es diseñadora y ve con otros ojos".

El archivo fue consultado también por especialistas en fotografía. Al poco tiempo, indica el fotógrafo, "me fui dando cuenta que era mucho más de lo que yo pensaba que era. Yo sabía que era buen fotógrafo, me sentía seguro de mi trabajo. Buscaba siempre una imagen especial. Tenía una forma de trabajar muy móvil, muy ágil. Lo sabía, pero no me interesaba, incluso todo lo político lo tiré. Hice una purga y todo lo que eran políticos, gobernadores, cambios de gobierno, todo eso lo tiré y me quedé con un lote central. El archivo comenzó a tomar cuerpo y le he dedicado estos últimos 16 años, los últimos siete con la ayuda de mi esposa, que es muy ordenada".

El oficio

Como si dictara una clase en la que define el perfil del fotógrafo creativo, Moya dice: "El fotógrafo generalmente no se da cuenta de lo que hace. Hay una forma muy inconsciente de fotografiar que está producida por muchos factores: culturales, de medio ambiente, educación, personalidad. Todo eso distingue a los fotógrafos que toman un mismo asunto, un mismo sujeto, y sin embargo, todas las fotos son distintas porque hay mecanismos diferentes en cada quien".

También hay varios mecanismos para apreciar una fotografía, como sucedía cuando la gente iba a ver sus obras. "Mucha gente apreciaba fotos que yo no apreciaba. Me las pedían y empecé a vender. Quienes empezaron a comprarme fueron los gringos, que son muy buenos coleccionistas y tienen un mundo fotográfico muy rico donde la foto circula mucho. Es mi mercado principal. Mi obra está en varias instituciones, americanas y mexicanas, algo que no imaginaba cuando empecé con el archivo".

Obra con sentido social

Al preguntarle sobre su interés en la fotografía como testimonio social, Moya responde que fotografió "de todo un poquito, pero muchito de cosas sociales. Al mismo tiempo que me formaba como fotógrafo me fui formando intelectualmente y, sobre todo, ideológicamente. Mis amigos eran militantes que estaban en todas las manifestaciones. Me tocó cubrir el movimiento de 1958 con mucha intensidad: todas las marchas políticas. Como todos los jóvenes de mi edad estaba con Cuba a morir. Fui a Cuba en 1964 e hice un reportaje muy grande".

Los barrios marginales aparecen en muchas de sus obras porque le atraía mucho el ambiente de las vecindades, a ese sector que llama "la nata de la ciudad. Ahí encontraba temas muy ricos: muchos niños, mucha gente jodida, la vivienda. Tengo un proyecto que no alcancé hacer, que se llamaba La casa del hombre, que era sobre cómo vive la gente. A mí esas cosas sí me interesaban, me emocionaban".

Si algo les pide a los jóvenes cuando da charlas, es que se emocionen al hacer fotografía. "Esto te da más posibilidades de transmitir esa emoción. A mí me emocionaba, tristemente, ver esa pobreza. Los niños alegres, jugando siempre, pero muy distintos a mis hijos, en un mundo ajeno a nosotros".

Si Moya se considera un fotógrafo bueno es "porque trabajé con mucha pasión, realmente con entrega, hasta a las cosas más vulgares. La imagen se convirtió en algo obsesivo. Pero no soy un artista. Es más, estábamos contra los fotógrafos que se sentían artistas. La fotografía puede ser eventualmente artística, pero yo me considero fotógrafo documental, ni siquiera fotorreportero, porque hacía fotos de otras cosas. Yo era un fotógrafo muy libre. Me daba tiempo para tomar otras cosas. Artes plásticas, reportajes curiosos, todo lo que encuentra uno para cumplir en el periódico. No podía entregar una rebelión cada ocho días. Iba a todas partes".

Rodrigo Moya es generoso con sus conceptos y casi al final de su larga disertación, afirma que "el fotógrafo es un médium entre la realidad y los demás. Yo me considero un médium. El fotógrafo es un médium que ve algo, lo capta con la cámara y lo transmite a otros. La foto está lograda, tiene valor, si transmite la emoción o algo de los pensamientos que tuvo el fotógrafo. El chiste de una foto es que transmita emoción, que te emocione de alguna manera".

Una visita al Che melancólico

Al preguntarle su sensación al ver una de sus fotografías del Che Guevara incluida en el catálogo preliminar Archivo fotográfico Rodrigo Moya, el fotógrafo dice que le emociona. "Esta es de una serie de 19 fotos del Che, que son las que alcancé a tomar porque no llevaba película. Era el último día en Cuba y ese día nos dio la entrevista. Yo había pedido una entrevista con él, con Raúl Roa y con Fidel Castro, por supuesto. Tuvimos la de Roa y la del Che, que fue muy amable. No nos íbamos porque no dejaba de platicar y nos contaba historias".

Les habían dicho que tenían 15 minutos porque el Che tenía mucha gente que atender, porque era el séptimo aniversario de la revolución cubana. Sin embargo, agrega Moya, "estuvimos casi tres horas con él. Esta foto, junto con otra, se han vuelto icónicas y, curiosamente, las han comprado mucho los gringos. Es distinta a la de Korda, aunque ambas son muy conocidas. La mía, que se llama Che melancólico, es un Che más humano, con la vista perdida a lo lejos, melancólico. Es una foto que piden mucho los coleccionistas, la prefieren a otras donde está con más acción en las manos. A mí es la que más me gusta".