Una historia de amor y arte

La vida de este pintor mexicano y su relación de pareja de 25 años, entrañan una experiencia humana y artística ejemplar y reconfortante a pesar del deceso de él, ocurrido el pasado 20 de ...
Rocío y Manuel
Rocío y Manuel (Cortesía)

Tijuana

Esta historia de amor comienza en el momento en que Rocío Hoffmann contempla por vez primera un cuadro de Manuel Lizárraga en la Galería del Mar, en el Hotel Rosarito, un día de 1985. Rocío es una estudiante de 22 años que da sus primeros trazos como pintora en Baja California. Manuel, en cambio, es un artista de 46 años de edad con un largo kilometraje en galerías y universidades de México y Estados Unidos.

“Yo me enamoré de Manuel desde el momento en que vi por primera vez sus cuadros; fue algo inmediato y extremo, casi mágico. Yo estaba enamorada de él y lo único que sabía en aquel entonces es quería conocer a ese artista”, narra Rocío.

Transcurrirían poco más de cuatro años antes de poder cumplir su sueño de encontrarse cara a cara con el pintor, lo cual ocurrió la noche del 3 de marzo de 1989, en una exposición promovida por Rocío en el Grand Hotel Tijuana.

“Yo impulsaba un colectivo de artistas jóvenes llamado Línea Libre; nos íbamos abriendo paso exponiendo en Tijuana, en Rosarito, en Mexicali o donde nos dejaran. Aquella exposición en el Gran Hotel tuvo mucho público, muy buena cobertura y en eso, mientras me estaban entrevistando lo veo aparecer y de inmediato supe que era él”.

En cualquier caso, aquella pasión parece condenada a ser un idilio platónico, la simple admiración de una joven pintora por un artista consagrado. En 1989 Manuel es un hombre próximo a cumplir 50 años de edad, casado y con cuatro hijos. Rocío, por su parte, tiene un formal novio mexicalense. Aquello no parece tener pies ni cabeza y los amigos de Rocío la desaconsejan.

“Me decían que no me convenía: por favor Rocío, míralo, está muy ruco, es casado, tiene hijos y tú tienes novio ¿qué vas a hacer con él?”, recuerda muchos años después la pintora, mientras imita el tono de reproche de sus jóvenes amigos de Línea Libre, quienes confiaban en que aquello sería un idilio caprichoso y pasajero.

En los siguientes 17 días Manuel y Rocío se encuentran en todas partes y los caprichos de la aleatoriedad los llevan a topar sitios improbables. Conocido entre sus amigos como El Yuca, Manuel es un artista de carácter explosivo y pasional.

“Se podría pensar que una diferencia de edad de 25 años es una barrera infranqueable; Manuel había nacido exactamente el mismo día y el mismo año que mi mamá, yo estaba enamorada de él siendo que era exactamente de la edad de mi madre”, cuenta Rocío.

Migrante vocacional y trotamundos compulsivo, en 1989 Manuel Lizárraga se ha separado de su esposa quien se queda en Guadalajara con sus hijos mientras él emigra a Tijuana. Pocos días después del primer encuentro en el Gran Hotel, Rocío va a buscarlo a su casa, una desvencijada vivienda en el corazón del marginal Cañón Johnson, territorio bravo de Tijuana en donde Lizárraga ha montado un improvisado estudio.

“Vivía en medio del Cañón Johnson, un lugar horrible, pero cuando entré fue como cruzar un umbral y entrar en un espacio mágico, lleno de arte, de colores. Yo estaba enamorada de él, de su arte y ese día me enamoré de su mundo. Tres días después me fui a vivir con él y ya nunca nos separamos. A partir de ese día estuvimos 25 años juntos”.

“Vivimos de todo, fue algo maravilloso. Hacíamos el amor todo el tiempo entre los cuadros y no me da pena decirlo. Llegaba mi hermano a visitarnos y decía de broma “aquí huele a sexo” y sí, a eso olía porque estábamos amándonos todo el tiempo. Pintábamos y hacíamos el amor. Los dos teníamos los mismos sueños; queríamos pintar, viajar, comernos el mundo. Pintamos, viajamos, vivimos al máximo”, recuerda Rocío.

El capítulo final de esa historia de amor de 25 años se vive el 20 de diciembre de 2014, cuando Manuel Lizárraga, cuya mente yace confinada en una región límbica por el Alzheimer, expira en el Hospital General de Rosarito luego de una larguísima agonía. Con las cenizas de su amante en una urna, Rocío narra su historia al atardecer del pasado 27 de diciembre en un acantilado frente al Pacífico.


MARCADO POR SU GEMELO

Diversas mitologías, desde la griega hasta la náhuatl, narran leyendas sobre hermanos gemelos marcados por un destino contrastante. Cástor y Pólux, Rómulo y Remo, Hera y Zeus son los ejemplos más célebres de una dualidad que ha obsesionado a la humanidad a lo largo de los siglos y en torno a la cual se han tejido los más diversos mitos.

Los gemelos Manuel e Iván Lizárraga Garibaldi nacen en Mérida, Yucatán, el 24 de julio de 1939. Manuel es un niño sano pero Iván padece una severa diabetes infantil cuyos síntomas se manifiestan antes de los dos años.

Manuel e Iván crecen juntos en la blanca y apacible capital yucateca, escenario de sus primeros pasos y sus primeras palabras. Son inseparables compañeros de juegos que van descubriendo un mundo impregnado de magia y leyendas, pero el cuerpecito de Iván está condenado por la enfermedad y su salud se deteriora considerablemente después de los cinco años.

En un desesperado intento por salvar al pequeño, la familia Lizárraga Garibaldi aborda un barco rumbo a Estados Unidos con la intención de poder internarlo en un hospital especializado. Iván no resiste la travesía y fallece en altamar, en 1945. La muerte de su gemelo marcaría para siempre la vida y obra artística de Manuel. Poco después emigrará a la Ciudad de México para iniciar un peregrinaje que lo llevará a radicar en diversas ciudades estadunidenses y mexicanas.

En la adolescencia Manuel es un derroche de energía e ideas que vuelca en el deporte y en una incipiente vocación artística. En su juventud, a finales de los años cincuenta, Manuel llega a ser seleccionado nacional de básquetbol. Al mismo tiempo entra a estudiar Arquitectura a la Universidad Nacional Autónoma de México, de donde se gradúa con honores.

En 1964, a los 25 años de edad, emigra a Estados Unidos para estudiar Artes Plásticas en el California Institute of Arts. Completamente integrado a la vida californiana, Manuel se desempeña como maestro de la escuela de pintura del Museo del Condado de Los Ángeles, donde funge como director de 1968 a 1972 mientras impulsaba la fundación del Mechicano Art Center.

Poco después emigra a la Universidad de Nuevo México, en donde estudia una maestría en Etnología y doctorado en Bellas Artes. En Nuevo México impulsa la formación de Cambio Arts Fundation. En 1971 procrea en Los Ángeles a su primer hijo, Juan Izamal, a quien solo conocería recién nacido y cuya madre cambiaría el nombre del niño por el de John Andrews.

De regreso en México radica en el estado de Jalisco, donde contrae matrimonio y procrea tres hijos al tiempo que funda la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Autónoma de Guadalajara. Sus estudios de Etnología se ven reflejados en una obra artística donde el México indígena se plasma con intensidad. En 1989 Manuel se separa de su esposa y emigra a probar fortuna en Baja California, donde conoce a la joven pintora Rocío Hoffmann. A partir de ese momento su vida se transforma para siempre.


LA ENFERMEDAD

La historia de amor de Rocío y Manuel es un péndulo oscilante entre la creación artística, la aventura, los viajes, la enfermedad y la carencia. En 25 años de vida en común procrearon tres hijos y pintaron cientos de cuadros, algunos de ellos a cuatro manos.

Desde el momento de su unión, en 1989, sus carreras como pintores van creciendo y ganando reconocimiento. La obra de Manuel es reconocida en la Bienal de Florencia, Italia, en el año 2001. También es comprada por importantes coleccionistas como Alfredo Harp Helú. Los ex presidentes Luis Echeverría y Vicente Fox compran cuadros de Lizárraga para sus casas.

Durante poco más de un lustro Rocío y Manuel viven en San Miguel de Allende, donde abren la Galería Juan Izamal, bautizada así en honor al primer hijo del pintor. La galería es exitosa y la fortuna poco a poco les sonríe. También viven en Oaxaca y viajan con su arte por diversos lugares del mundo hasta que la enfermedad tiende su manto sobre la pareja.

Primero es Rocío quien cae víctima de un ataque masivo de estreptococos que la mantiene entre la vida y la muerte por casi tres años. Pero lo peor ocurre cuando un cáncer cutáneo ataca a Manuel, primero en el paladar y después en la nariz. Al mismo tiempo el pintor empieza a manifestar los primeros síntomas del Alzheimer.

Después de una operación en el Condado de Orange, California, Manuel pierde parte de la nariz. El Alzheimer avanza inclemente y el pintor se va sumergiendo en un abismo de olvido. En muy poco tiempo es el equivalente a un niño pequeño, sin control de esfínteres y sin capacidad de alimentarse por sí mismo. El amor suele tomar extraños caminos. Lo que comenzó como una pasión arrebatadora entre un pintor maduro y una joven estudiante, acaba en un cariño casi maternal.

En los últimos años Rocío se ha unido a una nueva pareja, el poeta tijuanense Francisco Morales, pero ello no significó en ningún momento dejar de vivir con Manuel. Por el contrario, Rocío y Francisco vuelcan sus energías y su ternura en el cuidado del enfermo que empieza a tener dificultades incluso para caminar.

“Era como nuestro bebé. Lo cuidábamos como a un bebé. Le dábamos de comer, le cambiábamos pañales y hacíamos lo posible porque se sintiera bien”, narra Rocío.

Miembros de la comunidad artística rosaritense se solidarizan con Manuel y apoyan en lo que pueden. Manuel Escamilla, promotor cultural, señala: “Tratamos de apoyarlo en lo que se podía. Fuimos creando una red de apoyo, rifamos un cuadro para que pudieran seguir pagando su atención médica en las últimas semanas, lográbamos reunir ropa, pañales; la intención fue poder apoyar a Rocío en este duro proceso, impulsar talleres para que ella pudiera impartir clases, ganar algún dinerito y sacarlo adelante. Sus mismos alumnos apoyaban mucho a Manuel. Llegó a tener algunos ratos de lucidez. Eso sí, siempre fue muy cariñoso con nosotros aunque siempre que nos veía nos preguntaba quiénes éramos. A Rocío siempre la tenía presente. Si se iba inmediatamente empezaba a preguntar ¿dónde está la Chaparrita? ¿A dónde se fue la Chaparrita? Eso era al principio. Después ya no nos preguntaba nada y fue perdiendo lo poco que le quedaba de lucidez”, cuenta Cynthia Arroyo, impulsora junto con Escamilla de la Fundación Arte en Común.

Pese a que ya no era capaz de caminar y comer solo y había perdido casi el habla, Manuel fue un artista hasta los últimos días de su vida y eso se delataba en su forma de tomar el pincel.

“Él tomaba el pincel y aunque ya no era capaz de hacer nada, tú te dabas cuenta que el trazo era de un artista; desde la forma en que tomaba el pincel tú te dabas cuenta que estabas frente a alguien con el pulso y la magia de un creador, estaba ya muy enfermo, en las últimas, y sin embargo sus trazos eran muy firmes, muy seguros”, narra Cinthya Arroyo.

La agonía es interminable en el Hospital General de Rosarito. La vida se aferra a ese cuerpo. Finalmente, el 20 de diciembre de 2014, Manuel Lizárraga Garibaldi muere como vivió, con su boina siempre puesta.


DESPEDIDA FRENTE AL PACÍFICO

El invernal sol bajacaliforniano se oculta en el Pacífico antes de las cinco de la tarde. Al borde de un acantilado, afuera de la vivienda que comparten Rocío y Francisco, y donde hasta hace muy poco estaba Manuel, se ha encendido una fogata. En torno a ella hay poco más de 20 personas, integrantes casi todos de la comunidad cultural de Rosarito.

La vivienda se encuentra en el kilómetro 37 de la carretera Tijuana-Ensenada y ese 27 de diciembre se celebra un informal homenaje a Manuel Lizárraga, cuyas cenizas han sido colocadas en el garaje que fungía como estudio.

La gran noticia de la tarde es la repentina aparición de Juan Izamal o John Andrews, el primer hijo de Manuel Lizárraga, a quien el pintor solo vio recién nacido y a quien nunca volvió a ver en 43 años. Luciendo una boina como su padre, Juan, quien es guitarrista profesional en Los Ángeles, ve por vez primera a sus medios hermanos.

“No tengo demasiadas memorias. Las poquísimas fotos de mi padre que tenía fueron robadas o se perdieron. No tuvimos ningún contacto en 43 años, pero estoy contento de haber podido venir al menos en este día, conocer a Rocío, a sus hijos, es algo extraño pero es emocionante”, afirma Juan Izamal.

La noche ha caído sobre la costa bajacaliforniana. El frío arrecia, la brisa marina es helada y la gente se acerca cada vez más a la fogata. La idea original era arrojar las cenizas de Manuel al Pacífico, pero han decidido esperar algunos días, pues es posible que su familia de Guadalajara haga el viaje en este mes.

La velada se va en mil y un anécdotas del popular Yuca. En los últimos días, cuando apenas podía moverse, Manuel pidió a Rocío que le regalara una pelota de básquetbol. Ya no sabía bien para qué servía ni podía botarla, pero igual quiso tenerla entre sus manos. Tampoco podía completar un dibujo, pero igual tomaba el pincel e improvisaba un trazo. La muerte llegó al mismo tiempo que el invierno y Manuel se despidió sin quitarse jamás la boina.