Río de la Piedad: bases robadas

Al inicio de los años 40 el lugar fue remodelado, eso me contó mi padre. Era 1955 cuando lo vendieron al IMSS, lo llamaron: Parque del Seguro Social. Él me llevaba en brazos al beisbol. En 1985 ...
Río de la Piedad: bases robadas 2
(Luis M. Morales)

El sobrante nadie lo usa, nadie lo quiere, difícilmente alguien pelea lo que sobra, me interesan las sobras, de niño me alimenté de sobras, de pesadillas que fueron retazos de promesas que se cumplieron pese a lo que soy. La amarga transición del horror, ausencia de sueños: no existen. Llevo rato esperando el camión en la esquina de Obrero Mundial, seguro me equivoqué otra vez, ¿pasaba en Cuauhtémoc y Viaducto? Me quedé ciego desde hace un chingo, todos ven un hermoso centro comercial, no logro ver nada extraordinario, una mole horrible. No sé cuántas veces estuve en esta esquina, tampoco podría contar las veces que escapé de casa para colarme al beis. La única que me regañaba era mi madre, alta, pecas en las mejillas y nariz, heredé su cabello rojizo, nunca me gustó la palabra “güerito”, no la soportaba, me la tuve que tragar muchas veces, mi pelo era rojizo. Ella nos cortaba el pelo a todos, salvo Sacha, que llevaba el pelo largo por necedad, no existía poder humano que le sometiera para cortarlo, el más pequeño de todos nosotros, en la escuela las maestras le decían que su nombre era de “vieja”, chillaba mucho hasta que entró a la escuela de aviación, su nombre le hizo distinción entre todos los juanes, pedros, migueles, luises. Todos pasábamos por sus manos, también a las vecinas, en la sala de la casa se sentaban formadas en las improvisadas sillas hechas de tablones y botes de pintura cuando el sillón no era suficiente, ese coro ensordecedor de mujeres de todas las edades repasaban los chismes de la vecindad, la cuadra y la colonia Centro entera. Mi madre fumaba puro, muchas veces en las calles los hombres le gritaban cosas que comprendí hasta que tuve 12 años, esa mujer jamás permitió que sus hijas lavaran las camisas de sus maridos, bebía fuertes en diminutos vasos que eran muy bonitos, no nos dejaba tocarlos, mi padre, obrero en ese entonces, de espaldas terribles, le apodaban El Caimán, mandíbula salida, producto irremediable del box, alguna vez ganó peleas, hizo algo de dinero que gastó en todas las barras.

Entre aquella madeja de batallas, la más importante se la ganó a la muerte cuando un revolucionario se lo quiso llevar a la bola, era apenas un niño, lo arrastró por todo el patio, padre enfermo, su madre estaba en un velorio vendiendo café con piquete entre extraños, se ganaba la vida de esa forma cuando no había dinero suficiente; ninguna de las tías y hermanas pudo defenderlo, eran casi niñas, cuando el hombre quiso llevarse también a Mila, la más chiquilla de todas, enfurecido atacó como lo haría el caimán sobre un venadito. Rasguñó el rostro, arrebató el arma a ese extraño, jaló, plomazo instintivo, accidental. Dicen que la tía Irina se quedó muda por el trauma, no era creyente, fue la primera vez que la vieron santiguarse frente al cadáver del hombre que quiso llevarse la tranquilidad de nuestra familia, mi padre me contó que Irina gritaba “¡estamos condenados para siempre!”, la tía por supuesto nunca leyó a ningún filósofo existencialista, tanta muerte de la revuelta fracturó su mente de forma natural. Los autos están congelados en el tránsito lento.

En algún tiempo existió un río: Río de la Piedad, después se convirtió en Viaducto. ¿Cuándo lo que recordamos se convierte en nada, quiénes somos?, ¿en qué carajos nos convertimos? Parque Delta no era Parque Delta, estaba el Franco Inglés, inaugurado en 1925, tres años después inauguraron Parque Delta. En el inicio de los años 40 lo remodelaron, eso me contó mi padre. Era 1955 cuando lo vendieron al IMSS, lo llamaron: Parque del Seguro Social. Mi padre me llevaba en brazos al beisbol. En 1985 fue el gran ataúd para las víctimas del sismo. Un rostro conocido entre tantos fantasmas. No me reconoció, yo sí, hace varios años mi hija le gritó pura pendejada en el Bombay, en algún momento me acerqué a estrechar su mano, me agradó la rabia de las dos frases con las que él se defendió, no creo que me recuerde, me saludaría. Podría invitarle un trago, sé que probablemente nunca nos entendamos, pese a eso los dos tenemos un punto que nos acerca: somos grandes bebedores. ¡Adiós Guillermo!, ¿también estás buscando algo?, pareces crudo, te ves muy solo, ¡qué bueno!, los cabrones y cabronas siempre están solos en la cruda, en el mundo, son huérfanos, como esa niña que murió por ir a buscar las medicinas de su madre en la madrugada, puede que siga penando en Eugenia y Mancera.

Los viejos deseamos que algunas personas y tiempos regresaran por un momento, quiero robarle a la muerte 10 años. Si pudiera regresar el tiempo, le cambiaría el apodo a mi padre, él era más parecido a un cocodrilo que a un caimán, podía tumbar bestias de gran peso, peleonero como él solo, “véngase conmigo, vamos a la chingada”, las mismas palabras, nunca cambiaban, las decía cuando estaba a punto de iniciar una tanda de madrazos de gran calibre. Muchos no se levantaban, alzaban la copa “salud, perdóneme”, le hablaban de usted después de la hilera de insultos que él escupía. Raramente peleaba sin motivo, defendía a los borrachos que otros saqueaban, a los que golpeaban a sus mujeres, a los que pegaban a sus niños mientras éstos intentaban llevarlos a casa, al tendero que se negaba a fiar a una mujer o a un borracho. Y no, no era un hombre bueno, esos no existen, ¿quién es bueno?, pobres, sufren en silencio entre venganza y resentimiento, la condición humana es tan miserable, templo de odios heredados, miedos. Tarde, demasiado tarde descubro que soy mi padre: el hombre que agasajaba a sus hijos con sardinas, sodas, dulces,  mientras veía el box soltando golpes delante de la pantalla, nosotros mirábamos asombrados aquella pelea imaginaria que se repetía cada viernes, lo coronábamos campeón. Los brazos macizos de mi padre presentes todas las noches, pido a la memoria que se apiade, que me deje recordar sin dolor los brazos débiles, transparentes y moreteados de mi padre en últimos días. El blues nos acompañó en su funeral, no sé quién tocó su armónica, la vieja lata destartalada con la que daba serenata de cumpleaños a mis hijos. Otra vez me salí del trabajo, ya no me gusta trabajar. Es inútil llegar temprano y sentarme a platicar en la hora de comida con mis compañeros, ninguno estuvo en el derrumbe de las gradas del Parque Delta. No les gustaba el baseball, ¿qué van a saber sobre Los Diablos Rojos?, en 1968 lo único que me hizo feliz fue la victoria contra los Yankees de NY. Esos cabrones ni siquiera saben que el Bronx está en NYC, estuve ahí en distintas épocas, el año 1978 fue decisivo,  antes de que naciera mi hija planeé ver jugar a Reggie.

Sentado en una banca del estadio imaginaba que jugaba, el deseo de mi padre acompañó todos esos viajes en los que no me importó dormir en la calle, un boleto, cerveza y hot dog se convertían en estancia de lujo, cualquier banqueta o banca de Estados Unidos de Norteamérica y un sándwich mordido tirado en la basura: lujoso bed and breakfast. Tiempos gloriosos, mi compadre Cruz me daba raite a Tijuana o cualquier frontera, trailero. Mi padre se empeñó en que cualquiera de nosotros se convirtiera en el próximo DiMaggio, lo logró, a su forma. Una mañana me citó diciéndome que iba a morir pronto, entregándome todos sus ahorros me suplicó que fuera a NYC para ver una temporada, estudiar las jugadas y comprarme un uniforme, me obligó a hacerle la promesa de convertirme a mi regreso en una estrella, 1964, ¿qué hice?, compré una chamarra igual a la de James Dean, con los pocos dólares sobrantes compré el uniforme en una tienda de segunda mano, la suerte me permitió un bat y una manopla que guardé para el primer hijo que tuviera, ¿y si tengo hijas?, pensé muchas veces mientras acariciaba la manopla. Eso no sucedió, mis dos hijos heredaron bat y manopla, se turnaron el uso de aquellos objetos. A mi hija le compré unos lentes de los años 50, cuando le detectaron miopía ella entendió el regalo. No se me olvida cuando mi padre me llevó a Veracruz a buscar a Jorge Pasquel, famoso mecenas de beisbolistas.

Es inútil escribir contactar con los subnormales que tengo como compañeros, vidas destinadas a un escritorio. ¿Adónde se fue el oficio de cobrador que presta su sala apolillada para que los niños vean caricaturas por cinco, 10 o 20 centavos?, “depende del sapo la piedra”, las palabras de doña Cuquita, terminó muy enferma, sus hermanos la sacan al sol para que los vecinos le den dinero. Ya se me olvidó qué hago en la Narvarte, iba al Centro a comer unos tacos de lengua en República de Chile. No quedan señores con niños de la mano entrando al estadio, no es domingo, no dan entrada gratis a los menores acompañados de un adulto. Veo a las personas entrar a esa espantosa mole, cierro los ojos. Campeón de nada, eso soy. Estoy seguro, lo que pasó antes de la destrucción de aquella rabiosa felicidad me pertenece en la imaginación, 1955 me pertenece, no lo dejaré, no morirá.

*Novelista. Autora de "Señorita Vodka" (Tusquets)