Reyes íntimo

"Reina de Reyes" es, a más de cincuenta años de la partida física del escritor, una revelación de ese Reyes que frente al espejo se reconocía en sus grandezas y limitaciones, siempre apasionado.
Sandra Frid, "Reina de Reyes", Planeta,  México, 2014, 264 pp.
Sandra Frid, "Reina de Reyes", Planeta, México, 2014, 264 pp. (Especial)

México

En una cultura donde el ejercicio de la confesión tiene vigencia, dice Pozuelo Yvancos en De la autobiografía, se entiende mejor la autoexhibición de la individualidad y lo que toda autobiografía tiene de autojustificación. Cita que relaciono no con las diferentes biografías que sobre el mexicano Alfonso Reyes (1889-1959) se han escrito a la fecha, ni tampoco con las extendidas páginas más personales y epistolares del autor de Visión de Anáhuac. Si una figura intelectual ha sido estudiada y citada en estos rumbos es Reyes. Él mismo se encargó de construir un perfil que trascendiera a los tiempos. Pensador universal, sabio, clásico, poeta, diplomático, constructor de instituciones, supo reservarse bien la revelación de sus actuares personales y, aún más, íntimos. Confesión, individualidad y autojustificación vienen a cuento por la publicación de Reina de Reyes, la novela de la también regiomontana Sandra Frid (1959), donde la única voz narrativa, personificada en quien fuera la esposa, Manuela Mota, recorre la otra vida de Reyes.

Y vaya que en la novela se revelan confesiones, individualidades y mucho de autojustificación: la de una mujer que sin importarle su falta de abolengo, indiferencias e infidelidades, permaneció al lado de Reyes y lo siguió en las numerosas estaciones, empresas y crisis personales a lo largo de cinco décadas. Reina de Reyes es, a más de cincuenta años de la partida física del escritor, una revelación de ese Reyes que frente al espejo se reconocía en sus grandezas y limitaciones, siempre apasionado. Hecho que se trasluce a partir de la presencia de su compañera de vida, ahora verosímil gracias a la novelística de Frid. “Así lo he aceptado durante treinta años y así lo seguiré queriendo mientras yo respire —dice La Manolita a ‘su regio’—; no me reconozco más que siendo su esposa, sin él me convertiría en un árbol seco, mis hojas marchitas caerían al suelo sin esperanza de renacer”.

En su in memóriam, Borges escribió: “el vago azar o las precisas leyes/ que rigen este sueño, el universo,/ me permitieron compartir un terso/ trecho del curso con Alfonso Reyes”. De ese Reyes que, marcado por un pasado familiar políticamente incorrecto, peregrinó como diplomático por París, Madrid, Buenos Aires, Río de Janeiro, Nueva York… para terminar su existencia en el refugio por él mismo pensado, en los rumbos de Escandón de la gran Ciudad de México (su Anáhuac).

“Me voy quedando como la espiga solitaria de Heine, olvidada por el segador en medio del campo”, escribió al tiempo de reconciliar sus conductas de vida: “¡El corazón! Urna rota./ ¡Qué juguete el corazón!/ ¡Pobre jarrito rajado!/ ¡Cerro mío: te lo doy!”.