Revolución líquida

La marginación y la violencia aparecen hasta la náusea en noticieros, documentales, películas, videos de YouTube, hasta dejarnos anestesiados frente a su contemplación.
El estado de ánimo virtual es el que cuenta.
El estado de ánimo virtual es el que cuenta. (Especial)

México

Destaca en nuestras sociedades un rasgo que Walter Benjamin identificó como característica ineludible de los regímenes fascistas: la estetización de la vida política, el ejercicio del poder como una gran puesta en escena, con el añadido de que ahora ya no es monopolio exclusivo del Estado, pues las televisoras y otros medios de comunicación masivos cada vez ganan más espacios de la estetización de la miseria y de la discapacidad, por poner tan solo dos ejemplos, con lo que las puestas en escena hiperproducidas terminan colmando en el imaginario colectivo el papel de la propia realidad.

La marginación y la violencia aparecen hasta la náusea en noticieros, documentales, películas, videos de YouTube, hasta dejarnos anestesiados frente a su contemplación. Cada beso bañado en lágrimas de Thalía o Lucerito a un niño con retraso mental nos conmina a donar unos cuantos pesos con los que compramos el derecho de palomear el rubro de la preocupación y la conciencia social. Si ya donamos un poco al Teletón, ¿qué importa que en el resto de nuestra vida reproduzcamos los roles e instituciones que hacen que esos niños discapacitados necesiten en primer lugar de la limosna de Televisa?

Y es que gracias a las nuevas tecnologías la puesta en escena de la propia vida es una misión, prácticamente un deber personal. Gracias a Facebook y a Twitter somos mucho, muchísimo más guapos e interesantes e ingeniosos de lo que jamás soñaremos con ser en realidad. El estado de ánimo virtual es el que cuenta, pues nadie quiere darle like a los losers amargados y resentidos que no aprecian la maravilla de estar vivos y sacarle el mayor jugo posible a cada instante de la experiencia (¡vivir es increíble!). Incluso ante la desgracia, siempre podemos dejar un registro cibernético del aprendizaje que supuso, pues la vida se estructura a partir de epifanías baratas que añaden siempre un pequeño ladrillo a ese proceso incesante que es el de construirnos cada día como personas más plenas.

Como ha advertido César Rendueles en su magistral Sociofobia, nuestro self virtual líquido, anónimo, posmoderno, se aproxima como nada al ideal del individuo apolítico que la economía de libre mercado sueña con convertir en un mero consumidor. Lejos de ser revolucionarias, las redes sociales potencian una comunidad fragmentada, con vínculos débiles, que no exigen ninguna obligación ni ningún tipo de compromiso. Y es que, como bien escribe Rendueles, “Tal vez internet sea la realización misma de la esfera pública, pero entonces tendremos que aceptar que el objetivo de la sociedad civil es el porno casero y los videos de gatos”.