Reseña metropolitana

La concurrencia era numerosa. El ambiente, lleno de camaradería y optimismo: amigos, mujeres exquisitas, poetas, novelistas, músicos, etc.
Reseña
(Cortesía)

Ciudad de México

Nicolás Guillén sustentó hace poco una conferencia en el salón de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios —agrupación a la que pertenezco desde la semana anterior—, titulada “Itinerario de mi poesía”. La concurrencia era numerosa. El ambiente, lleno de camaradería y optimismo: amigos, mujeres exquisitas, poetas, novelistas, músicos, etc. Confieso —es obligación confesar— que fui a la conferencia con una larga serie de prevenciones terribles: ¿será capaz Guillén, me decía, de exponer algo nuevo sobre el contenido de su poesía?, ¿podrá sostenerse una hora larga como conferenciante?, ¿no irá a chillar la gente? Pues bien, Nicolás dijo muchas cosas nuevas; se sostuvo como hora y cuarto; la gente no chilló. (Tan solo Juanito R. Campuzano, antes de la conferencia, se dedicó a repartir, como si fueran volantes, su flojísimo “Acapulco”, guía lírica para turistas, que es un folleto de aspirante a describir “bellezas trágicas” y otras cosas menos conmovedoras.) Guillén habló de sus libros, de la intención y contenido de ellos, después de un prólogo en que estuve a punto de dormirme. Lo hizo bien. Recitó como nunca, lleno de fuego y entusiasmo. La “Elegía a un soldado vivo” fue seguramente lo mejor de la noche, porque, por ejemplo, el “Sabás” lo declama en forma superior a Rafael Alberti. Días después, me pidió Guillén mi opinión sobre la conferencia.

—Chico —le dije—, el prólogo (didáctico, profundo) amenazó con un fracaso; después te luciste como no lo habías hecho en ninguna de tus pasadas actuaciones. Explicaste perfectamente lo que tú llamas el “subsidio musical” en tus poemas. En primera fila estaba una joven deliciosa, a la que parece te referiste cuando aquello de “prieta quemada en ti misma/ cintura de mi canción”.

—Cierto —me contestó Guillén—, pero lo que a lo mejor ignoras es que cuando leí la parte séptima del West Indies Limited lo hice en tu honor, porque sabía que es la parte del libro que más te convence. Además, yo pensé que la conferencia iba a resultar mal; por eso escogí los poemas mejores. Tú me entiendes.

Claro que entiendo a Guillén. Es un amigo magnífico y un insuperable poeta. Mi mejor deseo es que se le cumpla su intento de marcharse a España.


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Ha salido el tercer Taller Poético. Es, creo yo, el peor número. Vienen Neftalí Beltrán, Mercado Ramírez y otros, junto al viejo maestro Enrique González Martínez y el joven Octavio Paz Lozano. El reseco poeta Xavier Villaurrutia publica “North Carolina Blues”, como para dejar la danza y el respeto merecido a la raza negra. Considero que es peligrosa la democracia del Taller. ¡Se cuela cada tío! Y es bochornoso que a los lectores les interese más el costo de la revista que la calidad de los poetas incluidos en ella. Octavio Paz merece una mención especial. Sus sonetos son realmente la honra del Taller. Sin ellos, sin la fragancia junial que despiden, la revista valdría cualquier cosa. Es de notarse que cada poema de Paz, comentado, provoca el recuerdo —¿el recuerdo?— del ¡No pasarán! Espero que a estas horas Salazar Mallén esté limpiando su máquina de escribir para lanzar feroces adjetivos a lo que él llama “poesía para gendarmes”.


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Ha salido también el número seis de Letras de México —por otro nombre El Redondel, porque se ven los toros desde la barrera—. Trae a la gentil poetisa María del Mar y a Lupe Marín como colaboradores de fuerza. Silencio. Que caigan por tierra el poema de Salomón de la Selva y las cosas en prosa de Francesca Bertini sobre Paris y Ulises —por prudencia no habla de Penélope ni de Simbad el Marino—. Lo acostumbrado sobre pintura es débil. Y las notas de Antonio Acevedo Escobedo presentan un pequeño error: yo, el “amigo más o menos malévolo”, no le conté a Antonio Acevedo la anécdota sobre Carlos Pellicer en la forma en que él la presenta. Pellicer iba con lentes oscuros, en pleno zócalo a las cuatro de la tarde, con un calor endemoniado, y, como asienta Antoñito “El Camborio”, el poeta tropical se quejó de la pasiva y lenta vida de los países nórdicos… como México. Nada más. La forma literaria no es de mi responsabilidad. Letras de México ha evitado una nota amenazante de José Ferrel —el traductor mexicano de Rétour de la URSS— sobre mi poema “Declaración de odio”. ¿Por qué? Puede ser provechoso. Debió hacerlo.

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Conmueve, a veces penosamente, la inusitada cantidad de versificadores que ha surgido a últimas fechas. Todos hacen poesía. Pero ¡qué poesía! Mejor harían tantos poetas improvisados dedicándose al honesto trabajo del taller, o de la escuela, o de la calle, etc. Porque para hacer poesía, no es necesario solamente el entusiasmo, sino que urge determinada e ineludible preparación gramatical, y hasta ciertas nociones retóricas. Sin embargo, en Soldado rojo, periódico mural dirigido por la compañera Fanny Duval, aparece un estupendo poema de Humberto Ávalos, llamado “Chalón de oro”, que es una elegía al comunista Isaías Acosta, muerto en España últimamente. Tal poema es una de tantas muestras que desconocen los ya clásicos requetés de la literatura mexicana.

México, DF, abril de 1937