Repensar el modelo

El papel de la cultura como espacio de resistencia desde donde se puedan imaginar opciones distintas a lo actual se ha vuelto quizá más indispensable que nunca.
El filósofo John Gray.
El filósofo John Gray. (EFE)

México

En El silencio de los animales el filósofo John Gray postula que la idea de progreso es una especie de corolario de la idea de que la historia es lineal, y de que culminará con el día del juicio final, introducida por el cristianismo. Antes de eso, explica Gray, la concepción del tiempo era básicamente circular, pues las distintas culturas concebían el devenir como una sucesión de eras (muchas veces vinculadas a la observación de fenómenos espaciales, con lo cual la vida en la Tierra se vinculaba simbólicamente con el cosmos) que culminaban y volvían a comenzar. A partir de la introducción de una meta como la bienaventuranza eterna, la vida del ser humano se pone al servicio de la causa, y en adelante quedará supeditada a los distintos ideales que articulan lo que creemos va siendo el propósito de la vida. Actualmente, el paradigma dominante es el del progreso y la acumulación material, y no es descabellado pensar que en aras de satisfacerlo se está incluso atentando contra la viabilidad del propio planeta, pues el daño ecológico ocasionado por la obsesión con acumular riquezas es ya inmenso.

Si acaso es necesario poner la existencia al servicio de algún objetivo que le confiera sentido, ¿no valdría la pena en ese caso hacerlo en el nombre de alguno menos gris y violento? El problema es que la enorme mayoría de los políticos actuales en el mundo se conducen como simples gerentes llamados a administrar bajo principios extraídos de la teoría del management empresarial. Cuando escuchamos sus discursos o debates, transmiten la impresión de repetir en automático los mismos dogmas huecos, con la mirada “santificada, vacía y anestesiada” descrita por R.E.M. en esa expresión de ira política que es su canción “Bad Day”. Y ya en el colmo de la mentalidad corporativa que nos rige, es común escuchar a presidentes referirse a sus propios países como si fueran marcas que deben potenciar, siempre en aras de volverlas más rentables, relucientes para los turistas, mientras buena parte de la población se las ingenia para sobrevivir en condiciones subhumanas, pues el actual modelo es despiadado con los millones que no han tenido las oportunidades necesarias para participar de las bondades del consumo masificado perpetuo.

Más allá de ser otro negocio más, o mero entretenimiento, el papel de la cultura como espacio de resistencia desde donde se puedan imaginar opciones distintas a lo actual se ha vuelto quizá más indispensable que nunca. Aunque de momento se vislumbre difícil pensar en algún otro principio vital distinto del afán de enriquecerse y ser famoso, es posible que a la larga sea la única alternativa para frenar la destrucción del planeta y la violencia indiferenciada que forma ya parte cotidiana de la vida en buena parte del mundo.