La lluvia no matará las flores, René: Jairo Calixto Albarrán

El colaborador de MILENIO recuerda entrañablemente algunas de las múltiples y divertidas vivencias que tuvo con el periodista.
Fue muy generoso con los jóvenes.
Fue muy generoso con los jóvenes. (Cuartoscuro/Archivo)

México

Para Rosario Casco Montoya

Al Águila Negra (él prefería, por educación en La Sorbona, L’ Agle Noir, o Capitán Lujuria para sus íntimos) lo conocí por sus libros antes de conocerlo en persona una noche en Coyoacán, cuando presentaba un texto de un viejo camarada, Marco Aurelio Carballo. Cuando al final me le acerqué nervioso para solicitarle una entrevista para un trabajo de la universidad, no pudo ser más amable y sonriente ante mi obvio temblor de manos, que no cesó hasta que aceptó mi petición con el habitual sentido del humor del cual abrevé los diez años que trabajé con él en el suplemento cultural de Excélsior, El Búho, su obra más querida.

Una semana después nos abrió las puertas de su casa (íbamos David Gutiérrez y Oscarito Jiménez) para que pudiéramos atestiguar en aquella charla el más acabado de sus superpoderes: encantar serpientes. En algún momento, cuando desapareció con esa elegancia suya que le era tan particular para contestar una llamada, los tres, luego de babear ante la enorme cantidad de cuadros y obras que cubrían las paredes, nos tomamos fotos saltando sobre sus magníficos sillones en una especie de profanación que muchos años después nos celebraría.

Es que así era él: todo lo que fuera ilegal, inmoral o engordara, lo divertía. Siempre iconoclasta, cáustico, provocador e incendiario, René fue el mejor guía y maestro que cualquier aspirante a pertenecer a la literatura y al periodismo pudiera desear. Arrastraba en su vorágine de bares y cantinas, de libros y personajes, de interminables sobremesas salpicadas de anécdotas febriles y referencias culteranas. El autor de Tantadel (la novela con la que, según yo, será recordado por la exquisita filigrana nuevaondera con la que fue pergeñada) era un catador de emociones fuertes.

Asimismo, René detestaba los lugares comunes de la vida nacional, abominaba todo aquello que hediera a lo socialmente aceptado y escupía sobre todo aquello que animara a la masa abotagada de folclóricos absurdos.

Cualquiera que lea El gran solitario de Palacio encontrará una ácida y ruda reflexión sobre la figura presidencial; la escribió en una época en la que no cualquiera se atrevía a burlarse del presidente.

Hay quienes solo quieren ver arder el mundo, y otros como RAF (ahora recuerdo que al leer de chico sus textos firmados como “RAF”, pensaba que eran de la Royal Air Force) lo que quieren es reírse a carcajadas del mundo. Y así lo hizo. No dejó a su paso piedra sobre piedra en su otra personalidad, la de la Amenaza Elegante, que, al igual que Atila, por donde pisaba no crecía la hierba.

Como buen polemista, René también estaba muy orgulloso de sus batallas con los altos círculos de la cultura nacional, entre ellas la que libró con Octavio Paz. Que el gran poeta y nobel lo llamara “Bebé Avidez Tequila” le causaba mucha gracia. Lo mismo ocurría cuando señalaba a los grandes santones culturales, a los que, con la malicia que le caracterizaba, bajaba de sus pedestales.

René era un tipo incómodo que no sabía rendirle pleitesía a quienes se sentían los dueños de la geografía intelectual. En cambio, él era muy generoso con la vieja guardia y los venerables maestros, a quienes siempre buscaba apoyar para que no cayeran en el olvido. Rubén Salazar Mallén, Griselda Álvarez (vivimos con ella deliciosas aventuras en Tampico), Hugo Argüelles, Andrés Henestrosa, Enrique Loubet (un dandi fabuloso), Fedro Guillén (fino creador de una obra que merece ser recordada) y una lista larga de portentosos creadores fueron también muy agradecidos. Lo único que le llegaron a reclamar fue aquella columna donde fue tan severo con su padre y que causó tanta conmoción en su momento.

René fue muy generoso con las distintas generaciones de jóvenes que lo rodeamos: nos impulsó en la escritura, la creación, la pintura, la poesía y otras materias. Cuando tuvo puestos en la UNAM o la UAM, en El Búho o en los últimos tiempos a través de su fundación, mucha gente encontró espacios para desarrollar sus pasiones literarias, artísticas y periodísticas. Ahí están Jordi Soler, Nacho Trejo, Iván Ríos Gascón, Clément, Fernando Correa y tantos más para constatarlo.

Ayer, frente a su ataúd, me cayeron mil recuerdos, algunos de ellos inconfesables pero divertidos, en lo que René denominaba como “el alucinante mundo de El Búho”.

René fue mi maestro, mi Yoda, mi amigo y, a pesar de nuestro fuerte desencuentro, me siento en parte heredero de su sentido del humor.

Lamento lo de nuestro ejercicio filicida-parricida, René. Te seguiré extrañando.

La lluvia, como decía tu extraordinario libro de cuentos, no mata las flores.