Una creatividad inmarcesible /y III

Una noche, cuando Gilbert sale de una cafetería y decide regresar a casa caminando porque desea pensar, un delincuente le roba su cartera, su saco y sus zapatos nuevos.
Sencillez para abordar temas relevantes.
Sencillez para abordar temas relevantes. (Especial)

A los ochenta años Gilbert es un actor acostumbrado a la notoriedad, lo cual no le quita inteligencia porque tiene los pies en el piso. Es humilde y sencillo, aunque también un gran artista dedicado a su nieto y a su trabajo.

Una noche, cuando Gilbert sale de una cafetería y decide regresar a casa caminando porque desea pensar, un delincuente le roba su cartera, su saco y sus zapatos nuevos. La alegría que vimos por la adquisición de los zapatos se desvanece y nos hace sentir pena: ¡maldito ratero! ¿Cómo te atreves a quitarle los zapatos a un hombre que se ha vuelto adorable?

El acontecimiento nos acerca más a la vida de Gilbert: se hace entrañable porque nos deja en claro que del robo se infiere que la vida siempre valdrá más que cualquier cosa material, incluso que la muerte de los seres queridos, y cuya conclusión es la de no ligarse a nada, ni siquiera a la vida, porque todo es pasajero. La única razón valedera por la que se debe vivir es por la emoción que causa la creatividad, que es lo único que se deja a las nuevas generaciones.

No es casualidad que después del robo, Gilbert muestra su capacidad de discernimiento y rechaza un papel que le propone su representante: se trata de un thriller donde él se quedaría con la joven heroína y en la que le van a pagar bien, pero Gilbert se indigna y hasta le parece ridículo, pues no se trata de dinero, sino de que el personaje y la historia le gusten.

Más adelante, cuando su representante le ofrece trabajar en la película de un director de prestigio —espléndidamente interpretado por John Malkovich—, que le ofrece el papel estelar de su versión de Ulises, basada en James Joyce, Gilbert queda encantado.

Después, una secuencia fascinante: vemos cómo Gilbert es transformado en Buck Mulligan. Lo que llama la atención no es solo el maquillaje, sino la actitud, el comportamiento, la manera de hablar y de moverse. Ya no estamos viendo a Gilbert, mucho menos a Michel Piccoli, ¡estamos viendo al Buck Mulligan que nos describe Joyce! El final de Regreso a casa es de un realismo sobrecogedor, sorprende porque es fuerte y el autor evita el melodrama para darle mayor intención a la poesía audiovisual.

En la medida en que Manoel de Oliveira envejecía, su obra y su aporte al lenguaje del cine iban in crescendo en complejidad y estilo, y se debe a la sencillez con la que aborda los temas relevantes, en Regreso a casa encuentra la manera de ser personaje y autor para darle rienda suelta a una creatividad provecta sí, pero inmarcesible.

Regreso a casa (Portugal y Francia, 2001), dirigida por Manoel de Oliveira, con Michel Piccoli y John Malkovich.