Regreso a Maycomb

El asomo al pasado era una preparación para observar ese presente de hace medio siglo, y también este de ahora, en que la segregación racial parece estar de vuelta.
"Matar un ruiseñor". Harper Lee. Ediciones B. Barcelona, España, 2014.
"Matar un ruiseñor". Harper Lee. Ediciones B. Barcelona, España, 2014. (Especial)

México

Podría haber pasado a la historia como uno de esos autores que solo publican un libro, mas a Harper Lee (Monroeville, Alabama, 1926) habrá que ubicarla en otra lista, igualmente respetable: la de quienes suman dos títulos. Dos novelas, para ser más precisos, una aparecida hace cinco décadas: Matar un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1960); y otra, recuperada hace poco (y anunciada para julio), con el título en inglés Go, Set a Watchman, escrita antes pero hecha a un lado, por recomendación del editor, para que ampliara aquellos pasajes de la infancia de la protagonista que le parecieron atractivos, ejercicio del que nació Matar un ruiseñor.

Decía Borges que al enfrentar dos espejos se creaba un laberinto. Esto es lo que quizá ocurra con Harper Lee cuando se encuentren en librerías sus novelas. Por ahora, observemos una de ellas: es la evocación de una infancia, ocurrida en los años treinta, en Maycomb, Alabama. La protagonista y narradora, Jean Louis Finch, es hija de Atticus Finch, un abogado al que encargan la defensa de un hombre negro acusado absurdamente de violación. Más allá de ese hecho, central en la historia (por el juicio que se lleva a cabo y la condena respectiva), se retrata a un personaje que cree en la igualdad de la ley y es comprensivo, o tolerante, con los otros. Cada acto de la vida de Atticus es una enseñanza para la familia. Dice a su hija esto a un tiempo simple y poderoso: “Uno no comprende de veras a una persona hasta que considera las cosas desde su punto de vista. […] Hasta que se mete en el pellejo del otro y va por ahí como si fuera ese otro”. La pequeña Jean Louis, de temperamento explosivo, debe recordar una y otra vez esas palabras de su padre hasta en verdad comprenderlas, en un momento final entrañable.

En lo estrictamente literario, la virtud principal de Matar un ruiseñor es sostener el punto de vista de la niña para desde ahí presentar una situación social explosiva por el conflicto racial permanente. Ella da su testimonio de un proceso complejo y evoca, desde esa inocencia, una etapa marcada por el fin de la infancia y el entendimiento de lo que ocurre a su alrededor.

Curioso que Atticus dé por segura, en los años 30, la desaparición del Ku Klux Klan, grupo muy activo en la década del 70 en EU; y significativo que esta novela de Harper Lee, y su versión cinematográfica de 1962, prologuen, en cierto modo, la lucha por los derechos civiles de los negros que se desarrolló con intensidad en esos tiempos. El asomo al pasado era una preparación para observar ese presente de hace medio siglo, y también este de ahora, en que la segregación racial parece estar de vuelta.