Re-formar millonarios

Por brutales que sean la pobreza, el hambre, la marginación, etcétera, de alguna manera siempre se justifican como etapas transitorias que están en proceso de ser atendidas por aquello que se ...
José Ángel Gurría.
José Ángel Gurría. (Octavio Hoyos)

México

Esta semana aparecieron en El País dos titulares de noticias distintas que, como si fueran lapsus freudianos, resultan sumamente reveladoras de la situación actual de crisis interminable en el mundo occidental, a la vez que revelan una contradicción esquizofrénica entre el discurso predominante y la brutal realidad que no termina de ajustarse al mandato de los dogmas de crecimiento, igualdad, libertad, etcétera. Por un lado, el secretario general de la OCDE, el mexicano José Ángel Gurría, declaró que las reformas son en realidad un proceso interminable, y que el proceso de reformar las propias reformas es incesante. De ahí se desprende que, lejos de que las reformas sean instrumentos para producir un orden de cosas deseable o mejor, son en realidad también un elemento ideológico fundamental para el ejercicio del poder de los regímenes neoliberales. Por brutales que sean la pobreza, el hambre, la marginación, etcétera, de alguna manera siempre se justifican como etapas transitorias que están en proceso de ser atendidas por aquello que se está cambiando. Sin embargo, como bien dijo Gurría, el propio cambio es también un proceso continuo, por lo que siempre quedará alguna distorsión o imperfección de mercado que nos quede por corregir en el camino triunfal hacia una sociedad perfecta de libre mercado, donde cada individuo finalmente sea responsable y culpable en su totalidad del éxito o fracaso en el que quiera (pueda) convertir su vida.

Por otro lado, el mismo diario consignó que en los últimos años, aquellos de la crisis espantosa, del desempleo superior al 25 por ciento, en España se ha casi duplicado el número de los multimillonarios. Esto, que a primera vista pudiera parecer un contrasentido, no lo es en absoluto, pues —como también se ha visto en México en los ya más de veinte años de instrumentación del neoliberalismo— otro de los rasgos inherentes a dicho sistema es la progresiva concentración de riqueza en una élite minúscula, para la cual literalmente las crisis son oportunidades de acaparar una porción aún mayor de la riqueza disponible para la sociedad. Mientras la base padece la falta de empleo, la reducción de los salarios, los ajustes al mercado laboral para volverlo más “competitivo” y “eficiente”, los multimillonarios incrementan su número a un ritmo incesante (igual al de las reformas), amparados por las falacias del derrame y el goteo de la riqueza que, de nuevo, funcionan como inmejorables diques ideológicos para que, entre más cambien las cosas en la superficie, en la base todo se mantenga exactamente igual (o peor).