“México me hizo poeta”: Ramón del Valle-Inclán

En 1892, el escritor español vivió en nuestro país una intensa aventura: escribió en varios periódicos, conoció la literatura mexicana y entabló amistad con varios de sus autores.
Ramón Valle-Inclán.
Ramón Valle-Inclán. (Especial)

Ciudad de México

El 8 de abril de 1892 el escritor español Ramón del Valle-Inclán llegó a Veracruz en un barco francés procedente de Amberes. Viajó a México, según contó varias veces en artículos y en entrevistas que le hicieron a lo largo de su vida, porque era un país cuyo nombre "tenía la intrigante y mística X". Además del dato místico, Valle-Inclán estaba aburrido de su vida en Galicia, quería ver mundo, cambiar de aires, recolectar experiencias para sus textos que entonces publicaba en periódicos, y para espolear su talento literario que en el futuro lo convertiría en uno de los escritores más floridos y graciosos de nuestra lengua. Aquel viaje a México, como suele pasarle a los artistas que se meten de cabeza en nuestro país, cambió su perspectiva sobre su quehacer y sobre la existencia en general, tanto que el resto de su vida, que pasó prácticamente en España, se le veía aparecer en los cafés que frecuentaba en Madrid con sus gafas redondas, su larga barba, un jorongo mexicano y un enorme sombrero de charro.

Una nota de 1935, luego de 42 años de aquel viaje a México, escrita por el periodista Manuel Chávez Nogales, dice: "Vino con nosotros aquel día Don Ramón del Valle-Inclán, quien tomó parte también en la faena campera, jinete en su brioso caballo que regía diestramente con su único brazo y revestido de un sorprendente poncho mexicano". Valle-Inclán había perdido el brazo izquierdo unos años después de su viaje a México, durante una acalorada discusión en un café madrileño que resultó en un furibundo intercambio de bastonazos y una herida en el brazo del escritor que terminó manera ridícula de perder el brazo, como puede verse, que Valle-Inclán, muy dado a la invención autobiográfica, fue transformando durante el resto de su vida en sucesivas versiones cada vez más épicas, como aquella de que había perdido el brazo en Lepanto, como Cervantes, o más cómicas, como las que cuenta Ramón Gómez de la Serna en la divertida biografía que escribió sobre él: "Durante algún tiempo usó un brazo rígido que le hizo un carpintero, con algo de brazo de guantería, que en las discusiones ponía en alto con la otra mano y que a veces se olvidaba de bajar y se quedaba como un pararrayos macabro de las palabras". También decía que la larguísima barba que usaba le había crecido cuando le cortaron el brazo, y a Gómez de la Serna le contó que su muñón tenía una extraña particularidad, "que todo el pelo que habría estado diseminado por el brazo se aglomeraba allí como una brocha de pelo japonés".

Llegando al puerto de Veracruz, como era un colega de la prensa y, sobre todo, porque venía de España, fue entrevistado por un periodista, y lo que dijo ahí ilustra perfectamente su capacidad de fabulación: "Acabamos de anclar. El horizonte ríe bajo el hermoso sol. Siéntense en el aire estremecimientos voluptuosos. Ráfagas venidas de las selvas vírgenes, tibias y acariciadoras como alientos de mujeres ardientes". Al día siguiente llegó a la Ciudad de México y la prensa le dispensó una atención desproporcionada, pues no era todavía un escritor relevante; se hospedó en un hotel, El Bazar, en el Centro, y declaró que iba a escribir una serie de artículos sobre la literatura mexicana. Unos días más tarde comenzó a trabajar como redactor en el diario El Correo Español, que era el medio de información de la Colonia española. El periódico tenía fama de patriotero y la redacción, formada por un grupo de españoles belicosos, estaba en permanente conflicto intelectual y físico con las redacciones de los otros diarios. Con frecuencia se hacían de palabras o se liaban a golpes en las cantinas.

Aquel ambiente fascinó a Valle-Inclán, que era muy dado a defender el honor, a liarse a mamporros o bastonazos, y a retar a duelo a sus oponentes. Una vez fue a increpar al director del diario El Tiempo, un tal señor Agüeros, por la aparición de un artículo que le parecía ofensivo, firmado por "Óscar". El director se negó a revelar quién de todos los que estaban en la redacción, que miraban asombrados al energúmeno español, era Óscar. Valle-Inclán se impacientó y lanzó la siguiente amenaza: "Señor mío, se acabaron ya los tiempos de tirar la piedra y esconder la mano. En asuntos de honor, ya no se admiten esas camandulerías. Espere usted la visita de dos caballeros. Quede usted con Dios".

La biografía de Gómez de la Serna, que esponja aún más la fabulación autobiográfica de Valle-Inclán, se ocupa de su etapa mexicana con menos rigor que el aplicado por Manuel Alberca en otra biografía, de muy reciente publicación (La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán, Tusquets, 2015). Alberca hizo una minuciosa y casi abrumadora investigación de la vida del escritor, que nos permite, por primera vez, enterarnos, con documentos que lo comprueban, de su alocada estancia en México, y de las secuelas que aquella tuvo durante el resto de su vida. Por ejemplo, durante muchos años el gobierno mexicano, gracias a la intercesión de Alfonso Reyes o de Genaro Estrada, ayudaba con un dinero a Valle-Inclán, porque estaba al borde de la ruina económica pero, más que nada, porque en los cenáculos literarios, artísticos y políticos de Madrid, defendía fieramente a México y a su gobierno, como fue el caso de la enérgica defensa que hizo del presidente Plutarco Elías Calles, que había sido duramente criticado por la prensa derechista de Madrid por su enfrentamiento con los católicos de la Guerra Cristera. Valle-Inclán asistía como invitado de honor a todos los festejos de la embajada de México en Madrid y tenía el proyecto, que nunca realizó, de venir a vivir una segunda temporada, a dar clases, charlas y seminarios, a retar a escritores y a periodistas a duelo, a reencontrarse con este país que le cambió la vida.

Veinte días después de que le dijera al director de El Tiempo que ya no se admitían esas camandulerías, salió en la prensa otro altercado de Valle-Inclán en plena calle, a la salida del Teatro Principal, contra Baldomero Menéndez, otro español, "ambos coincidieron, y después de insultarse recíprocamente, se enzarzaron en un intercambio de golpes, con las manos y los paraguas. Los separaron los guardias, cuando ya rodaban por el suelo sin parar de darse. La razón del conflicto no tenía nada que ver con cuestiones patrióticas, sino duelísticas". Entre riña y riña, Valle-Inclán iba escribiendo y publicando artículos aunque, de acuerdo con la investigación que ha hecho Manuel Alberca, más que escribirlos entregaba textos que ya había publicado en España. De El Correo Español pasó a El Universal y de ahí a un periódico nuevo, también regenteado por la Colonia española, llamado La Raza Latina. Para agosto ya se había mudado al Hotel Humboldt y, al parecer, comenzaba a quedarse sin dinero, se le había acabado el que traía de Galicia y lo que ganaba con sus artículos no alcanzaba para llevar una vida decorosa. Baldomero Menéndez, el mismo con quien se lió a mamporros y paraguazos, lo vio en el Humboldt "en condiciones deplorables: el traje gastado y roto, y alojado en una mísera buhardilla en la terraza del hotel". La madrugada del 6 de agosto se le vio en otra riña callejera por la que fue detenido y multado; en ese estado de bélico frenesí, ¿cómo no iba a llevar el traje roto? Se sabe que en noviembre asistió a unas sesiones de espiritismo en casa del doctor Porfirio Parra, en la calle de San Ramón y que a finales de ese mismo mes dejó la Ciudad de México para trasladarse a Veracruz, con el proyecto de fundar un nuevo periódico, La Crónica Mercantil, con el ubicuo Baldomero Menéndez, que al parecer repartía golpes y daba empleo con la misma energía maniaca. En enero de 1893, la redacción completa de La Crónica Mercantil, con Baldomero y Valle-Inclán a la cabeza, fue detenida por la policía y puesta en prisión durante 15 días; "el motivo pudo ser un duelo entre redacciones de periódicos rivales".

El 24 de marzo de 1893, al parecer mosqueado por su episodio con la ley, Valle-Inclán se despidió por escrito en el periódico, "¡adiós a la noble tierra mexicana y a sus hijos!", y simultáneamente desapareció de la ciudad, pero en lugar de subirse a un barco en el Puerto, como correspondía, viajó a Mérida, con la intención de burlar el control de la policía que podía haberle complicado la salida.

De Mérida viajó a La Habana y en el registro de pasajeros del barco consta que bajó en la isla y pasó ahí varios días, acaso en Matanzas, con la familia González de Mendoza. De Cuba viajó a España y ya en su tierra hizo un confuso elogio del dictador Porfirio Díaz, a quien al parecer conoció en algún episodio de su agitada vida social mexicana: "Porfirio Díaz tuvo su conciencia por encima de la ley, no a la manera de nuestros gobernantes, cuya exigua mentalidad es la propia de un secretario de ayuntamiento rural, sino a la de Julio César, que afirmaba la licitud de conculcar la ley. Pero para mejorarla". Entre los recuerdos que se llevó a España había, "además de objetos de artesanía, un látigo, varios ponchos, espectaculares sombreros mexicanos, que años después le darán notoriedad y visibilidad". Cuando años después se puso a valorar aquel viaje, Valle-Inclán dijo que México lo "había puesto en contacto con el modernismo hispanoamericano, cuyo ejemplo le permitió vislumbrar el escritor que soñaba llegar a ser". Y a su amigo Alfonso Reyes le confesó: "México me abrió los ojos y me hizo poeta. Hasta entonces yo no sabía qué rumbo tomar".

ENTRESACADO

En los cafés madrileños se paseaba con un jorongo mexicano y un sombrero de charro enorme.