ENTREVISTA | POR CARLOS JORDÁN/GONZALEZJORDAN@GMAIL.COM

Diego Cohen Director de cine

Alejandro es un joven inmerso en una rutina gris y aburrida; todo cambia cuando conoce a Andrea, quien le abre una ventana para huir del tedio

“Quise explorar un microuniverso”

Amaneceres oxidados.
Amaneceres oxidados. (Cortesía )

Ciudad de México

Alejandro (Armando Hernández) trabaja en un supermercado. Inmerso en la rutina, su única alegría consiste en jugar con la máquina que maneja. Su monótona realidad se altera con la llegada de Andrea (Ximena Romo), quien intentará sacarlo del marasmo diario. A partir de experiencias personales y con el objetivo de reflexionar sobre lo enajenante que puede ser la vida cotidiana, el realizador mexicano, Diego Cohen, estrena su ópera prima, Amaneceres oxidados.

Un primer tema de Amaneceres oxidados es la enajenación.

Sin duda. La historia nació mientras estudiaba derecho, tenía una vida rutinaria y monótona. La ubiqué en un supermercado porque me servía para retratar un microuniverso ajeno a la realidad, que funciona con sus propios códigos y ritmos.

¿Por qué darle al personaje la patología de obsesivo compulsivo?

Es una cuestión personal, yo soy obsesivo compulsivo pero enfocado al orden y la limpieza. A través del personaje quería desarrollar la relación hombre–máquina y sus efectos cuando se trascienden ciertos límites. El funcionamiento de la máquina determina el accionar del personaje.

Y muestra también la enajenación por el trabajo, al que ya vimos desde Metrópolis, de Fritz Lang.

Yo estaba preocupado por mi propia vida y a través de la película quería hacer una reflexión al respecto. ¿Cuántas personas no hemos estado en esas circunstancias? Mi interés era provocar al individuo para salir de esta enajenación.

Dentro de este esquema, ¿incluir una relación amorosa funciona como una fuga?

Creo que funciona como una oportunidad. Es un buen elemento que podía obligar al personaje a cambiar su realidad, a levantar la mirada. La presencia femenina me abrió la ventana para introducirle un cambio a pesar de que conscientemente es renuente a ello.

Envuelve todo esto dentro de una estética luminosa, ¿por qué?

Hay una propuesta en la plástica muy particular. Lo que es el amarillo para Wes Anderson, es el aqua para mí. Quise plantear una determinada pulcritud para que la sordidez la determinaran las circunstancias y no los elementos. Me apoyé en la simetría desde dos puntos complementarios. El personaje no tiene muchos ángulos de acción y, por lo mismo, pretendí una simetría que enfatice la realidad. Es decir, la película no se ensucia con la cámara en mano o en movimiento.

¿Ese tipo de escritura visual la planteó desde el principio?

Sí. La mayoría de los cortes son a 90 grados. Hay un paralelismo entre forma y contenido. Cuando la cámara se angula un poco es cuando el protagonista encuentra aspectos que modifican su forma de pensar.

Hace un momento mencionó a Wes Anderson, más allá de la plástica hay recursos narrativos similares, pienso en la presencia de un músico que aporta viñetas, muy parecido al rol de Seu Jorge en La vida acuática.

La influencia es obvia aunque no quería hacer una comedia per se, más bien definiría mi película como un dramedy. Sobre la música, es cierto, me inspiré en La vida acuática, originalmente había contemplado a Manu Chao, pero no pude llegar a él.

¿No le parece que la historia de pareja es condescendiente con el espectador?

Tal vez, pero el personaje de Andrea representa mis relaciones inmediatas anteriores. En ese entonces era una parte importante de mi vida y no lo podía dejar fuera. Más que pensar en la condescendencia con el espectador, sin negar que lo que la gente quiere ver, son historias de amor, lo planteo desde la perspectiva de la vivencia personal. Finalmente, la relación no es el tema central de la película.

Al ser una película tan personal, ¿sintió una especie de catarsis al realizarla?

Definitivamente. Fue como una depresión post parto, cuando la terminé la viví en varias ocasiones. Siempre he creído que uno hace cine para sí mismo. Cada que la veo me funciona para cobrar conciencia sobre mí, y quisiera que algo similar le sucediera al espectador.