Querida, escucha (reseña)

Monsieur Proust es la versión decantada, pero de ningún modo desfigurada, de las conversaciones —cinco meses, setenta horas— que Céleste Albaret sostuvo con el periodista Georges Belmont en 1973.
Céleste Albaret sostuvo conversaciones con el periodista Georges Belmont en 1973
Céleste Albaret sostuvo conversaciones con el periodista Georges Belmont en 1973 (Archivo)

Ciudad de México

Uno vuelve a Marcel Proust como si volviera a las noches de su infancia o a los jardines sin mácula. Uno vuelve a Marcel Proust para certificar el triunfo de la memoria sobre la estupidez y el fastidio. Con la llegada a México de Monsieur Proust (Capitán Swing Libros, España, 2013) sobran aún más los motivos. ¿O quién que es no va de nuevo a En busca del tiempo perdido para encontrarse con las palabras inaugurales del narrador: “Llevo mucho tiempo acostándome temprano”?

Monsieur Proust es la versión decantada, pero de ningún modo desfigurada, de las conversaciones —cinco meses, setenta horas— que Céleste Albaret sostuvo con el periodista Georges Belmont en 1973. Céleste: la mucama, cómplice y confidente de Marcel Proust entre 1913 y 1922; la misma que con 22 años y recién casada llegó al número 102 del boulevard Haussmann para trabajar a las órdenes y los caprichos de Marcel Proust, que ya para entonces vivía como recluso en su recámara a prueba de ruidos y molestias del exterior, durmiendo de día y escribiendo de noche.

Cómo no dejarse encantar por Marcel Proust, tan seductor aun sin asear, despeinado y bañado en sudor. Céleste se refiere a él como un hechicero y no expresa más que veneración: “Príncipe entre los hombres y príncipe de los espíritus” (un paréntesis dilatado: el celo con el que Luis A. de Villena, autor de la introducción, pretende asomarse a la vida sexual de Marcel Proust parece más propio del matasanos vienés que de un admirador de la gran literatura. La palabra “señorito”, para no ir más lejos, suena indiscriminadamente en cada párrafo, como si contuviera la naturaleza y el origen de la genialidad y sus demonios. Hay que omitir a De Villena y entrar de inmediato en materia.) Céleste rememora con el propósito de combatir rumores, maledicencias y falsos testimonios. Es deliciosamente parcial y no hace nada por ocultarlo. Un biógrafo quisquilloso tendría derecho a juzgar sus palabras con cierta reserva pero un incondicional de Proust no podría menos que inclinarse ante sus evocaciones devotas.

Su materia emblemática es la vida cotidiana entre cuatro paredes; una cotidianeidad, hay que aclarar, situada fuera del tiempo y envuelta en el silencio. Se ha ido ya el joven que en su juventud conquistó los salones con una camelia en el ojal para dar paso a un hombre entrado en la madurez que se alimenta solo de café, leche y croissants, tan escrupuloso con la limpieza de sus dientes como con el acabado de hilo de su ropa interior, capaz de ordenar un filete de pescado a las dos de la mañana o de acudir a una cena de gala en mitad de un bombardeo. No es el joven mundano enfermo de literatura, como uno de sus contemporáneos dio en publicar, sino el hombre que postrado en cama erige una catedral con la forma y la consistencia del recuerdo.

Nueve años a la sombra de Marcel Proust no pasaron en vano. A paso lento, Céleste Albaret emprende una suerte de búsqueda del tiempo perdido. Hace creer que Marcel Proust es el objeto central de su memoria cuando en realidad cada instante recuperado no es sino un fragmento de sí misma. Una Céleste Albaret ocupa su puesto en el boulevard Haussmann en 1913, una muchacha recién llegada a París, nada hecha para una toca de violetas de Parma o una noche de gala en la Ópera, y otra Céleste Albaret abandona el piso de la rue Hamelin en abril de 1923. Entre el arribo y la partida, ha experimentado una metamorfosis. Si en un principio desconocía la diferencia entre una taza de buen café y un extracto de aguas negras, años después sabría muy bien qué clase de bichos eran Robert de Montesquiou —uno de los modelos del despreciable barón de Charlus— y André Gide. Céleste fue conejillo de Indias, oídos fieles, balanza de las crónicas de familia y de sociedad a las cuales Marcel Proust solía entregarse hasta el amanecer.

En las primeras páginas de su obra, Marcel Proust escribió que el pasado emerge a la superficie de la conciencia después de ensayar una decena de esfuerzos infructuosos. Emerge, de pronto, revestido de olores y sabores, venciendo la resistencia del olvido y dejando a su paso “el rumor de las distancias que va atravesando”. Las palabras de Céleste Albaret son hijas de esta especulación literaria: saben que la recuperación del pasado aconseja extraer las últimas gotitas que aún contiene el enorme edificio del recuerdo.