REPORTAJE | POR EMILIANO BALERINI

Principio: la pintura rupestre de Federico Silva

La monumental obra de cinco mil metros cuadrados está en la cueva de Huites, en la Presa Luis Donaldo Colosio, en Choix, Sinaloa.

Sinaloa

El artista mexicano Federico Silva es conocido como uno de los escultores más representativos del país. En 1977 fue promotor del Espacio Escultórico del Centro Cultural Universitario, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), junto con Helen Escobedo, Manuel Felguérez, Hersúa, Sebastián y Mathias Goeritz.

Entre sus obras más representativas se encuentran Fuente solar, Alux de la muerte, Canto a un dios mineral, Vigilante, Espacio matemático, Pájaro C, Serpientes del Pedregal y varias esculturas en España, Estados Unidos, Francia, Suecia, Japón y Jamaica.

Pero casi nadie sabe que Silva hizo el mural Principio, en la cueva de Huites, ubicado en el interior de la presa Luis Donaldo Colosio, en Choix, Sinaloa. La monumental obra tiene cinco mil metros cuadrados de pintura, hecha con base en la técnica rupestre, a lo largo de 225 metros por nueve de alto, nueve de ancho y 22 de desarrollo.

Para llegar al sitio, se debe salir desde Los Mochis, tomar la carretera con dirección a Choix y atravesar el municipio de El Fuerte. Durante las dos horas y media de trayecto, por la sierra sinaloense, el paisaje que se aprecia de ambos lados de la autopista es el mismo: distintas plantaciones y casas grandes, que más bien parecen abandonadas.

El origen

La Presa Huites o Luis Donaldo Colosio es la hidroeléctrica más grande del noroeste del país. Al ser un espacio perteneciente a la Comisión Federal de Electricidad (CFE), está custodiada por militares que tienen órdenes de disparar si sucede algún problema. Las autoridades del lugar prefieren no revelar cuánta gente cuida el sitio: “Es por seguridad nacional”, dicen.

A un costado del cauce del río Fuerte, entró en operaciones el 15 de septiembre de 1996. Cuenta con una central hidroeléctrica capaz de generar 422 megawatts de energía eléctrica. El ingeniero Álvaro Manuel Acosta, jefe del Departamento Técnico y Seguridad Industrial de la presa Luis Donaldo Colosio, vivió todo el proceso de construcción del sitio y el trabajo de Federico Silva. Según él, el lugar se construyó por tres razones: “El control de avenidas en la zona, el almacenamiento de agua para riego y la generación de energía eléctrica”.

“La presa de Huites tiene alrededor de tres millones de metros cúbicos, una cantidad que le alcanzaría para construir una carretera de Ensenada a Mérida, Yucatán, de 10 metros de ancho y 10 de espesor”, comenta el especialista.

El mural se realizó para celebrar la construcción de la presa. Originalmente Silva fue convocado para hacer una escultura: una aguja de acero, con un brazo móvil cubierto en distintos ángulos de cristal de cuarzo.

Sin embargo, al ver la cueva creyó que lo conveniente era pintarla. Para cubrir las paredes del túnel artificial, Silva hizo acopio de toda su experiencia. Según Xavier Moyssén —quien escribió el texto “Las pinturas rupestres de Federico Silva” en el libro de arte que se editó sobre la cueva de Huites y que publicó el Museo Federico Silva de San Luis Potosí—, este artista trazó un plan de trabajo que incluía el tratamiento del espacio, la composición, los colores a emplear, la iluminación eléctrica, los andamios tubulares y el tema a representar.

Para trazar la composición y asignar a los siete grupos de trabajo —conformados por 49 personas de la comunidad de Huites—, una labor específica en el interior de la cueva, ésta fue dividida topográficamente en 84 arcos que guardaban una distancia de tres metros entre sí. Las pinturas se aplicaron sobre la roca puesto que no hubo aplanado alguno; se consideraron tonalidades diversas a fin de evitar contrastes entre los colores empleados, escribe Moyssén.

Además del personal de seguridad asignado a cuidar la presa, el túnel donde se halla el mural se encuentra cerrado por dos puertas blancas de hierro. Pero los ingenieros que trabajan en el sitio decidieron iluminar Principio con lámparas colocadas en el piso, con las que no se alcanza a mostrar la diversidad de colores y la totalidad de la obra. A simple vista, sin embargo, se nota que está bien conservada.

Humberto López, gerente de la presa, dice que anualmente visitan el lugar unas dos mil 500 personas aproximadamente. Muy pocas conocen la obra de Federico Silva, ya que para visitar cualquier zona de la hidroeléctrica se debe de pedir permiso especial a la Gerencia Regional de Generación Hidroeléctrica, ubicada en Hermosillo, Sonora.

—¿Por qué el mural está cerrado al público?

—Se debe a que la presa es una zona federal custodiada por el Ejército.

—¿Se pueden hacer visitas guiadas?

—Todo aquel que quiera visitar la presa tiene que pedir permiso de forma oficial y directa, mediante una carta, a la regional de Hermosillo. Las entidades que quieren visitar el lugar deben seguir un procedimiento. La carta tiene que especificar los espacios que se quiere conocer (la plaza cívica, la cortina, la central hidroeléctrica o este túnel), y el o los visitantes

—¿Qué tan visitado es el mural?

—No es muy visitado. Hay ocasiones que las escuelas solicitan ingresar. Cuando es así, el ingreso de la gente se controla mediante el personal de seguridad física, para que no dañen el lugar.

Espacio para pintar

Para encontrarse con Federico Silva hay que ir hasta su casa: un rancho llamado La Estrella, ubicado en Tlaxcala. El lugar fue una fábrica de hilos del siglo XIX a la que el artista y su familia llegaron después del temblor de 1985 en la Ciudad de México. Desde ese sitio, quien fuera alumno de David Alfaro Siqueiros e impulsor del arte cinético en México planea cada una de sus obras.

En su estudio lo mismo se puede ver libros de cuentos y novelas desperdigados por sillones y mesas, que lienzos en caballete, proyectos creativos, escritorios, mesas y restiradores; las esculturas monumentales se encuentran el jardín. A su lado, está su inseparable Caín, un pastor alemán juguetón, que saluda a todo aquel que se le acerca.

Recibe a MILENIO una fría mañana de sábado para platicar de los orígenes de Principio, en la cueva de Huites. Pregunta con interés en qué estado se encuentra su obra, pues desde que la terminó en 1996 no ha vuelto verla. Se indigna al saber que el sitio está cerrado al público, que se requiere de un permiso especial para ingresar y que la iluminación no favorece para que se vea cada detalle de la pieza.

Al cuestionarle cómo surgió la idea de hacer el mural, Silva responde con una sonrisa: “Existe la tradición en la Comisión del Agua de que cuando se construye una presa se hace una escultura. Con ese criterio me invitaron a que conociera el proyecto en Sinaloa. Fui al iniciar la construcción de la hidroeléctrica para decidir qué tipo y en qué sitio haría mi escultura. Hice un recorrido por la zona, por el cerro donde se construía la presa. En el proceso de búsqueda del espacio donde quedaría la escultura atravesamos por un sitio que finalmente se convirtió en la cueva. Cuando pasamos por el lugar —rarísimo, extraño, oscuro, habitado por águilas y animales—, dije: ‘¡Este es un espacio maravilloso para pintar!’, pues tenía carácter y magia; era religioso, monumental y misterioso”.

Al comentarle su intención al ingeniero que lo acompañaba a hacer el recorrido, éste le contestó que estaba loco, pues era imposible pintar algo ahí: “El propósito por el cual lo hemos invitado aquí es para que usted haga una escultura”, le dijo. Sin embargo, Silva ya había tomado la decisión de pintar la cueva de la presa.

Una vez que convenció a las autoridades de hacer el mural, el artista —quien en 1995 fue reconocido con el Premio Nacional de Ciencias y Artes—, se dispuso a organizar el equipo de trabajo que lo acompañaría en esta empresa.

“Una maestra de la antigua Academia de San Carlos le propuso a un grupo de estudiantes de artes plásticas participar en el proyecto. La profesora escogió a cinco jóvenes. Pero, como era insuficiente porque la cueva es muy grande, se convocó a gente de la comunidad, campesinos y obreros, los cuales no tenían idea de cómo hacer un trabajo de este tipo. La experiencia laboral con ellos fue maravillosa porque todos trabajaban en la construcción de la presa, en dinamitar la roca y pasaron de eso a ser pintores. Lo hacían con una dedicación impresionante. Fue un proyecto colectivo”, menciona entusiasta.

—¿Qué es lo que quiso pintar en la cueva?

—No fui con una idea preconcebida. Me emocionó el espacio. El reto era quizá el móvil más fuerte. Pintar ese lugar mágico y religioso, con sonoridades en el día y la noche, con sonoridades en la roca, era complicado.

El título de la obra es Principio, en sus dos acepciones: el principio de algo que inicia y el concepto ligado a lo moral y filosófico. No cuenta una historia; solo muestra el encuentro entre la piedra, la oquedad, la oscuridad, la luz y hasta las águilas.

—¿En qué lugar de importancia coloca este mural dentro de sus obras artísticas?

—Antes, cuando recordaba el mural, lo pensaba como la prehistoria, pero ahora que hablo de él, apenas han pasado 20 años desde que lo inicié, es muy poco tiempo, y está ligado a los cambios históricos que ha habido en México y el mundo. Aquel era otro México distinto a este.

—¿Qué materiales utilizó sobre la piedra?

—Acrílicos y politec.

—¿Al mural se le puede llamar pintura rupestre?

—A mí me gusta llamarle pintura rupestre. En la misma inspiración de este trabajo están las pinturas rupestres de Baja California, que visité en un viaje a ese estado, y que son el antecedente más antiguo que hay sobre la pintura mural con espíritu propio.

—¿Es verdad que para hacer la pintura usted dividió la cueva en siete partes iguales?

—Tenía que tener una planeación global. A sabiendas de que no había ninguna guía general para el trabajo total, tenía una idea integral de dónde iba a hacer cada línea y cuál era el proceso a seguir. A partir de esto, hubo que hacer muchos ensayos para integrar el proyecto. No pensé en dividir la cueva en secciones; lo que sí había era una división de los equipos, ya que utilizábamos muchos recursos, como el láser.

—¿Es cierto que primero proyectó algunas de las pinturas del mural en el piso y más adelante las pasó a las paredes de la cueva?

—Eso fue una experiencia técnica interesante. Pintar ahí excedió todas las experiencias que te deja hacer un mural en un edificio público o en cualquier otro lugar. Inventamos la posibilidad de pintar el piso y con un láser marcamos los puntos clave de cada dibujo y después los pasamos a las paredes de la cueva.

—¿Cuánto tiempo se tardó en hacer la obra?

—Cuatro años.

—¿Considera pertinente que esté cerrada para el público en general, y que solo se pueda ingresar a ella con un permiso especial?

—Eso no puede ser. Tiene que ser un lugar abierto. Si el gobierno tuviera interés en la cultura y valorara aquel esfuerzo, por lo menos como inventiva y propuesta generosa y novedosa, sería digno que lo convirtiera en un objeto de visita, en un objeto turístico para el que vaya a Sinaloa. Ahí pueden ocurrir cosas, pero habrá que esperar a que pase esta efervescencia por el Ejército y la Marina que existe actualmente, para que México vuelva a estar dentro de un proceso civilizado y cultural. Estamos abandonando la civilización para entrar a la barbarie.

—¿Civilizado y cultural?

—Sí. Debemos civilizar todo el país. Estamos entrando a la barbarie. Estamos dejando de lado los valores mexicanos. Empezamos a perder la identidad. El mural es parte de la identidad nacional. Hace años se decía que la fuerza de México estaba en el arte, en la cultura, en la tradición, en el pasado; ahora, en cambio, se dice que la gran fuerza de México está en el Ejército.

—¿Qué anécdota recuerda con más precisión al haber pintado el mural?

—Los trabajadores que me ayudaban vivían muy lejos de la presa, y cuando se iban me gustaba estar solo, recorrer el espacio, verlo, sentirlo. Había una carga emotiva muy fuerte.

Numeralia

5 mil metros cuadrados de pintura

225 metros de largo tiene la cueva

9 de alto

9 de ancho

22 de desarrollo

20 años han pasado desde que se inició la construcción del mural