La literatura va a la guerra

Las obras literarias del siglo XX que abordaron la Primera Guerra Mundial como motivo central páginas tienen en común un intento por cifrar la irracionalidad intrínseca y absoluta de aquel conflicto.
literatura
(Cortesía)

Ciudad de México

Para los contemporáneos de nuestro entorno cultural, la Primera Guerra Mundial (1914-1918) puede tener la misma profundidad histórica de un episodio de la antigüedad remota o ser un enunciado desprovisto de referentes visibles, materiales, acaso íntimos. Sin ir muy lejos, palabras como trinchera, nido de ametralladoras, gas mostaza, escaramuza nocturna o herido de guerra han perdido la sustancia real y las resonancias sobrecogedoras y épicas que tenían aún hasta hace muy poco tiempo para quienes podían asociarlas de forma nítida, sobre todo autobiográfica, con hechos axiales y en buena medida traumáticos, desgarradores, de su existencia.

Toda vez que el imaginario ultramoderno está nutrido por sobredosis de hiperviolencia narrativa y visual que tienden a distorsionar, desensibilizar y trivializar nuestras percepciones, la memoria de la Gran Guerra como una conflagración bélica nunca antes vivida y como la hecatombe limítrofe de la modernidad desafortunadamente se ha mitigado sin remedio: al menos desde nuestra parte del mundo hoy resulta difícil imaginar y mucho menos comprender la realidad de aquellos cuatro años siniestros y su estela devastadora durante los dos decenios siguientes. ¿Las estremecedoras obras pictóricas y gráficas de Otto Dix y Egon Schiele pueden conmover a quien está acostumbrado a acompasar sus días con imágenes de decenas de cadáveres anónimos y noticias de masacres ubicuas e inexplicables? ¿Sus cuadros y dibujos consiguen alterar la conciencia de quienes tienen un ojo entrenado exhaustivamente por el gore y la radical estética de la violencia televisiva de hoy en día?

Las obras literarias del siglo XX que abordaron la Primera Guerra Mundial como motivo central de sus páginas tienen en común un intento por cifrar la irracionalidad intrínseca y absoluta de aquel conflicto. Aunque la poesía, la crónica, el ensayo y el teatro aportaron perspectivas muy penetrantes, la narrativa fue el género privilegiado para recomponer la experiencia bélica y dar testimonio, con la mayor intensidad emotiva y el mayor despliegue de recursos biográficos, literarios e históricos, de sus atrocidades.

Intentar un canon mínimo de la literatura de la Gran Guerra es una osadía. La cantidad y diversidad de obras que contribuyen a dar luz sobre la entraña de la cuesta bélica, así sea mínimamente, rebasa cualquier aproximación introductoria. No obstante, la selección de pasajes fundamentales aquí recopilada tiene el propósito de abrir la mirada de los lectores hacia obras muy distintas entre sí, con registros contrastados, pero que están hermanadas por su incontestable perdurabilidad.

Podría pensarse que las obras más deslumbrantes e intensas sobre la Primera Guerra son las de quienes estuvieron en el campo de batalla. Adiós a las armas, Sin novedad en el frente, El fuego, Tormentas de acero y Viaje al fin de la noche dan perfecta cuenta de ello, aunque las obras de Jünger y de Céline toman distancia de las tres primeras. El escritor alemán, como se sabe, fue uno de los grandes cantores del espíritu guerrero pangermánico, y en sus obras puede leerse un abierto llamado a “inmolar el cuerpo en el combate”. En el caso del médico y novelista francés, su oscilación ideológica y su antisemitismo panfletario lo vuelven un caso aparte. Las novelas de Hemingway, Remarque y Barbusse, y la autobiografía de Robert Graves, Adiós a todo eso, han sido vindicadas por los pacifistas, y en nuestros días la recepción privilegiada de su legado es precisamente esa: obras escritas desde el horror del frente que exigen el fin de todas las guerras.

Los tres escritores austriacos incluidos en esta muestra son voces muy distinguidas y ocupan lugares muy señalados en la historia de la literatura europea moderna. No cabe duda alguna de que Karl Kraus fue el mayor enemigo de la sinrazón mediática, propagandística e ideológica que no solo celebró sino impulsó también el inicio y el desarrollo de la Gran Guerra. Nadie como el escritor satírico vienés se enfrentó a los grandes periódicos de lengua alemana de su época para criticar el excesivo abuso del lenguaje pro belicista y para defender la causa de la paz. El texto escogido aquí nos hacen vislumbrar la capacidad paródica y crítica que esgrimió Kraus contra el militarismo reinante en el imperio austrohúngaro.

El caso de Joseph Roth es sumamente singular, pues siendo un nostálgico de ciertos aspectos del imperio y habiendo conservado hasta el fin de sus días una fidelidad a toda prueba a la figura histórica del emperador Francisco José, también fue capaz de captar y retratar las retorcidas pulsiones de la clase militar de la monarquía dual, que siempre desempeñó un papel ambiguo durante el desmoronamiento del antiguo régimen. Finalmente, Alexander Lernet–Holenia transitó desde la nostalgia real-imperial y el fetichismo militarista hasta la literatura fantástica, una perspectiva que a él, como a tantísimos otros antiguos habitantes de Austria-Hungría, le permitió mudarse, con una nueva identidad, más allá de las ruinas de un mundo y una época que no sobrevivieron al apocalipsis fulminante de la guerra.

Otra tesitura tiene la novela de Jaroslav Hasek, Las aventuras del buen soldado Schveik durante la guerra mundial. No solo añade un despreocupado ingrediente cómico al horror sino que recupera un género que se creía en extinción: el de la picaresca, tan a modo para explicar muchos de los desatinos históricos que tuvieron lugar en el siglo XX.


El inicio, 1914

Ernst Jünger

Me gusta recordar las semanas anteriores a la guerra; se caracterizaron por una atmósfera de euforia y laxitud como la que suele preceder a las tormentas de verano. La actitud de la gente era más franca y despreocupada de lo normal, pero sus ocupaciones seguían discurriendo por los cauces habituales. Por eso, y no obstante lo que estaba ocurriendo, tampoco mi familia dejó de emprender, como todos los años, el habitual viaje de veraneo hacia la isla de Juist.

Esta vez no había acompañado yo a mis padres y hermanos; me había quedado en nuestra solitaria casa a fin de preparar con calma el examen final de bachillerato. Sentía deseos de librarme pronto de los bancos escolares, que me resultaban cada vez más agobiantes. Por mi modo de ser tendía hacia una amplitud y libertad vitales que presumía, sin duda con razón, que eran irrealizables en la aburguesada Alemania. Un año antes había intentado ya un golpe de fuerza; me había escapado de casa al amparo de la noche, para correr aventuras por el mundo. Como les suele suceder a los fugitivos adolescentes, muy pronto fui devuelto a casa. Mi padre, hombre de sentido práctico, había cerrado un pacto conmigo; primero haría el examen final de bachillerato y luego me dedicaría a recorrer el mundo a mi gusto y capricho. Esta agradable perspectiva espoleaba considerablemente mi diligencia.

Había realizado ya grandes progresos en mis estudios cuando, hacia el final de las vacaciones escolares, en aquel día de agosto tan henchido de significado, subí al tejado de nuestra granja; aquel edificio había sido pasto de las llamas el año anterior y ahora estaban reparándolo. Allí se encontraba trabajando Robert Meier, nuestro jardinero, acompañado de un obrero desconocido para mí, que nos había enviado por algunos días una empresa fabricante de cubiertas de tejado a prueba de fuego. Mientras aquellos dos hombres clavaban los tableros de la cubierta, yo les hacía compañía y charlaba con ellos. […]

Sentados en el tejado, que los rayos del sol habían recalentado, nos hallábamos entregados a nuestra charla, cuando pasó por la parte de abajo, montado en su bicicleta, el cartero, tal como solía hacer siempre a aquella hora. Sin bajarse, nos gritó estas tres palabras: “¡Orden de movilización!” Sin duda hacía ya horas que el telégrafo estaba difundiendo incesantemente esas mismas palabras por todos los rincones del país.

El tejador acababa de alzar el martillo para dar un golpe. Detuvo su movimiento y con toda suavidad depositó la herramienta sobre el tejado. En ese instante entraba en vigor para él un calendario diferente. Había cumplido ya el servicio militar y en los próximos días tendría que presentarse a su regimiento. Meier pertenecía a la reserva de reemplazo y también para él era inminente el llamamiento a filas. Yo tomé la resolución de participar en la guerra como voluntario, decisión que adoptaban a aquella misma hora centenares de miles de hombres.

Nuestro pequeño y pacífico grupo se había convertido de golpe en un grupo de soldados, y eso mismo ocurría en todos los sitios de Alemania en que estuviesen reunidos unos cuantos hombres. Recogimos las herramientas y acordamos tomar un trago en la aldea. Cuando llegamos ante el ayuntamiento vimos que ya estaba expuesta en el tablón de anuncios la orden de movilización. En la taberna no se notaba ninguna excitación especial —al campesino de la baja Sajonia le es ajena la exaltación, su elemento propio es la tenaz fuerza de la tierra—. No regresamos a casa hasta bastante tiempo después; mientras caminábamos por la solitaria carretera íbamos cantando la hermosa canción que dice:


Auf auf Kameraden von der Infanterie,

es gilt für unser Leben...


[Arriba, arriba, camaradas de la infantería,

hemos de luchar por nuestra vida...]


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Primeras líneas de “El inicio de la guerra de 1914”, incluido en Tempestades de acero, Tusquets, España, 1988, p. 239. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.



Las aventuras del buen soldado Schveik

Jaroslav Hasek

—¡Bueno, nos han matado a Fernando! —dijo la casera del señor Schveik, quien al abandonar el servicio militar hacía años, tras ser declarado definitivamente imbécil por la Comisión Médica Militar, comenzó a vivir de la venta de perros, repulsivas monstruosidades sin raza a las que falsificaba el árbol genealógico.

Además de esa ocupación, le afligía el reuma, y precisamente en ese instante se estaba friccionando las rodillas con un bálsamo.

—¿Qué Fernando, señora Müllerova? —preguntó, sin dejar de frotarse las rodillas—. Conozco a dos Fernandos: uno es sirviente del boticario Prusa, quien una vez se bebió por equivocación una botella de loción para el cabello; el otro es Fernando Kokoska, el que recoge cagadas de perro. En ambos casos no se perdería nada.

—Pero, señor, se trata del archiduque Fernando, el de Konopiste, el gordo, el devoto.

—¡Por Dios! —exclamó Schveik—, qué bien. ¿Y dónde le sucedió eso al señor archiduque?

—Parece que le tiraron con un revólver en Sarajevo, señor. Iba con su archiduquesa en un automóvil.

—¡Hay que ver!, señora Müllerova. ¡en su automóvil! Sí, un señor así se lo puede permitir, y ni siquiera piensa que ese paseo en automóvil puede terminar de forma trágica. Y eso en Sarajevo, que está en Bosnia, señora Müllerova. Seguro que lo hicieron los turcos. Nunca debimos tomarles esa Bosnia y Herzegovina. ¡Ah, señora Müllerova! ¡Así pues el señor archiduque ya se encuentra ante Dios Padre!


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Inicio de Las aventuras del buen soldado Schveik en la guerra mundial. Conaculta, México, 1992, p. 25. Traducción de Rubén Martí con prólogo de Sergio Pitol.

 

 

La marcha Radetzky

Joseph Roth

El señor de Sennyi, de sangre más pura que el señor de Nagy, invadido por el súbito temor de que un descendiente de judíos pudiera vencerle en sentimientos patrióticos, se levantó y dijo:

—En principio no sabemos de cierto que el heredero haya sido asesinado, y en segundo lugar, a nosotros eso nos importa un comino.

—Sí que nos importa —dijo el conde Benkyö—, pero no ha sido asesinado. Solo se trata de un rumor.

Fuera, caía la lluvia a torrentes. Los relámpagos cedieron en intensidad y los truenos se perdieron en el horizonte.

El teniente Kinschy, oriundo de la región del Moldava, afirmó que el heredero del trono hubiera sido, de todas formas, una lamentable continuación de la monarquía, suponiendo, claro está, que el porvenir trajera esa “continuación”. El teniente era de la misma opinión que el orador precedente: el asesinato del heredero del trono debía ser considerado un rumor falso. Se estaba tan lejos del presunto lugar del hecho, que no era posible comprobarlo. Y la verdad se conocería, tarde o temprano, después de la fiesta.

El conde Battyanyi, en un lamentable estado de embriaguez, rompió a hablar en húngaro con sus compatriotas. No se les entendía una sola palabra. Los demás permanecieron silenciosos, mirando a los charlatanes uno tras otro, sin que pudieran negar que estuvieran consternados. Pero los húngaros parecían querer continuar de la misma forma durante toda la noche; así debía imponérselo su patriotismo. Se observó, aunque esto no quiere decir que entendieran una sola sílaba de sus palabras, más que nada a través de sus gestos, que empezaban a olvidar la presencia de los demás. En ocasiones se echaban a reír al unísono, para ofensa de los otros, y no por ser aquella ocasión adecuada para risas, sino porque no alcanzaban a discernir el motivo de sus carcajadas.

Jelacich, un esloveno, no supo contener la ira. Odiaba casi tanto a los húngaros como a los serbios. Amaba a la monarquía. Era un patriota. Pero allí estaba él, impotente en su amor por la patria, como quien tiene entre manos una bandera sin un asta donde hacerla ondear al viento. Sus hermanos de raza, los eslovenos, vivían muy próximos a los húngaros, y sus primos, los croatas, también. Toda Hungría separaba al capitán Jelacich de Austria, de Viena y del emperador Francisco José. En Sarajevo había fallecido el heredero del trono, y casi en su patria, quizá por mano de un esloveno muy parecido al propio capitán Jelacich. Cuando el capitán Jelacich se esforzaba en defender a la monarquía de las ofensas de los húngaros, pues solamente él las entendía, podían replicarle que sus propios paisanos habían sido los asesinos. Y en verdad se sentía complicado en el asesinato, sin saber a ciencia cierta por qué. Desde hacía más de ciento cincuenta años, su familia servía leal y noblemente a la dinastía de los Habsburgo.


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Capítulo 19. Bruguera, España, 1981. Traducción de Griselda Vallribera Blanc.

 

 

Sin novedad en el frente

Erich Maria Remarque

Me resulta extraño pensar que en mi casa, en un cajón de la mesa-escritorio, yacen un montón de poemas y el comienzo de un drama: “Saúl”. He dedicado muchas veladas a estas cosas y casi todos — ¿no es cierto?— hemos hecho algo parecido; pero ahora todo esto me parece tan irreal que ya ni me es posible imaginarlo. Desde que estamos aquí, nuestra vida anterior ha quedado rota sin que nosotros hayamos tomado parte en ello. A veces intentamos recuperarla lanzando una ojeada a nuestras espaldas, al pasado; intentamos encontrar una explicación a este hecho, pero no lo conseguimos. Precisamente para nosotros, muchachos de veinte años, todo resulta particularmente turbio. Para Kropp, Müller, Leer, para mí, para todos nosotros, a quienes Kantorek señala como “la juventud de hierro”. Los que son mayores están ligados con más fuerza al pasado; tienen una base, mujer, hijos, profesión, intereses, ataduras tan fuertes ya, que la guerra no puede destruir. Pero nosotros, los de veinte años, solo tenemos a nuestros padres, y, algunos, a la novia. No es gran cosa, pues a nuestra edad es cuando la autoridad de los padres es más débil y las muchachas no nos dominan todavía. Exceptuando esto, no existía mucho más para nosotros; un poco de fantasía, algunas aficiones y la escuela; nuestra vida no llegaba más allá. De todo esto no ha quedado nada.

Kantorek diría que nos encontramos justamente en el “umbral de la existencia”. Debe ser así, poco más o menos. No habíamos echado raíces y la guerra nos ha arrancado; nos ha llevado, como un río, en medio de su corriente. Para los que son mayores, la guerra es una interrupción, pueden seguir pensando más allá de este hecho. Pero a nosotros nos ha cogido de lleno y no sabemos cómo terminará. Lo único que conocemos ahora es que nos ha embrutecido de una manera extraña y melancólica, a pesar de que, a menudo, no podamos ni siquiera sentirnos tristes.


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Comienzo del segundo capítulo (página 14). Círculo de Lectores, España, 1968. Traducción de Manuel Serrat Crespo.


Viaje al fin de la noche

Louis-Ferdinand Céline

Una vez dentro, hasta el cuello. Nos hicieron montar a caballo y después, al cabo de dos meses, ir a pie otra vez. Tal vez porque costaba muy caro. En fin, una mañana, el coronel buscaba su montura, su ordenanza se había marchado con ella, no se sabía adónde, a algún lugar, seguro, por donde las balas pasaran con menor facilidad que en medio de la carretera. Pues en ella habíamos acabado situándonos el coronel y yo, justo en medio de la carretera, y yo sostenía el registro en que él escribía sus órdenes.

A lo lejos, en la carretera, apenas visibles, había dos puntos negros, en medio, como nosotros, pero eran dos alemanes que llevaban más de un cuarto de hora disparando.

Él, nuestro coronel, tal vez supiera por qué disparaban aquellos dos; quizá los alemanes lo supiesen también, pero yo, la verdad, no. Por más que me refrescaba la memoria, no recordaba haberles hecho nada a los alemanes. Siempre había sido muy amable y educado con ellos. Me los conocía un poco, a los alemanes; hasta había ido al colegio con ellos, de pequeño, cerca de Hannover. Había hablado su lengua. Entonces eran una masa de cretinitos chillones, de ojos pálidos y furtivos, como de lobos; íbamos juntos, después del colegio, a tocar a las chicas en los bosques cercanos y también tirábamos con ballesta y pistola, que incluso nos comprábamos por cuatro marcos. Bebíamos cerveza azucarada. Pero de eso a que nos dispararan ahora a la barriga, sin venir siquiera a hablarnos primero, y justo en medio de la carretera, había un trecho y un abismo incluso. Demasiada diferencia.

En resumen, no había quién entendiera la guerra. Aquello podía continuar.

Entonces, ¿le había ocurrido algo extraordinario a aquella gente? Algo que yo no sentía, ni mucho menos. No debía de haberlo advertido…

Mis sentimientos hacia ellos seguían siendo los mismos. Pese a todo, sentía como un deseo de intentar comprender su brutalidad, pero más ganas aún tenía de marcharme, unas ganas enormes, absolutas: de repente todo aquello me parecía consecuencia de un error tremendo.

“En una historia así, no hay nada que hacer, hay que ahuecar el ala”, me decía, al fin y al cabo…

Por encima de nuestras cabezas, a dos milímetros, a un milímetro tal vez de las sienes, venían a vibrar, uno tras otro, esos largos hilos de acero tentadores trazados por las balas que te quieren matar, en el caliente aire del verano.

Nunca me había sentido tan inútil como entre todas aquellas balas y los rayos de aquel sol. Una burla inmensa, universal.

En aquella época tenía yo solo veinte años de edad. Alquerías desiertas a lo lejos, iglesias vacías y abiertas, como si los campesinos hubieran salido todos de las aldeas para ir a una fiesta en el otro extremo de la provincia y nos hubiesen dejado, confiados, todo lo que poseían, su campo, las carretas con los varales al aire, sus tierras, sus cercados, la carretera, los árboles e incluso las vacas, un perro con su cadena, todo, vamos. Para que pudiésemos hacer con toda tranquilidad lo que quisiéramos durante su ausencia. Parecía muy amable por su parte. “De todos modos, si no hubiesen estado ausentes —me decía yo—, si aún hubiese habido gente por aquí, ¡seguro que no nos habríamos comportado de modo tan innoble! ¡Tan mal! ¡No nos habríamos atrevido delante de ellos!” Pero ¡ya no quedaba nadie para vigilarnos! Solo nosotros, como recién casados que hacen guarrerías, cuando todo el mundo se ha ido.


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Edhasa, España, 2001, pp. 18–19. Traducción de Carlos Manzano.


 

El Barón Bagge

Alexander Lernet-Holenia

Al cabo de poco tiempo el camino torció poco más hacia la derecha y entonces enfiló directamente hacia el este. Poco después surgió ante nosotros un promontorio menudo, largo y simétrico. Se trataba del terraplén, completamente nevado, que realza al Ondawa sobre la llanura, y de súbito vimos también el puente frente a nosotros y a su izquierda las pocas casas dispersas del pequeño poblado de Hor.

En ese momento Semler dio la orden de avanzar a galope. Repentinamente desatado, el escuadrón se lanzó al ataque de inmediato; casi al mismo tiempo recibimos de frente algunos tiros ensordecedores ahogados por la tormenta de nieve. Escuché al trompeta dar la señal de ataque; al mismo tiempo que las tropas estiraban las hojas extendidas de los modernos y largos sables ingleses a la altura de los cuellos de sus caballos, la masa completa de jinetes se lanzó rápidamente en una carrera desenfrenada. En pocos instantes alcanzamos el terraplén que llevaba al puente. Vi desaparecer a tres o cuatro dragones de sus sillas, como si se esfumaran o disolvieran, y también algunos caballos que se desplomaron. Se arremolinaron nieve, trozos de hielo y guijarros, dos de los cuales me alcanzaron. Uno me golpeó el casco, junto a la sien, con un sonido metálico; el otro me hirió casi en el pecho, a la izquierda, cerca del hombro. ¡Lo bueno —pensé— es que no fueron balas! El puente ya tronaba bajo nosotros y vi que los centinelas rusos apostados allí eran derivados. Ante nosotros, a unos cien pasos de distancia, estaba el pueblo de Vásárhely, que hasta ese momento nos había ocultado el terraplén y del que salían corriendo tropeles rusos, que —unos al mismo tiempo y otros después de haber avanzado todavía un trecho— se tiraron pecho a tierra y abrieron fuego contra nosotros.

Pero habían llegado demasiado tarde. Cuando cruzamos el puente nos desplegamos de inmediato en tropeles y partidas desordenadas hasta formar una especie de frente, atropellando a los adversarios; algunos de ellos nos resistieron aún, mientras que otros saltaron de nuevo y salieron corriendo. Después de que recorrimos la distancia hasta los límites del pueblo en menos de medio minuto, arribamos a las primeras casas donde matamos a sablazos a los rusos y perseguimos a los demás en el pueblo. Allí arrojaron las armas y se rindieron.


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Publicada originalmente como novela por entregas en tres partes. UNAM, colección Relato Licenciado Vidriera, México, 2007. Traducción de Héctor Orestes Aguilar.



Los últimos días de la humanidad

Karl Kraus

EL OPTIMISTA: El problema de la guerra mundial es, como todos saben, que Alemania quería tener su lugar al sol.

EL CRITICÓN: Eso lo saben todos, pero lo que aún no saben es que, si ocuparan militarmente ese lugar, el sol se ocultaría. A lo cual la Norddeutsche Allgemeine contestaría a buen seguro que en ese caso lucharíamos a la sombra. Y que lo haríamos hasta la victoria final y después de ella también.

EL OPTIMISTA: Usted es un criticón.

EL CRITICÓN: Lo soy, aunque admito de buen grado que usted es un optimista.

EL OPTIMISTA: ¿No era usted de esos que hace un tiempo entonaban loas a la organización alemana? ¿No la prefería, al menos, al caos latino?

EL CRITICÓN: Hace un tiempo y aún ahora. La organización alemana —suponiendo que resistiera esta guerra desenfrenada— es un talento y, por tanto, algo mundano y temporal. Y es un talento práctico, subordinado, y más valioso para la personalidad que se vale de él que el ambiente caótico, en el cual cada subordinado tiene personalidad propia. Pero, ¡hasta qué punto debe renunciar un pueblo a su propia personalidad como para ser capaz de allanar tanto la vida material! Reconocer esto nunca ha sido un cumplido, y a la hora de elegir entre los valores humanos —elección que nadie invitó a hacer antes de la guerra— las necesidades del hombre individualista no cuentan ya para nada. En una vida mala, y sobre todo en el caos al que estamos condenados a vivir en nuestro país, el individualista aún podía anhelar cierto orden; en ese estado de emergencia podía utilizar la técnica como un puente de pontones para llegar a sí mismo; se daba por satisfecho con tener a su alrededor una humanidad integrada por choferes, a quienes les habría quitado el derecho al voto sin pensarlo dos veces. Ahora está en juego la personalidad de los pueblos.

EL OPTIMISTA: ¿Y cuál triunfará?

EL CRITICÓN: Como criticón, estoy obligado a verlo todo negro y a temer el triunfo de aquella que menos individualidad ha preservado, es decir, la alemana. Así veo discurrir las cosas en mis horas negras, dentro de los confines espirituales del cristianismo europeo. La hambruna del alma vendrá después.

EL OPTIMISTA: ¿Como resultado de la guerra mundial?

EL CRITICÓN: De la guerra europea, hasta la decisión final, tomada por una auténtica guerra mundial contra una Europa espiritualmente unida. La rebelión eslavo–latina apoyada por algunos pueblos secundarios seguirá siendo un episodio, hasta que toda Europa tenga moral alemana, bombas fétidas y servicio militar obligatorio en proporciones suficientes como para merecer un rapapolvo de Asia. Es lo que temo yo a veces. Aunque en general soy optimista, y uno muy diferente de usted. Entonces confío en que todo acabará bien y veo en todos estos triunfos y triunfalismos una nefanda pérdida de tiempo y de sangre para aplazar la inevitable derrota.


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Escena vigesimonovena. Tusquets Editores, España, 1991. Traducción de Adan Kovacsics con la colaboración de Juan José del Solar y asesoría de Formosa.