Posmodernos de porquería

No hay nada más ridículo y burgués en el mundo que alguien hablando de revoluciones sociales mientras escucha a un músico que vivió al serviciode la monarquía, un lacayo talentosísimo al servicio ...
Existen viejos que alargan su etapa de juventud bajo estas banderas rancias.
Existen viejos que alargan su etapa de juventud bajo estas banderas rancias. (Arturo Fonseca)

México

"La lucha contra el imperialismo yanqui me parece una de las luchas más legítimas, una lucha justa contra los pinches gringos", subió el volumen de su Mac, hablaba de la lucha contra las malignas intenciones del Tío Sam, esa pelea filosófica estaba acompañada de un concierto para Mozart. No hay nada más ridículo y burgués en el mundo que alguien hablando de revoluciones sociales mientras  escucha a un músico que vivió al servicio de la puta monarquía, un lacayo talentosísimo al servicio de la aristocracia. “Tienes una Mac, ¿de qué hablas? Ni siquiera has ido a Estados Unidos de Norteamérica, no digas estupideces, primero consigue una visa, el gringo pobre sufre tanto o más que el mexicano jodido”. Suficiente para que enfurecido soltara dos tres frases gastadas cuando no se tienen argumentos. Salí de ahí a petición de mi anfitrión. Caminé unas calles. Pasaron varias patrullas, escuché gritos, justo frente a mi desfilaba una marabunta de vándalos idiotas gritando consignas tan ridículas como oraciones guadalupanas. “¡El pueblo unido jamás será vencido!” una filosofía digna de Chespirito, un genio incomprendido que bien podría ser su líder.

Nunca he entendido las cabezas de personas con enraizada educación guadalupana que terminan enarbolando ideas anarquistas, marxistas y pesimistas como dogmas incuestionables, lo gracioso es que su imaginaria lucha se ve opacada por la educación familiar machista retrógrada o un matriarcado asqueroso. Ridículas ideas pretenciosas sobre la libertad y guerra contra un Estado del que reciben limosna a conveniencia “educación gratuita”, servicios a bajo costo, becas estatales, “aborto gratuito”, a esto último no me opongo, parir renacuajos inmundos sería demasiado. Protestan por las reformas energéticas pero beben en bares de moda, les duele el calentamiento global pero miran la televisión, sufren lo indecible por el obrero y el campesino, jamás han trabajado en una fábrica, se llevan a la boca verdes ensaladas macrobióticas producto de la explotación de los hombres del campo. Hablan de autocontrol cuando ni siquiera podrían tener disciplina para levantarse temprano o practicar sexo sin eyaculación precoz ¿Para qué quieren ser libres? La soledad no les sirve de nada, a la primera llamarada de angustia llaman a su madre para que los reconforte del horror del mundo. Daba igual. Cruzar entre la marabunta o intentar esquivarlos. Activistas de papel maché que se orinan en los pantalones todavía. Decidí cruzar. Me regalaron un pasamontañas, lo rechacé de un manotazo.

—Cúbrete, compañera, está dura la represión.

—No soy tu compañera y me vale madre la represión.

—¿Por qué vistes de negro?

—Por el luto de mi vida, soy desgraciada.

—¿Qué?

—Es una frase que me robé de un ruso, no es mía.

—No te entiendo

—No importa, regresa a casa con tu madre a rezarle
a la virgen morena.

—¡Camaradas: una infiltrada! ¡Hay que grabarla e interrogarla para subir el video a Twitter y feis!

La marabunta me rodeó. No parecían muy listos. Me rodearon tres con ese miedo que tiene el montonero antes de atacar. Teóricos del putazo. No pudieron esquivar mi clásico paso del molino (avanzar dando golpes como molino de viento) y sorprendidos llamaron refuerzos. Ahora eran más de diez, estaba acorralada.

— ¡Ríndete, compañera, entréganos la cámara y tu credencial!

—No soy tu compañera, no tengo ninguna cámara

—Ríndete, ¿para quién trabajas?

—Trabajo para JC.

—¿Quién es JC?

—Tu padre.

Pensé en mis compañeros de universidad, sin ideología propia, provenientes de hogares clasemedieros o barriobajeros a las orillas de la ciudad, algunos se enorgullecían de tener casa propia, otros se avergonzaban de vivir peor que ratas en bloques de concreto de interés social, todos aspiraban a “salir adelante”, a ser “licenciados” a “superarse” a “ser”, ay, también pensé en los yuppies, deslumbrados  por esa fe casi religiosa bakuniniana, por la mugre de una rebeldía sosa, anciana y muerta hace décadas. En la acera de enfrente asaltaban un 7:11, el ruido de los cristales capturó la atención de los que me rodeaban. Un instante precioso, corrieron a rapiñear. El Estado, la represión, la filosofía anarquista, la libertad, la rabia, la justicia, el obrero, el campesino, el pueblo unido: temas olvidados ante un tentador six de cervezas, dulces, galletas, harta Coca-Cola, Salsa Valentina y una bolsa gigante de Sabritones. Su anarquismo teórico resume esas aspiraciones adolescentes resultado de traumas insuperables: sin jefes, sin líderes, libertad absoluta. La realidad es que pagan la luz, renta, cerveza,  trabajan, viven en esa podrida institución llamada matrimonio o concubinato, engendran hijos contribuyendo a perpetuar la familia, están en el redil, atorados hasta el fondo. Existen viejos que alargan su etapa de juventud bajo estas banderas rancias. El mundo es un rompecabezas, si falta una pieza, nunca faltará el cretino que quiera ocupar el sitio.

Cuando pienses en la mierda de la sociedad, el Estado, las transnacionales y los imperialistas piensa en lo mierda que eres con los otros. Contra la miseria se lanzan innumerables consignas, contra la miseria personal nunca he escuchado consigna alguna. Durruti, Marx, Žižek y J.C apestan igual. Uno de cada diez anarquistas son universitarios o desertores universitarios. ¿De qué hablan? ¿Anarquistas tamizados por el sistema educativo? El mismo circo desde que tengo memoria: represores contra reprimidos. Sin problema alguno caminé en sentido contrario de la marcha hasta el parque 2 de Abril. Faltaban más de diez minutos para las seis, me sumé a la fila de los vagos que observaban al hermano que cantaba acompañado de un teclado eléctrico, esperaban a que  terminara su cumbia cristiana para poder comer. En esa fila encontré más coherencia y amor por la soledad que en aquellos ojos confusos de rostros embozados, algunos de esos rebeldes de sexta sobrevivirán a costa de quién sea justificados por su marginación imaginaria. En la fila a un anciano se le cayeron diez pesos, uno de los vagos recogió la moneda y se la devolvió. Por mucha necesidad que tuviera, jamás robaría a un amigo, es la clase de cuestiones por las que me alejé de ese tipo de personas que amparadas en su anarquismo o necesidad me robaron libros, alcohol, dinero y objetos. Esperé mi plato de sopa sentada en una sucia banca de piedra junto a un perro pulgoso. Aquellos que estamos solos estamos absolutamente solos, ni siquiera tenemos deseos de comunicarlo a nadie. Estamos solos, nadie nos ha salvado cuando el hambre o la desesperación se apoderan de nuestras tripas. Nunca ganaremos revolución social alguna. Antes de recibir mi plato pensé en todas las personas que sufren, me alegré. Hasta los perros cínicos
buscan amo.

* Escritora. Autora de la novela “Señorita Vodka” (Tusquets)