El lado feminista de Poniatowska

Le cuesta trabajo llamarse feminista —dice que sólo acompaña a sus compañeras, verdaderas feministas—, pero su activismo ha ido más allá de las marchas y hasta sus libros.
Elena Poniatowska apoyó a los primeros grupos feministas en México.
Elena Poniatowska apoyó a los primeros grupos feministas en México.

México

Esta entrevista de Marcela Turati con la ahora Premio Cervantes de Literatura 2013 fue publicada en el libro 20 años por todas la mujeres, editado por la revista Gatopardo y GIRE, Grupo de Información en Reproducción Elegida.

A continuación reproducimos el texto íntegro con autorización de GIRE:

ELENA PONIATOWSKA: UN PUNTO DE VISTA SUBALTERNO

Por Marcela Turati

Con las alas cortadas por su formación con las monjas, una madre lejana con la que se entendía poco y la curiosidad de una veinteañera, Elena Poniatowska ingresó al periodismo, donde la asignaron a la sección de Sociales, el lugar donde se confinaba a las mujeres que se atrevían a pisar ese territorio laboral de hombres. Con ese picaporte de reportera comenzó a entrevistar a pintores, escritores, artistas que quizás sólo hubiera visto de lejos en algún coctel de los que daba su familia, descendiente de reyes polacos.

Se abrió paso por sus entrevistas de niña ingeniosa que pregunta con inocencia pero da la puñalada con gracia. Que finge que no sabe lo que hace y exaspera a cualquiera. Que esconde la mano tras tirar la piedra.

El periodismo le dio el permiso de salir a la calle, husmear en barrios pobres, recorrer mercados populares y comprarse zapatos en tianguis. Le dio la excusa para llegar tarde, y también le dio la universidad que no tuvo. La integró al México de finales de los años cincuenta, que ella —francesa educada por nanas e internados en Estados Unidos— intuía desde su palacio de cristal.

"En el Novedades nos decían las mmc, Mientras Me Caso, como si lo mejor que te pudiera suceder fuera casarte. Había mucho deprecio por las mujeres, te refundían en las secciones sociales, tenías que hacer crónicas de bodas, de baby showers... Había pocas mujeres periodistas y los hombres sólo te interrumpían, querían llevarte al cine, si te veían 'potable' era el asedio, la burla, el usted está aquí porque algo busca", recuerda ahora, a punto de cumplir los 80 años.

En el periodismo se topó con otras periodistas brillantes que se abrían paso como autoras.

Si las monjas del convento la educaron poniéndole "papelitos de colores" según el color de su espíritu y le hicieron "una rutina que según esto te va a salvar", en ese primer año de asomo a la calle regresó a ellas para esconderse: se sentía marcada porque estaba embarazada y era soltera.

El mismo año en que dio a luz a su hijo Emmanuel, su compañero en las horas de reportería, parió su primer libro de cuentos Lilus Kikus.

La máquina de escribir le ayudó a quitarse el corset, a volar de la jaula, a encontrar a pájaros de su especie. Con las palabras creaba mundos y se iba recreando a sí misma, acercándose a otro modelo de mujer lejano al que parecía su destino de princesa polaca.

Ella evitaba pisar alfombras rojas y se metía a cada tema por la puerta de la cocina. Escribía de todo lo que le llamaba la atención: los paseos de los enamorados por los bosques de La Alameda, los dulces y los sonidos de un mercado o las cintas multicolores con las que las empleadas domésticas amarraban sus trenzas.

En 1968 se casó con el astrofísico Guillermo Haro; el mismo año de la matanza estudiantil que partió el espinazo de su generación. Ante el horror supo lo que tenía que hacer: documentarlo. Dejó constancia de las voces en La noche de Tlatelolco.

"Yo iba a las reuniones, no era muy convincente; las quería a ellas, las admiraba, más que por otra cosa. Yo escuchaba todo lo que decían esas grandes feministas, para mí fue un aprendizaje..."


Con el país, Poniatowska fue cambiando. Sus entrevistados eran campesinos a quienes les quitaron las tierras, estudiantes torturados, madres que buscan a sus hijos desaparecidos, escritores encarcelados. Una tarde de andanza callejera rumbo a la prisión de Lecumberri conoció a la lavandera Josefina Bojórquez, una ex soldadera brava y malhablada que se desesperaba de la güerita preguntona que la visitaba para saber sobre su interesante vida. Hasta no verte Jesús mío, es la novela donde inmortalizó a esa mujer (a la que en la ficción bautizó como Jesusa Palancares), que la dejó curiosear su vida y esculcar en sus recuerdos. Ese otro modelo de mujer siempre echada pa'delante a pesar de los muchos fregadazos en la frente.

En 1976 es invitada a fundar Fem, la madre de todas la revistas feministas en México, ideada por la poeta y activista Alaíde Foppa y por Margarita García Flores. En esa redacción, que se ocupa de las cosas de las mujeres, participa con activistas, escritoras o académicas como Elena Urrutia, Lourdes Arizpe, Marta Lamas, Margarita Peña, Beth Miller, Tununa Mercado y Teresita de Barbieri.

Sin embargo, aún hoy a Poniatowska le cuesta trabajo ponerse la etiqueta de feminista. Dice que participó más por los lazos de cariño con sus compañeras, que por convicción. Se sentía ignorante en los debates, sin consistencia teórica, lejos de la militancia, sin embargo ¿qué más militancia que recrear historias potentes de mujeres con su pluma que, aunque hubieran estado olvidadas por la historia, ella convertía en protagonistas?

"Yo iba a las reuniones, no era muy convincente; las quería a ellas, las admiraba, más que por otra cosa. Yo escuchaba todo lo que decían esas grandes feministas, para mí fue un aprendizaje. Nunca participé en esto porque mi marido se oponía por completo. Él pensaba que las mujeres tenían que ser amas de casa", recuerda desde su casa en Coyoacán.

Esta mujer curiosa de todo lo que pasaba afuera de su casa, madre de tres hijos a los que una nana ayudaba a criar, y esposa de un científico tan pendiente de la estratósfera que pasaba cuatro días de la semana fuera de casa, a veces se sentía muy sola.

En esos tiempos escribió el libro Querido Diego, te abraza Quiela, que recrea la soledad de la rusa Angelina Beloff ansiosa del regreso de Diego Rivera, su marido, pero que en realidad estaba dirigido a Haro.

"Cuando lo leyó, me dijo ¿pero qué es esto?, ¡es un frasco de melcocha! El creía que no había que halagar nunca sino que retar", recuerda.

En diciembre de 1980, el gobierno guatemalteco desapareció a Alaíde Foppa, eso llevó a Poniatowska a salir a las calles con sus compañeras para exigir que la regresaran con vida. Pero nunca apareció.

El terremoto de 1985 la sacudió, le arruinó la tranquilidad, la metió en un trance a contrarreloj. Se dio a la tarea de entrevistar a víctimas y sobrevivientes que se le metieron a la piel, no se los podía sacudir. Se mantenía sin bañarse, como si fuera una damnificada. Entró en una depresión profunda que quiso sacudirse hablando con un psicólogo, al que nunca volvió.

"[Entrevistar a víctimas] te pega mucho, yo me fui para abajo después del terremoto. Hasta que me di cuenta que ellas hacen sus vidas, siguen adelante, y que yo tenía que hacer lo mismo. Pero siempre, siempre, por más que intentes olvidar tanto dolor algo se te queda".

Para entonces, Poniatwska ya había recibido premios por sus novelas y el Nacional de Periodismo, otorgado por primera vez a una mujer. Se le consideraba como la máxima exponente del llamado género del periodismo testimonial en el que las mujeres eran sus personajes favoritos. Escribía de las que admiraba, las de las alas largas, las costureras que se enfrentaron a los patrones después del terremoto, la madres de los desaparecidos políticos encabezadas por Rosario Ibarra, las sirvientas tratadas como ciudadanas de segunda clase.

"En realidad siempre he tenido inclinación por los personajes de mujeres". De cada una de sus personajes, algo admira, algo copia, algo odia.

De la fotógrafa Tina Modotti dice: "Ya no hay gente comprometida como ella. Ella cree en algo, entrega su vida por un ideal".

La ex revolucionaria Jesusa Palancares: "No hay que ser dejada".

La pintora Leonora Carrington: "Es de otro mundo, vive para su pintura. A medida que la gente sube de nivel social, vive más para sí misma que para las demás".

Las costureras del temblor: "Estaban bien plantadas en la lucha social y se enfrentaron al presidente".

La escritora Nellie Campobello: "Es la única autora de la Revolución mexicana y nadie la pelaba, se dedicó a la danza. Ha sido sometida a la mayor de las injusticias".

La pintora Nahui Ollin: "Estaba muy chifletas, su pintura es valiosa. Varios libros la están rescatando, no como la amante".

La escritora Rosario Castellanos: "Tampoco la tomaron en cuenta, decían que era mala traductora, una plañidera. No le reconocían su sentido del humor, que era una gran poeta. Hasta ahora hablan de ella".

La escritora Elena Garro: "Decía que había sido un gran caballero, porque a Octavio Paz le cedió su lugar. Tenía un complejo de persecución. Es la mejor mujer de teatro".

La pintora Frida Kahlo: "Es igual a la Virgen de Guadalupe, icono máximo de México. Si lees sus diarios, sus cartas, sus recados a Diego Rivera, te das cuenta que tiene esa cosa del habla popular. Ella se sostuvo, cuando se moría dijo: 'Estoy contenta de lo que hice, pero espero no regresar'".

La poeta Pita Amor: "Tenía un enorme ego... escribía con el lápiz de la ceja y sobre bolsas de papel".

Las adelitas de la Revolución: "Sin ellas no hay Revolución mexicana y los soldados no hubieran regresado a su casa; en la noche les hacían casa en la trinchera, cuando ya no querían se podían ir con otro, tenían esa ventaja".

"Todas [sus personajes femeninos] fueron satanizadas, como exhibidas. Eran de una época en la que si la mujer se salía del guacal, inmediatamente le caían encima", dice.

Aún ahora que es escritora consagrada, Poniatowska no se define por lo que es sino por su trabajo. "Sólo si me enfermara, fallaría en mi trabajo y siempre he hecho mi trabajo desde un punto de vista subalterno. No desde la victoria o el privilegio", dice. Entonces habla de cómo el periodismo le enseñó a hacer antesala si quería que la recibieran, a que su trabajo sería tijereteado en la mesa de redacción, a mantenerse lejos de los egos y las pretensiones con las que se comportan los escritores famosos. "Por índole propia, por carácter, por mi oficio, me he mantenido lejos de eso. Estoy acostumbrada a esperar".

En vísperas de cumplir los 80 años, con todos los premios posibles, Poniatowska sigue inconforme con ella misma. Mastica en voz alta lo que le hubiera gustado hacer distinto, si hubiera confiado más en sí misma. En los estudios universitarios que no tuvo. En el tiempo que perdió como periodista y en los que podía haberse dedicado más a sus libros. En los libros que le faltan por escribir, uno de ellos sobre la novelista y feminista Guadalupe Marín, conocida más por haber sido esposa de Rivera.

Pese a su obra, al desfile de mujeres, a Poniatowska le cuesta trabajo considerarse feminista. A pesar de que con el libro Las mil y una... (la herida de Paulina), que escribió por invitación de Marta Lamas, colocaron el tema del aborto en la agenda pública, ya que se basa en las injusticias cometidas contra una niña de 13 años que fue violada y a quien le negaron el derecho a decidir sobre su cuerpo y abortar. Con el paso de los años, siente que la familia de Paulina estuvo sometida a tanta exposición mediática que resultó dañina para ellos.

El feminismo de Poniatowska pasa por el machismo que respiró en el periodismo, por su maternidad solitaria, por las reuniones con otras mujeres, por su paso por Fem, por las vidas que vivió por medio de sus protagonistas femeninas, por las injusticias cometidas contra Paulina...

"A lo largo del tiempo, considero, fue que me hice feminista o, más bien, que mi feminismo está en los personajes de las mujeres sobre las que escribo —dice, aún reflexiva—. Porque lo mío es escribir".