Pintor acasillado, obrero del óleo

El artista se levanta, viste pants y sudadera, e inicia su trabajo muy de mañana. Lleva una existencia precaria; vendía cuadros de formato pequeño y se volcaba a crear paisajes urbanos, rurales, ...
Pintor acasillado, obrero del óleo 2
Pintor acasillado, obrero del óleo 2 (Luis M. Morales)

De amplia trayectoria en el ámbito cultural del Distrito Federal, Javier Córdova Gómez nació en la populosa colonia 20 de Noviembre. Creció en una vecindad de tres niveles, rebosante de inquilinos, aledaña al Gran Canal y a las vías del ferrocarril, interconectado mediante pasillos. Su gran temor: tender la ropa en la azotea. Sentía vértigo; desbordaba su imaginación, los sentidos, enfrentaba la oscuridad de lo desconocido...

Hijo de obrero y costurera, desde muy pequeño mostró habilidad para las artes plásticas: “De comer no ha faltado, pero merma la salud mi oficio. La carencia te presiona a niveles inhumanos, mientras alguna gente se pavonea con mi trabajo: se ha vendido en Francia, Alemania, Dinamarca, y yo ando con el bolsillo de mi pantalón raído, mis tenis prehistóricos. Por fortuna tengo a mi hijo Diego, un premio a tanta penuria.

Egresado de la Escuela Nacional de Pintura y Escultura “La Esmeralda”, Javier ha publicado cuentos en Nexos, revistas de Bellas Artes y de la Universidad Nacional Autónoma de México, y en suplementos culturales de El Heraldo de México, unomásuno, El Universal, Ovaciones, El Gallo Ilustrado, revista Su Otro Yo, Punto de Partida…

Alumno del maestro Gilberto Aceves Navarro, Javier conoció hembra placentera. Incursionó en varias entidades del país para ganarse la vida de casado. Jefe de Prensa en la Casa del Lago de la UNAM, fotógrafo del Club Med Sonora Bay, se dio tiempo para publicar sus conversaciones con José Luis Cuevas, Aceves Navarro, Felipe Ehrenberg, Arnold Belkin, Vlady, Armando Villagrán, Francisco Corzas, Manuel Felguérez, entre otros.

Javier Córdova reconoce: “Siempre busco algo nuevo; cuando empiezo siento que es la primera vez; conservo esas ganas de hacer algo de capital; no un cuadro más, no: lo nuevo…”Esta curiosidad lo llevó a Guadalajara, donde sus exposiciones individuales y colectivas proliferaron. En una de ellas conoció a Benito Gómez López; iniciaron una relación de pintor-coleccionista: “Comencé a visitarlo; me pagaba de a 200 a 500 pesos por obra en formatos pequeños, y hasta 2 mil por cuadros de 180 x 120 cm; imposible mantenerme con esos precios: dejé de frecuentarlo”.

Separado de quien fue su esposa 32 años, Javier se recuperó, cobró ímpetu, alegre, con mucho ánimo, a sabiendas de que más que vivir, sobrevive de la pintura: desde agosto de 2013 aceptó la oferta de Gómez López para vivir en la colonia Providencia, calle Montreal 1338, en Guadalajara, Jalisco. Una finca donde el coleccionista atesora obra desde 2002, incluso de Javier, pero insalubre, no apta para vivir: sin tarja en la cocina, con los grifos del baño inservibles; paredes enmohecidas… Javier y Diego, su hijo de 11 años de edad,  vivieron carentes de gas, estufa, bóiler y refri.

Acordaron de palabra: Javier pintaría sin descanso. Su sueño dorado: crear las suficientes obras para exposiciones, venta; producir y mejorar su vida.Sin embargo, cuanta oferta para exponer tuvo, fue desdeñada por Gómez López —fama de conflictivo, violento; aunque uno lo conoció amable, si bien ladino—. Con todo, Javier logró participar en el Foro de Arte y Cultura de Guadalajara; expuso en el Ex Convento del Carmen, de la Secretaría de Cultura.

Javier atacaba varias piezas a la vez; mientras una secaba, iniciaba otra, volvía a la anterior, abordaba otra tela. En promedio lograba una pieza diaria. “No pretendí que el licenciado fuera mi único coleccionista. Trabajé mañana, tarde y noche. En año y medio produje entre 300 y 400 obras de formatos diversos. Él las tiene, no me las entrega aún. Sábados y domingos y días festivos pinté, me di tiempo para mi hijo, para su escuela, para su entretenimiento. Gómez López se ganó mi confianza; con la promesa de vender mis óleos se llevó obra tras obra”.

Al licenciado Gómez López, todo un caballero, estudioso en la Maestría en Letras, de la Secretaría de Cultura jalisciense, le surgió el crítico de arte: intentó que un lienzo en proceso lo recortaran: “Esa parte, Javier, la enmarcas y quitas lo demás”. “¿Cómooo? ¡licenciado, está inconcluso!”, se defendía el pintor. También impidió que dispusiera de sus lienzos: “Esos no te los lleves, Javier, ni aquellos”. A cambio recibía mil 200 pesos a la semana, como adelanto por las ventas. Entre Gómez López y su hijo, Hugo Gómez, elegían lienzos, cargaban con ellos sin mayor explicación. En otro momento el licenciado quiso “editar” un cuadro, a lo que Javier se opuso, alegando agresión a su obra, a su calidad de creador.

A las peticiones de incremento de “sueldo”, el licenciado Gómez López respondía: “Javier: si haces más, no pasa nada; si haces menos, tampoco”. Es decir: hagas lo que hagas, tienes mil 200 pesos a la semana”, 4 mil 800 al mes para solventar gastos de comida, ropa, escuela, uniformes y útiles escolares, transportes…

“Yo pintaba sin cesar para mantenernos mi hijo y yo. Mal comidos, mal vestidos. No veía ingresos. El licenciado Gómez se asumió como mi dealer. Impidió que un cineasta filmara mi obra, me entrevistara; decía: déjame a mí, yo muevo tu obra, no puedes autorrepresentarte. Veo las ofertas y autorizo o no. Aunque nunca me rindiera cuentas”.

Ante tal situación, Javier Córdova decidió disponer de obra reciente para participar en un proyecto para una galería defeña. Cuando el licenciado Benito Gómez se presentó en la finca montó en cólera, arrojó cuanto objeto tuvo a la mano, enfurecido gritó al pintor: ¡Ladrón, desgraciado, maldito, traidor…! Golpeaba y pateaba puertas. Voy a acabar contigo: donde te escondas te voy a sacar del culo, para refundirte en la cárcel; por robo te voy a meter, porque eso hiciste: me has robado y traicionado”, gritaba e impedía que Javier saliera de la casa.

Dice el autor del libro de cuentos El Loco y la Pituca se aman (Premio Fundación de Mérida 1981, editado en 1987 por Editorial Universo): “Me escapé para recoger las calificaciones de mi hijo en la escuela secundaria. Esto me abruma, soy diabético y con problemas cardiacos, cosa que al licenciado Benito no le importa, jamás me brindó apoyo médico, ni medicamentos. Él era feliz con mi jornada de siete días a la semana, pintando a todas horas”.

Javier Córdova, pintor, se sabe defraudado por Benito Gómez López. Recuerda Los viajes de Gulliver: consideran en Liliput “el fraude como un crimen mayor que el robo… Recuerdo que en una ocasión intercedía yo con el rey por un criminal… y como dijese a Su Majestad, a modo de atenuación, que se trataba solo de un abuso de confianza, el emperador encontró monstruoso que yo presentase como defensa la mayor agravación de su crimen”. Pero Javier no habita en Liliput.

*Escritor. Cronista de Neza