Bailando los silencios

Los primeros dibujos que me hizo fueron los que se publicaron en los programas de mano en México y Nueva York.
Laberinto
(Cortesía)

Ciudad de México

En 1968, cuando me casé con Luis Rius, me fui a España. Al regresar a México, a principios de los años setenta, él me presentó a sus amigos y uno de ellos fue Héctor Xavier.

Héctor Xavier era un gran dibujante. Cuando me vio me preguntó si yo quería posar para él. Los primeros dibujos que me hizo fueron los que se publicaron en los programas de mano en México y Nueva York, así como en entrevistas que tuve en televisión y en los diarios; aunque yo no lo pedía, siempre los reproducían.

En una ocasión, fuimos Luis, una amiga y yo a su estudio, en la calle de Holbein. Héctor me pidió que le posara. Estábamos en su recámara, donde tenía el restirador para dibujar, mientras que Luis y mi amiga estaban en la sala–comedor. Yo tenía el pelo suelto y lo estuve meneando, y Héctor me pidió que me quitara la blusa. Me la quité y me dibujó de la cintura para arriba. Se metió mucho en lo que estaba haciendo. No me veía con morbo, sino que estaba contento y yo me mantenía muy tranquila. Cuando Luis vio el dibujo, se molestó pero después recapacitó. Ese dibujo es muy conocido, es el del perfil, con las manos hacia arriba. Y a nadie le he posado de esa manera, más que a Héctor Xavier.

También me dibujó con vestidos, pero me gustan más aquellos que me hizo con mallas durante los ensayos. Muchos fueron con tinta y otros a la punta de plata. Con esta última le costaba trabajo porque al trazar una línea ya no se podía corregir. Él me decía: “Ponte en tu papel, tienes que hacer como si estuvieras en el escenario”. Me daba indicaciones como “Tensa las manos”, “Posesiónate de tu papel”, “Tú muévete”. Me empezaba a mover y en tal momento me decía: “Así te quedas”. Aunque me dibujaba en un ratito, no era tan fácil. Terminaba muy cansada, más que en un recital entero bailando. Pero me encantaba. Creo que me hizo más de cien dibujos y todos los días él iba al estudio o a la casa. El que es impresionante es el retrato que hizo de Luis Rius porque él ya se estaba muriendo. Antes de dibujarlo me preguntó: “¿Me dejas pintar a Luis?” En ocasiones decía que a la gente hay que dibujarla por dentro. A mí me captó muy bien y me encanta ver los dibujos. Algunos de ellos han formado parte de sus exposiciones.

Hubo un proyecto muy interesante que se llevó a cabo en 1975: Teoría y juego del duende. Tengo que aclarar que yo nunca uso escenografía; siempre bailo con mi ciclorama o telón negro, pero para Teoría sí la usamos. Se hicieron unos paneles muy grandes y pusimos de escenografía los dibujos de Héctor Xavier: éstos bajaban y subían según el baile que yo hacía. Héctor estuvo ahí porque no le gustaba que cualquier gente los manipulara de otra manera. Además, sacó fotos de muchos dibujos que hizo, me dio los negativos y me dio permiso de utilizarlos, porque no a todo mundo le daba permiso. Él era celoso de su arte.

Además de posarle, intercambiábamos ideas, me preguntaba cómo calentaba en los ensayos o antes de salir al escenario. Me decía: “Yo también antes de dibujar caliento”. Le preguntaba cómo lo hacía y él me respondía que toreando. Hacía ejercicios de torero con el capote. Le decía: “Mira qué bien, porque el flamenco y el toreo van muy unidos en su esencia”. Teníamos muchas cosas en común.

Otra característica que veía en Héctor Xavier es que no le gustaba vender sus cuadros. Le dolía mucho desprenderse de ellos y los tenía muy guardaditos. Cuando lo visitaba en su estudio, los sacaba y me los enseñaba. Luego, a veces, yo llevaba a alguien y nos los mostraba. Y cuando Héctor andaba mal de dinero, le preguntaba: “¿Por qué no los vendes?” “Sí, sí, sí, los voy a vender”, era su respuesta. Pero veía que le costaba mucho trabajo deshacerse de ellos. Y batallaba para cobrar porque creo que los vendía a plazos.

De los dibujos que me hizo, muchos me los regaló, aunque los de punta de plata no se me hizo tenerlos, ya que no llegaron a mis manos. Cuando estaba enfermo, me dijo que me los iba a dar. Los recuerdo muy bien. Tienen mucha proyección. Apenas una línea, me dibujaba el brazo: silencio, y de repente aparecía un dedo: imaginaba el brazo como era.

Aprendí a bailar los silencios a partir de los dibujos de Héctor Xavier porque él traza una línea y luego ya no la continúa y la deja a la imaginación. Pienso que eso es un silencio. Entonces, si él lo hizo en el dibujo, en el baile también formé los silencios.