ENTREVISTA | POR CARLOS RUBIO ROSELL

El filósofo francés autor de ‘Palabras armadas’ asume una postura radical contra el yihadismo y advierte: “Nuestro mundo occidental de consenso, diálogo y compromiso ha llegado a su fin”.

Philippe-Joseph Salazar: "La guerra ha vuelto"

Madrid

En este momento, el yihadismo y su rostro político, el así llamado Califato, ha cambiado las reglas de la guerra en el mundo: a partir de sus acciones, la guerra ahora es directa, una confrontación “cara a cara”, una confrontación muy personal y casi íntima. “Es por eso que ellos tienen, en una primera fase, que usar decapitaciones y cortar gargantas”, dice el filósofo francés Philippe-Joseph Salazar, quien afirma que la guerra directa ha vuelto. “Hemos regresado básicamente a la guerra como ésta siempre ha existido: un hombre contra un hombre, directamente, una confrontación violenta, sangrienta, sin prisioneros”, dice este escritor, discípulo de Barthes y Derrida, miembro del Colegio Internacional de Filosofía de París y cuyo reciente ensayo Palabras armadas. Entender y combatir la propaganda terrorista —que Anagrama acaba de editar en nuestro idioma— es una investigación que desvela las claves del movimiento integrista Califato-Estado Islámico-Daesh.

“Es una dura lección para los occidentales que piensan que la guerra es un juego de computadora y la muerte un acontecimiento virtual”, acusa Salazar, poco optimista con el futuro: “Mientras la población lo deje en manos de la policía y el ejército, que se lo toma bastante mal por cierto, la amenaza yihadista continuará. Pero la guerra con todo su horror ha vuelto, y los civiles son las víctimas”.

En entrevista exclusiva con Dominical MILENIO, Salazar (1955) expone que “el ánimo del Califato está en imprimir el mensaje de que la guerra satánica no ha terminado”.

Usted habla de la pornopolítica del Califato, los degüellos y las escenas sacrificiales, ¿qué ha observado en el comportamiento del Ejército Islámico?

Es llamativo que desde 1945 Occidente no haya conocido una guerra real. La guerra nos parece obscena, “pornográfica” —pensemos en las pilas de cuerpos desnudos en los campos de concentración nazis. La Guerra Fría no fue una guerra en absoluto, sino una toma de posición militar o una forma de delegar conflictos locales a zonas periféricas. De cualquier forma, que nos hayamos involucrado en una guerra, como ocurrió en Vietnam, ha sido con reticencias y remordimientos. Y mientras lo hacemos cuando hay que hacerlo, siempre buscamos ganar una superioridad asimétrica, especialmente una superioridad tecnológica, y tratamos de evitar el combate directo o de minimizar las pérdidas. Las bajas de guerra siempre han sido, por contra, masivas, tanto militares como civiles, en “el otro bando”, y mínimas de nuestro lado; una guerra limpia a distancia, de la cual el grueso de la población está difícilmente al tanto, y de la que se entera viendo la televisión y yendo de vacaciones, mientras los soldados se entrenan y hacen su trabajo.

En su libro habla también del lenguaje de la propaganda yihadista, ¿cuál es su estructura?

El Estado Islámico ha vuelto internet contra nosotros: nosotros creamos internet como una herramienta para compartir información, expandir las relaciones sociales y estar simplemente mejor informados. El Estado Islámico es la primera ideología global en usar internet y sus recursos como arma de guerra a gran escala. A través de internet, el Califato ha creado una gran fuente intelectual y práctica que persigue tres objetivos: persuadir a los llamados millennials para adherirlos a sus filas, establecer las cartas credenciales del Califato en la vieja historia del Islam y proveer de recursos prácticos para el combate. Así, su lenguaje se hipermoderniza. El Estado Islámico es, en todos los órdenes de la propaganda, un fenómeno posmoderno e hipermoderno —somos lentos en darnos cuenta de ello, porque preferimos caracterizarlo como una mentalidad “medieval” o como un horror bárbaro. Y no queremos aceptar que “nuestra” internet se ha vuelto contra nosotros, como el monstruo contra su creador Frankenstein.

¿Qué alimenta al yihadismo?, ¿cómo entender la confrontación entre la cultura occidental y el Califato?

Según sé, no hay una palabra en árabe que distinga entre lo que, en Occidente, llamamos “islamismo” como algo opuesto a “islamista” —esa distinción, junto al rechazo del gobierno estadunidense a calificar los ataques terroristas cometidos por guerrillas o comandos entrenados en San Bernardino y Orlando como inspirados en la fe musulmana, es contraproducente: exonera a los musulmanes que viven en Occidente para generar una postura contra los extremistas, y exonera a los combatientes yihadistas de ser totalmente responsables.

Está claro que las leyes estadunidenses, francesas o alemanas relativas a la alta traición a la patria no se han aplicado: un ciudadano nacional o connacional que sirve con las armas en la mano a un poder u organización extranjero relacionado con el fomento de la derrota o atentado contra el Estado, es un traidor y debe ser castigado de acuerdo con ello. ¿Por qué no aplicamos la ley? Porque encontramos difícil vincular cualquier religión con el odio y la muerte. Hemos desarrollado, como sociedades seculares encaramadas al materialismo, un extraño y paradójico respeto por la religión. Por no confrontar el yihadismo musulmán, nos hemos convertido en la causa de nuestro propio terror.

De Charlie Hebdó al club Bataclán, de Bruselas a Turquía, ¿cual es su lectura de los acontecimientos?

Mi lectura es doble: por un lado, el Califato siempre advierte antes qué va a ocurrir: el Califato mediante su maquinaria de propaganda establece objetivos. Por ejemplo, la masacre de Orlando fue pronosticada en numerosos videos y documentos emitidos por el Estado Islámico: ellos sistemáticamente atacan y tachan a los hombres occidentales de estar “afeminados” y “ser menos hombres”, y a la educación occidental de convertir a los chicos en unos débiles, disminuidos por nuestra educación y nuestra moral. El ataque a un club gay es una consecuencia lógica. Los combatientes del Califato, los partisanos, que en este momento quizá lleguen a unos 7 mil desplegados en Occidente, incluidos Estados Unidos, Canadá y Australia, tienen líneas de acción, están organizados y, para nuestra sorpresa, son cultos e informados.

Por tanto, creo que no hemos querido analizar los documentos del Centro de Información Al Hayat, del Califato, o las agencias estatales no quieren que la opinión pública esté totalmente al tanto del alcance de los muchos peligros que nos amenazan. ¿Y por qué? Porque los medios de comunicación, que se nutren de los despachos sobre actos terroristas, siguen señalando que los fanáticos y los terroristas son unos trastornados mentales, pequeños delincuentes o criminales comunes. Los medios de comunicación y los gobiernos quieren explicar por factores secundarios las aspiraciones políticas de los yihadistas, porque nos hemos vuelto incapaces de considerar que las relaciones políticas a menudo adquieren la forma de una guerra, de que el mundo de consenso, compromiso y diálogo, que más o menos hemos experimentado como occidentales privilegiados, ha llegado a su fin. También encontramos difícil que un ser humano pueda tener altos ideales que le conduzcan a matar e inmolarse: nuestra cultura rechaza la inmolación y rechaza la violencia. Nos hemos debilitado, y el Califato lo sabe bien.

¿De qué manera los ciudadanos no islámicos pueden luchar contra la propaganda islámica?

Se trata de una cuestión interesante. La realidad es que el llamado y la influencia del Califato se están expandiendo. A diario escuchamos algo acerca de su gran influencia en el lejano este, en África, en los Balcanes, en el Cáucaso. Es un movimiento populista con un gran carisma social e idealista. En contraste, vemos un no muy moderado y abierto carisma en los musulmanes que han elegido vivir en sociedades democráticas como su opción, aunque ellos no parecen defender esa opción. De hecho, el Califato se mantiene repitiéndolo: un musulmán debe elegir correctamente, y volver a las tierras del Islam, alejado del perverso Occidente con sus leyes inquisitoriales, su mala educación y su falta de respeto a Dios. El problema recae en el hecho de que yihadistas y no yihadistas leen el mismo texto religioso, veneran las mismas referencias religiosas, rezan las mismas oraciones todos los días, observan los mismos rituales, y acatan o deberían acatar las mismas reglas de conducta moral. La columna vertebral filosófica del Califato es de hecho muy fuerte, enraizada en una austera y sublime tradición que está en el corazón del Islam. Esto es algo que no se puede negar. Esto exige una mente sutil e ingeniosa, y un gran coraje de los musulmanes para comprometerse plenamente en marcar los errores, y entonces emprender acciones en contra.


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