Ciudad a la deriva

Ensayo.
La superluna fotografiada junto al Ángel de la Independencia, en la Ciudad de México.
(Reuters)

Ciudad de México

I

Un escenario crítico en la vida cotidiana en la mega–Ciudad de México: a inicios de marzo del año en curso, un comando de destructores, equipados con maquinaria pesada, dragas y excavadoras, pulveriza, en el transcurso de una jornada laboral, una amplia residencia neo–californiana ubicada en la calle Alabama 42, esquina con Nebraska, en la colonia Nápoles. Durante la primera etapa de demolición tiene cuidado con los abundantes árboles en el terreno, entre ellos una palmera alta y una jacaranda extendida. A pasos irrefrenables, una composición arquitectónica de los años treinta con innegable valor patrimonial se transforma en polvo. Cinco meses después también desaparecen los árboles. Otro comando de leñadores tala, con mucho esfuerzo, los vestigios de un micro ecosistema verde en medio de una colonia con alta densidad de construcciones grises. Las motosierras no paran hasta que desaparece el último resto de vegetación. Un camión recoge los trozos modulares de los troncos.

Tabula rasa para una nueva construcción voluminosa. En fechas próximas emergerá otro elemento más del boom inmobiliario en la ciudad, en uno de sus enfoques actuales, la colonia Nápoles, en el perímetro expandido del World Trade Center una franja de terrenos a lo largo de la Avenida Insurgentes, donde brotan nuevas torres de oficinas, con calidad estética reducida e impacto ambiental negativo.

Visto desde arriba, este terreno de construcción, con los restos de los fundamentos y los troncos cortados, presenta un aspecto melancólico. Hace obvio, palpable, entendible que la fiebre de la especulación arrasa valores culturales y ambientales, devasta hogares y ecosistemas casi sin límites. Es un detalle significativo para el desarrollo inmobiliario acelerado en la mega–Ciudad de México.

A modo de aclaración: no cada casa histórica, en este caso neo–californiana, merece preservación. Es un proceso normal y vital que la morfología urbana se modifique. No obstante, los ciclos de esta renovación cada vez son más cortos y más brutales. Erosionan la sustancia histórica de la ciudad, su memoria materializada, en dimensiones preocupantes. Con ello, la ciudad como máximo valor cultural se convierte en un hábitat genérico, en una ciudad “sin atributos”. Presenciamos una “cronofagia” poderosa, una pérdida de espacios mnemotécnicos. La identidad del lugar, el genius loci, se reduce a una pobre acumulación de escasos vestigios arquitectónicos. Y para compensar esta pérdida, el habitante de la ciudad se refugia en los objetos kitsch, en clichés como los presuntos “colores mexicanos” (también los hay en Guatemala) o en el uso fragmentado de los ornamentos del pasado, como la balaustrada neo–barroca. El fake sustituye gradualmente a la sustancia auténtica (por el momento, todavía no se sabe con qué aparato estético se reemplazará la casa neo–californiana mencionada antes).

Otra aclaración: tampoco hay que preservar cada palmera de la ciudad, muchas de ellas plantadas durante el Porfiriato y también en los años cincuenta bajo el régimen de Ernesto Uruchurtu en el Departamento del Distrito Federal, sin considerar su adecuación al ecosistema específico de la cuenca de México. La palmera, de hecho, se ha convertido en un cliché natural que alude al espíritu lúdico–vacacional de Acapulco, e incluso de Las Vegas. Empero, dentro de un contexto denso de la hiperurbanización en México, aun la palmera cumple una función compensatoria importante: presenta una imagen alegre, contribuye a la purificación del aire y proporciona un hogar para pájaros; es parte de la enorme biodiversidad de México.

Para decirlo con claridad: la zona metropolitana de la Ciudad de México cuenta con una cantidad de espacios verdes y abiertos muy por debajo del promedio recomendado por la Organización Mundial de la Salud. Y cada acto de demolición como el de la calle Alabama disminuye más estos espacios vitales y compensatorios. En consecuencia, en el paisaje de la megalópolis dominan los tonos grises del cemento y del asfalto. Bajo estas condiciones materiales, la ciudad vive el calentamiento en grados exponenciales, el incremento de la contaminación atmosférica y el agravamiento de la innegable crisis climática.

Además, sobre los suelos sellados hasta el último centímetro cuadrado del terreno de construcción se escenifica, cada temporada de lluvias, la “revancha” de la naturaleza, el regreso temporal de la otrora ciudad lacustre. Aguas pluviales que no se filtran por los suelos naturales sino que se quedan estancadas sobre el asfalto y generan inundaciones cíclicas. Muchas vías rápidas sobre los ríos entubados se convierten en canales, y remontan el sistema territorial–acuático de la antigua ciudad de México–Tenochtitlan.

En términos culturales y ambientales, esta demolición en la colonia Nápoles es un símbolo y un síntoma de la rutina autodestructiva por el actual desarrollo inmobiliario en la ciudad. Además, es lamentable la falta de debate público sobre la preservación de valores eco–estéticos. Los mega–inversionistas que envían sus comandos de demolición pueden lograr sus objetivos comerciales casi sin riesgo de protestas públicas. No hay posibilidad de participación colectiva en los procesos de la configuración del hábitat. La tabula rasa es expresión de un concepto político autocrático. La reclamada transparencia en los procesos de administración y planeación urbana se mantiene como una ficción, en especial cuando el volumen financiero del proyecto es amplio. Por el momento, el límite posible de las construcciones en este terreno de Alabama es de cinco pisos; pero por experiencia (negativa) sabemos que esta cifra se eleva fácilmente. Lo más probable es que crecerá un mega–bloque no sustentable, pero eficiente para los inversionistas.

Cada arquitecto, urbanista e ingeniero que diseña tales proyectos de extrema densidad y de alto rendimiento económico contribuye al proceso autodestructivo. Es más, el caso expuesto demuestra cierta resistencia a la creatividad eco–estética de planeación, porque no consideraron la opción de integrar secciones de la casa antigua y de su jardín, con la palmera y la jacaranda, en el plan del nuevo conjunto residencial. Hubiera sido una plusvalía.

 

II

Micro–macro: el ejemplo de la colonia Nápoles revela un tema y problema del desarrollo a macro–escala: ¿Cómo entender el mecanismo de un desarrollo urbano no sustentable, que erosiona valores culturales y ambientales, que, al final de cuentas, cuestiona el concepto de ciudad? Es un tema muy complejo, en el que interactúan un sinnúmero de factores sociales, económicos y ecológicos. Muchos especialistas analizan el estatus de la megalópolis mexicana, paradigma de la hiperurbanización del planeta. Detectan las herramientas territoriales de la segregación ¡un 60 por ciento de la población megalopolitana vive en zonas autoconstruidas, marginadas!, rastrean los flujos del capital hacia los focos de inversión como ocurre actualmente alrededor del World Trade Center o descubren el impacto insalubre de la contaminación también producida por las nuevas construcciones y sus materiales tóxicos; sin embargo, todos estos factores se materializan en la imagen urbana, son visibles, palpables.

Por ello, el análisis de la imagen urbana, de las construcciones y vialidades, también su documentación en la fotografía e incluso su representación en las artes plásticas, funcionan como fuentes interesantes para estudios críticos sobre la ciudad. Revisando las vistas aéreas de la Ciudad de México a lo largo de las décadas pasadas, y también explorando la pintura y la gráfica, hasta el cine con temas metropolitanos, se despliega un panorama de problemas que demuestra que el constatado proceso de autodestrucción no es un fenómeno reciente, sino una constante eco–histórica.

El proyecto editorial y curatorial Transformaciones del paisaje urbano en México (Museo Nacional de Arte/ Fundación ICA, 2012) ofrece amplio material visual para estudiar la irrefrenable no–sustentabilidad del hábitat en la cuenca de México. La contraposición de diferentes medios visuales que representan transformaciones urbanas, como la fotografía aérea o la pintura, revela introspecciones inesperadas.

Desde inicios de la urbanización acelerada en la segunda mitad del siglo XX emerge el patrón urbano del patchwork de fraccionamientos, elementos sueltos, conectados con las superestructuras del sistema vial sin relación razonada o creativa con las características topográficas del lugar. Una ciudad privilegiada como México, circundada por una silueta impresionante de montañas volcánicas, determinada por una secuencia de lagos y estructurada por redes de canales, se convierte gradualmente en un desierto urbano, árido, infecundo, hostil, donde además brotan muchas banalidades arquitectónicas. Surge la imagen de una modernidad unidimensional, fijada en una noción de progreso importada de Estados Unidos, donde los paisajes urbanos se desmoronan en suburbios estandarizados, highways imponentes y downtowns densos, decorados por una aplastante presencia de anuncios espectaculares. Es un patrón urbano con impacto global, presente también en otras megaciudades como Sao Paulo o Shangai. En todos estos casos presenciamos una destrucción acelerada de valores mnemotécnicos y ambientales.

La imagen urbana cataliza el potencial y también las fallas de una sociedad. Su estudio minucioso, basado en las metodologías de la historia del arte, permite detectar cómo ha degenerado la calidad de vida en el planeta hiperurbanizado. La herencia arquitectónica de siglos ya no es suficiente para generar identidades territoriales en las ciudades. Y la configuración de los ecosistemas, con piedra, agua, flora y fauna específicas, parece dispensable para los que desarrollan la ciudad.

¿Por qué llegamos a esta condición crítica de la vida en la megalópolis mexicana? La evidente autodestrucción no es un proceso espectacular como el efecto producido por una bomba, sino un proceso gradual, silencioso, que se expresa, por ejemplo, en la demolición de una casa neo–californiana y en la tala de árboles. También existe una condición mental colectiva que favorece la autodestrucción del hábitat: es la actitud NIMBY, not in my backyard, no en mi patio trasero. Todos sufrimos la congestión vial y la contaminación, pero no queremos dejar el coche. Sabemos que el recurso del agua es limitado, pero lo desperdiciamos. A macro–escala: ya no hay conciencia de lo que es ciudad y paisaje. Muchos tratan el paisaje urbanizado como un terreno neutral para cualquier intervención. Desde la vista aérea, del avión o del satélite, se perciben los edificios, las instalaciones industriales, nodos del transporte, etcétera, dispersos o “tirados” en el paisaje. Ya no hay límites definidos entre los contornos de la ciudad y el inicio de los campos esa imagen espacial del pasado, que justamente creó una sinergia estética fascinante, solo sobrevive en imágenes históricas. El imaginario actual de la mega urbe es otro: es una “mancha” que “ensucia” y que se sobrepone al paisaje natural.

 

III

El problema es que muy pocos habitantes perciben esta erosión de valores paisajísticos. Predomina el principio de la ignorancia: no veo lo que no quiero ver. Me ajusto a lo que existe y desvío mi atención a los clichés visuales de la televisión o de los mundos virtuales de Internet. Por ello, considero insoslayable la educación visual, generar conciencia ambiental en el acto de ver. Las investigaciones estéticas e históricas sobre el fenómeno de la megalópolis proporcionan material para redefinir la relación simbólica del habitante con su ciudad. Es un conocimiento con utilidad social para reanimar esta antigua noción de que la ciudad es un lugar de ideas e iniciativas. En la actualidad, estas reflexiones e intervenciones deben intentar frenar la erosión acelerada de sustancias y valores. Ver y entender el potencial que aún tenemos, a pesar del omnipresente desperdicio de recursos naturales y culturales ayuda virtualmente a salir del letargo de la autocomplacencia colectiva.

 

P.D. La utopía es una herramienta del pensamiento para superar un estatus difícil. Existe un modelo exitoso de paisaje natural, con la biodiversidad auto poiética, en la mega–ciudad: la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel en Ciudad Universitaria. ¿Por qué no expandir este modelo espacial e imaginar más reservas ecológicas en diversos terrenos de la ciudad, incluyendo las zonas de intensa especulación inmobiliaria? Son enclaves donde crece libremente la vegetación, que ofrecen al habitante de la megalópolis experiencias ambientales alternativas. Lo que necesitamos son terrenos tabula rasa donde se generen nuevos ecosistemas urbano–fascinantes.