Perros en el espacio

La colonia Roma de los noventa parió romanos o romeños que nada tienen que ver con los ‘hipsters’ que hoy la habitan. La habitaban punks que veían en la película de ‘Los Panchitos’ una escuela y ...
Perros en el espacio.
Perros en el espacio. (Luis Miguel Morales C.)

Decidiste apagar la lámpara. Silencio, la calle. Ningún paisaje urbano tiene aire limpio. Desde que nacemos violentamos todos los ecosistemas posibles, escuela, familia, relaciones amorosas. La amistad se daña, la amistad profunda soporta todo, derrumbe, remodelación y nuevas construcciones.

Decidiste perderte, no podía hablar, nos escribimos los mensajes más hermosos cuando no podía hablar, quebrarse la mandíbula no es divertido. Muchas veces me quedé dormido en las bancas de la colonia Roma esperando el último camión de Insurgentes para ir a verte, con el tiempo dejaron de pasar, todo se acabó.

Niños muertos rondan en nuestras cabezas. En lotes baldíos las antorchas jamás encendieron. “Descuartizadora de pequeñuelos en colonia Roma”, la portada del periódico La Prensa, miércoles 9 de abril de 1941, “¿qué sentiría José Acosta?”, no pude responderte.

Caminábamos desde Zona Rosa a la Roma, despidiéndonos en Manzanillo, Campeche, Chihuahua, Jalapa, Monterrey o la esquina de San Luis Potosí e Insurgentes. Veinticuatro años después siguen rondando en mi cabeza tus preguntas, como ¿qué sentiría?, ¿qué es lo que pensaba mientras descubría los puntos débiles de una ciudad criminal naciente de los cuarenta? La célula de espías nazis capturados en la Roma logró acaparar la atención de las autoridades, “Lázaro Cárdenas vendió petróleo a los nazis”, con esa frase callábamos a los “punks de izquierda”, Hilda Krüger, actriz nazi, tuvo una enredada amistad con Miguel Alemán, paisano de la Ogresa.

El descubrimiento de los espías tomó fuerza, dejaron libre a Felícitas Sánchez Aguillón, amenazó con denunciar a todas las mujeres que solicitaron sus servicios, abortos, en otros casos, partos, y se dedicó durante un tiempo a vender niños no deseados. Si nadie los compraba, los descuartizaba con gran crueldad y tiraba sus restos al caño. Un plomero cómplice.

Los nombres de esas mujeres (presuntamente pertenecían a familias adineradas), pero jamás los pudimos conocer. Lloró en su celda. La hipocresía nos permite justificarnos, nada se habló sobre las madres solteras que abandonaron a sus hijos agobiadas por las deudas o por el estigma social, ninguna de ellas pagó un solo día en la cárcel. La maldad y estupidez no tiene sexo.

Felícitas salió libre pagando una fianza de 600 pesos en mayo de aquel año. Carlos Conde, su ex esposo, declaró que desde que era joven albergó maldad. La enfermera veracruzana vendió a sus gemelas, y al negarse a revelar a su esposo el destino de las niñas, el matrimonio quedó roto. Mariana, la protagonista de “Las batallas en el desierto”, novela escrita por José Emilio Pacheco, se suicida igual que ella, se tomaron un frasco de nembutal.

Hicimos una fórmula para suicidarnos de forma indolora, ¿te acuerdas? Botas hasta la rodilla, falda corta, no tenías para pagar la luz pero siempre para una caguama. Tiempos en que beber caguama en la banqueta no significaba problemas. Conseguir efedrina era fácil, antigripales de farmacia, siete pastillas, y las empujábamos con alcohol, no necesitábamos tachas o mierda.

Ahora todo es distinto, drogarse no significa nada. Eran los noventas, dos secciones controversiales: rock y rave (respectivos géneros y subgéneros) los conciertos no eran para pobres, para llegar a muchos de ellos necesitabas auto, el transporte público no era la red inmensa que ahora es.

En las orillas de la ciudad se armaban los mejores toquines, teníamos que caminar inmensos llanos, podíamos ser devorados por jaurías de perros o pandilleros. Drogas de diseño seducían a varios contemporáneos: muchachos de hoy. Rotos para siempre: old school. La década rancia, podrida, nada nos importaba más que la música o la cerveza, no separábamos esa dualidad: “hoy es el gran día, agarra tu chamarra, párate los pelos y vete a la tocada, punk suicida, punk suicida”, do it yourself.

Me sentía parte de la clase obrera, ellos no pensaban lo mismo. Encontraba elegancia en la ropa de los sin casa, elegancia rota. Platicábamos con cualquier vago que se nos cruzara, mientras más andrajoso mejor, estrechábamos su mano mugrosa, su olor penetrante a miados, las uñas negras verdosas. Los gatos callejeros de la Roma eran buena compañía, pasé hace unos meses por esa calle en la que acudíamos para acariciarlos y siguen rondando.

Pese a que la tiraron, todavía queda algo de aquella casa en ruinas, colapsada desde 1985, nos metíamos ahí porque uno de nuestros amigos vivía en ese sitio, no tenían buena reputación, todos eran personajes estrafalarios de los que imitábamos su forma de vestir y rodar en un mundo que nunca nos entendió.

Pasábamos horas ahí, escuchando la improvisada bocina conectada a una vieja casetera 1989. No conocía físicamente a Leonora Carrington, tampoco sus cuadros o esculturas. Sin saber que era ella, muchas veces la vimos salir de su casa, no se detenía demasiado en nosotros, ¿quién se detendría en un par de flacuchos vestidos de negro con cara de hambre?, nadie se detenía a darnos ni una sonrisa, menos alguna moneda para otra caguama.

Estábamos sentados en la banqueta pasándonos una botella robada de vodka Valeska, linda botella de plástico, Santa María la Ribera, una tienda de ultramarinos cerca de circuito, era muy fácil robarlas. Nos gustaban los envases de plástico, no existían los punks ecológicos, la polución nos parecía preciosa, encuentro belleza en aquellos pensamientos destructivos.

Era tan pálida que le preguntamos si estaba muerta. Nos escuchó,  alcanzó a murmurar algo incompresible. Volvimos a gritarle “¿Estás muerta?”, pensamos que no respondería, caminó varios pasos, después gritó: “Les invito un whisky… comprobamos quién está muerto y quién no”. Dudamos romper el hielo con un extraño a veces es desalentador, nos demostró que puede existir encanto entre los desconocidos.

No éramos nadie, estuvimos con Carrington toda la tarde en aquella casa de la calle de Chihuahua #194, asombrados con aquellos extraños seres que habitaban un no-espacio. “Deberías vender en La Lagu”. Es la misma sensación, paso frente a la puerta, es su voz despidiéndonos: “¿conocen su verdadero nombre?” Intenté responder, no me escuchaste, te alejabas haciendo sombras en aquellas calles, llevabas en la mano la botella que ella nos regaló. Camino hasta Cuauhtémoc, la esquina con Querétaro no queda lejos, subo al trolebús y bajo en Monterrey.

Tras unos minutos soy el único caminando sobre Tapachula, solitaria, la mejor para darse un tren. ¿Es aquí donde Los BUK (Banda Unida Kiss) toparon con los Panchitos?, era un niño, recuerdo, mi primo andaba en esos jales, romano aguerrido, me enseñó a defender mi cuadra, antes las calles se llamaban cuadras. Los Panchitos: una película para millones de personas, para nosotros fue una escuela del punk, una de tantas.

La Roma parió romanos o romeños que no tienen nada que ver con los actuales hipsters que rondan. Tubos, cadenas, piedras, palos, defensas de autos, vidrios rotos, pedazos de vidrio cuchillos, mecates para tender la ropa, botas, cinturones, la lengua, los puños, las piernas, éramos armas punzocortantes, mohicanos furiosos en las densas noches, crestas, cocos pelados, peinaditos de papaya, el frío nos lo curábamos con un cartón.

Helada sombra del mundo, perra situación, nosotros la mierda, nosotros intrusos, nosotros incompletos, nosotros girando en amaneceres crudos e infelices, la mañana golpeaba con esa rabia cínica, éramos libres. Prendo mi cigarro, mucha policía, poca diversión. Las batallas personales terminan por derrotar un espíritu satisfecho: los más débiles, fortalecen a los rotos por dentro. Decidiste apagar la lámpara en esa mugrosa pensión de la calle de Mérida, pagábamos lo equivalente a 150 pesos actuales por semana, vivíamos junto a personas de dudosa reputación.

En los conciertos el portazo, sabotaje, Misfits no tocó por nuestra culpa, ¿y qué?, ¿no que muy punks?, maricas llorando por un concierto cancelado, fuera de control. Nosotros no obedecíamos órdenes, arrebatábamos todo lo que nos negaron. La pesadilla de nuestras familias.

Pantalones entubados, rotos, no por moda, no teníamos para otros y las rodillas en la razias se rompían cuando a patadas nos hincaban en las piedras de las orillas de la ciudad. Ojos delineados, la boca rota por alguna pelea. Le escupíamos al cielo. Sangrando, escucha la noche, el silencio de la calle es tan viejo como nosotros, cercanos a los 40, trepando a los 17 en mallas metálicas de lotes baldíos.

¿Conoces tu verdadero nombre?, no conozco el mío, sigo buscándote entre las solitarias calles de una Roma que ya no existe, “los rotos no lloran”, una sombra emerge desde 1994, es un perro fiero de dientes podridos, un perro intoxicado con cemento. Lluvia como aguardiente, lluvia chiquita, último aire del ponzoñoso verano. Impertinente futuro errabundo, miserable. Prendo otra vez el cigarro, se apagó con el viento. Miro atrás, la calle está desierta, ese perro ya no me sigue. Maldita soledad.

Novelista. Autora de "Señorita Vodka" (Tusquets)