Perros de cabaret

Colonia Roma. Se habla de que esta zona tomó un nuevo aire en su vida nocturna. Su oferta de bares aburridos y sobrevaluados decepciona. Las cabareteras doradas de los 50 se apagaron como las ...
Colonia Roma
(Luis M. Morales)

Ciudad de México

La colonia Roma mutó. Ese glorioso pedazo de noche de los 50 ya no existe. Cloaca propicia al asalto, no es segura, hay que agarrar fuerte la bolsa. Se habla de que la Roma tomó un nuevo aire en su vida nocturna. Su oferta de bares aburridos y sobrevaluados decepciona. Detesto los bares, me refugio en las cantinas. Hoy en la calle de Guanajuato, en la que José Emilio Pacheco vivió sus primeros años, los vecinos encontraron un perro que llevaba encerrado casi tres días en un vehículo.

Pacheco se fue injustamente hace dos semanas. Fue gracias a su novela Las batallas en el desierto que conocí la Roma luminosa. Regresé para recorrerla y me encontré con este penoso suceso: un perro desfalleciente. Es hasta hoy que pudieron “sacarlo”. Brigada de Vigilancia Animal tuvo que esperar al dueño, que al final resultó no ser el dueño sino el amigo del dueño. La autoridad se movilizó gracias a civiles insistentes, preocupados que por Twitter y llamadas al CAS exigieron justicia, después de horas pudieron sacarlo de la camioneta para ¡meterlo a una jaula y trasladarlo al juez cívico!

El perro está en resguardo mientras se decide su situación, hasta que aparezca el dueño podrá decidirse su futuro. Inaceptable, inhumano, ilegal, cuando está demostrado que es un caso de maltrato, la ley obliga a que el perro sea resguardado por una asociación civil para  que lo dé en adopción, además de que el responsable debe pagar su falta. Las leyes están al revés, el maltrato del perro era visible. Más de cuarenta y ocho horas sin agua, comida, sin poder defecar, orinar, moverse en libertad, en un espacio reducido, sin aire, expuesto a las inclemencias del tiempo.

Ante la ley esto es maltrato, la omisión por parte del dueño debe ser castigada. De acuerdo con la reforma del artículo 350 bis de la Ley de Protección a los Animales del Distrito Federal: “Al que intencionalmente realice actos de maltrato o crueldad en contra de cualquier especie animal no humana, causándole lesiones evidentes, sin que pongan en peligro la vida del animal, se le impondrá de seis meses a dos años de prisión y de 50 a 100 días multa. Si las lesiones ponen en peligro la vida del animal no humano se incrementarán en una mitad las penas señaladas”.

¿No se habían aprobado leyes a favor? Las placas de la camioneta: Ford 967PSL. ¿Qué necesitan las autoridades para presentarlo? Tienen los datos del propietario. ¿Cuál fue el delito del perro para ser encerrado y no entregado de inmediato a una protectora constituida para que lo atendiera? Su delito fue: ser abandonado por un tianguista cruel, que lo encerró con la finalidad de apartar lugar. El perro, su triste caso, mi enojo ante la nula sensibilidad de las autoridades, me llevó a serpentear hasta Cuauhtémoc y San Luis Potosí. Taxistas con  cara de bulldog sospechoso rondan la zona, te ofrecen servicio, te detienen preguntando con señas si buscas taxi o algo.

No me olvido de que aquí en la Roma algunos colegas han sufrido asaltos y hasta secuestros. Tal es el caso del joven poeta Javier Moro Hernández, víctima de un asalto-secuestro saliendo de La Pulquería de los Insurgentes, entre Colima y Durango, con cámaras en las cuatro esquinas. ¿Quién? Un taxista que no ha sido identificado, coludido con el crimen organizado. Javier es un ejemplo de fortaleza, se ha repuesto con entereza, lo encuentro a unos locales del sitio de donde decidí beber un trago. Mis pasos fueron directo al “San Luigi”, como lo llamamos cariñosamente los clientes, en la calle de San Luis Potosí número 28. El hambre arrecia. Un hot dog del puesto que religiosamente está desde que tengo memoria calma la entraña. Entro. No dura mucho la estancia, tengo prisa de algo, no sé de qué. Al salir revisan el ticket de salida.

El mismo hombre que revisó mi bolsa en la entrada, sigue en el  mismo sitio, estoico, soportando el frío de la noche. El frío produce neblina, me transporta a las horas que viví antes al calor de una  orquesta tropical de cumbia. Mesas atestadas de hombres y ficheras. Un vodka al hilo, el capitán me ofreció otra copa. Aburrida miraba la pista: aquí baila el tepiteño y el chavo condesa. Esto ha cambiado, un público joven y entusiasta asusta a las sirenas del amor, sus monederos lo notan.

Estas sirenas carnosas con sus palabras engañan desde el albañil hasta al escritor. A lo lejos veo a un viejo que está bailando con Osiris. Ella tiene el cabello rizado, hace honor a su nombre, me recuerda la descripción del dios egipcio de carne negra, su enorme culo parece el látigo que ostentaba aquel dios, golpea la vista. Esta noche lleva un vestido de tigre, la mulata risueña que cobra a 20 pesos la pieza, cuando pasa al baño, me ve, alegremente saluda, se sienta en mi mesa “¿Vienes sola? ¿Por qué?” No sé qué contestarle, le cuento lo que le pasó al perro en la Roma, y afectada me dice: “Ya no hay dios, maldita gente”.

Meses atrás, Osiris le cobró 30 pesos al chanta que llevé porque quería conocer los cabarets mexicanos. Impuesto turista. Ella vive en el oriente de la ciudad, eso dice. Preocupada comenta que la otra noche la pasó muy mal porque el taxista se desvió, alcanzó a bajarse y corrió. Osiris pide una copa. “No me invites, quiero platicar, pago yo”. Estoy cansada, pienso en la gloria de esos cabarets donde las mujeres podían trabajar tranquilas sin tanto loco suelto. No pasaba de riña o navajazos. Los tiempos cambiaron, con el temblor cerraron los cabarets, decayó la ficha, surgió el table en los 90.

Las cabareteras doradas de los 50 se apagaron como las Luces de Nueva York. Al norte de la Ciudad de México existió una réplica del nombre del famoso cabaret parisiense Gato Negro, enclavado en  la colonia San Felipe de Jesús, en la calle Jesús María. Seducía con su música y buen ambiente. Una de las primas se arreglaba con esmero para ir a fiestear con sus amigos, fugitiva mentirosa decía a mi tía que iría al Moro a comer churros. Envidié conocer las noches de ese antro.

Las ficheras migraron a la prostitución, empezaron a ser molestadas en sus centros de trabajo, algunas tuvieron que desplazarse a las calles y ejercerla por necesidad, edad y falta de fuente de trabajo seguro. Regreso a casa, me despierto tarde con preguntas que no me dejan en paz. “¿Cómo sucedió?¿Qué pasó con el Barba Azul? Agoniza con presentaciones aguadas de libros”. La noche se tragó La Fuente, el Run-Run, el Bombay, el San Francisco, La Perla, El Catacumbas, que frecuentaron mis padres, uno de los sitios más originales que existió en la calle de Dolores.

Ahí todos los trabajadores estaban vestidos de monstruos y personajes de horror, hombres lobo, vampiros, una momia, El Diablo era el personaje más entrañable, eso me contó mi padre. Lo confirmé años más  tarde cuando lo conocí en una Feria Internacional del Libro, pero esa es otra noche. Me dispongo a comer tranquilamente con una fría en El Triunfo, Allende 39; ahí parece que no ha pasado el tiempo, este sitio repara la gran pérdida que fue La Kloster allá por Cuba, justo frente a La Perla, cantina entrañable, desaparecida hace ya más de siete años. Pepe El Matador y Vale están a cargo, ellos poseen asombrosas historias sobre los cabarets en México, ahí dejaron su billete, su alma, su vida y hasta su muerte, aunque ellos ya son inmortales.

* Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)