Periodistas ilustres

El Santo Oficio.
Cristina Pacheco
Cristina Pacheco (Jesús Quintanar)

México

En su humilde refugio en la Bahía de Santa Lucía, el cartujo mira el inmenso azul marino. Como siempre, se conmueve. Recuerda los versos de Neruda: "Necesito del mar porque me enseña:/ no sé si aprendo música o conciencia:/ no sé si es ola sola o ser profundo/ o sólo ronca voz o deslumbrante/ suposición de peces y navíos".

El mar y la poesía lo llevan a territorios lejanos, lo hacen olvidar las miserias de la vida cotidiana, la demagogia y payasadas de estos días convulsos en la política mexicana, cargados de falsas promesas y palabras vacías. Se siente incómodo, molesto. Suceden tantas cosas en el país y pocos medios parecen advertirlo, la mayoría oscila entre la complacencia o el insulto, en cualquier caso predomina la confusión y los intereses particulares doblegan a la crítica y el análisis rigurosos.

El periodismo, dijo Elena Poniatowska en la develación de su busto en el Parque de los Periodistas Ilustres, en la Delegación Venustiano Carranza: "sirve para informar, para denunciar, para indignarse, para contar una historia y para contar las historias de los demás".

Tiene razón: el periodismo informa y cuenta historias. Remueve las entrañas, solo así vale la pena. Entre quienes lo han ejercido con inteligencia y pasión está ella, desde luego, pero también Cristina Pacheco, la cronista imprescindible de una urbe monstruosa y fascinante, la gran entrevistadora de la televisión mexicana. Autora, como Poniatowska, de extraordinarios libros de conversaciones con los más relevantes personajes de la cultura de México y el extranjero.

En su largo camino, el amanuense ha conocido a muchos periodistas valiosos; también a grandes farsantes. Entre quienes acompañan a Poniatowska en ese parque, admira a José Pagés Llergo, legendario director de la revista Siempre!; a Jacobo Zabludovsky, controvertido y sin embargo con logros innegables; a Miguel Ángel Granados Chapa, columnista puntilloso y oportuno. No le interesan, en cambio, las opiniones de Virgilio Dante Caballero ni el trabajo de Ricardo Rocha, menos aún el de Jorge Garralda, tan dado al sensacionalismo como tantos otros de sus compañeros en tv Azteca, cuya actual barra de opinión —salvo excepciones— hace llorar al más valiente.

El trapense divaga. ¿Quién decide en la Venustiano Carranza la nómina de periodistas ilustres?, se pregunta mientras echa al agua barquitos de madera y los mira perderse en el horizonte. No sabe a dónde llegarán, acaso tampoco le importa. ¿Quién dispone en la ciudad de México el uso del espacio público?, repite una y otra vez. En el Parque de los Periodistas Ilustres los delegados políticos decretan presencias y ausencias, ¿a nombre de quién? A veces le atinan, pero en ocasiones —como en el caso de Garralda— la riegan horrible y, como en tantas cosas, nadie dice nada.

Queridos cinco lectores, mientras cuenta un nuevo fracaso en su loco intento de caminar sobre el agua de Caleta a la Roqueta, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.