Pepe El Travieso

Quien ha compartido la mesa con José de la Colina sabe de su don fabulador: puede convertir un episodio llano en una historia en la que un recuerdo se superpone a otro y a otro y a otro hasta ...
Patán 2
(Cortesía)

Ciudad de México

Uno de los delicados placeres que reserva De libertades fantasmas (FCE, México, 2013) es la naturalidad con la cual José de la Colina transfigura un asunto, un personaje, una extravagancia presuntamente menores, en materia litera­ria. Un espíritu juguetón anima las páginas dedicadas al perrito Snoopy, a “la fantasía a la vez fastuosa y casera” de Cri-Cri, al arte de la dedicatoria o del tartamudeo, a la estirpe arbitraria de los nombres y apellidos, a las adivinanzas o a los chiripazos narrativos — verdaderas iluminaciones— que de prontas a primeras encontramos en ciertos autores de folletines a destajo.

Quien ha compartido la mesa con José de la Colina sabe de su don fabulador: puede convertir un episodio llano en una historia en la que un recuerdo se superpone a otro y a otro y a otro hasta crear el efecto de una torre que adquiere cada vez más altura y espesor. Su conversación celebra por igual a Juan de Yépez que al ya olvidado cómico español Gila (“Que se ponga”), reproduce con la misma puntualidad un soneto de Garcilaso que un chiste en deshonor de Fidel Castro. Hace unos días, mientras caía la tarde, volvió a sellar su ad­miración por Mallarmé y en un descuido de la memoria terminó cantando boleros. Así es José de la Colina: desconfía de la separación —muy mallarmeana, por cierto— entre lo alto y lo bajo.

Ese conversador todo terreno ha escrito De liber­tades fantasmas. Leemos como si participáramos de “una charla entre amigos”. A propósito de los magmas eróticos que llegan en sueños De la Colina evoca, por ejemplo, una velada con su esposa María, Luis Buñuel, Octavio Paz y Marie–Jo. Para establecer la diferencia entre la narración oral y el cuento contrasta los desahogos verbales de un oficinista que vuelve a casa tras padecer un viaje en metro y la historia en apariencia oriental del hombre que en su intento por escapar de la muerte acude a su encuentro. Cervantes, Sheherezada, Italo Calvino, Pedro Miret, Gerardo Deniz, el mismo José de la Colina en entrevista con un impertinente José de la Colina toman la página como quien toma asiento y participa de una tertulia entrañable.

Si no declaradamente autobiográfico, De libertades fantasmas es un libro que muestra al lector risueño sin el cual no podemos concebir al ensayista, crítico de cine, buscador de cotidianidades fantásti­cas —o envueltas en una nube de smog—; al periodista cultural, melómano, viajero y, claro, al cuentista ejemplar que enseña que la vida corre en muchas direcciones. Y muestra, sobre todo, la feliz conjunción de la buena escritura y el humor. Tiene mucho de Mariano José de Larra, quien transformó la prensa semanal —o diaria—, genéticamente condenada a ser perecedera, en un género que aspira a la inmortalidad finita. Y tiene mucho de Ramón Gómez de la Serna, quien hizo el milagro de quitarle esos quilos de más a nuestro mundo. Sigue frente a mí, con las ventanas abiertas, sonriendo como un gato que tiene la mirada de un niño travieso, la misma con la cual José de la Colina transforma la literatura en júbilo, fiesta, campo de juego. L