Pensar (bien) la protesta

Pensar duele. Con frecuencia implica aceptar las contradicciones y límites tanto de la propia realidad como de nosotros mismos.
Ensayos de Hito Steyerl.
Ensayos de Hito Steyerl. (Especial)

México

Una de las principales dificultades para pensar lo atroz es que, por su propio carácter terrorífico, pareciera que las conclusiones a las que conduce son lineales o evidentes. La justificada indignación deviene así en un pensamiento monolítico, sin matices, como si el grito de dolor y de rabia se enquistara en la mente hasta el punto de que la mente toda se convirtiera en un simple apéndice de ese dolor y de esa rabia. Si bien es un mecanismo comprensible, a menudo suele ser también políticamente inefectivo, y en la actualidad, principalmente gracias a que la participación y la indignación se encuentran tan solo a un clic de distancia, fácilmente deviene en movimientos o demandas incluso irresponsables.

Pensar duele. Con frecuencia implica aceptar las contradicciones y límites tanto de la propia realidad como de nosotros mismos. Es más sencillo construirse una imagen personal grandilocuente e intachable, expresada en proclamas y eslóganes en torno a causas de indiscutible justicia, aquellas que en su origen provocaron la comprensible indignación social. Sin embargo, como afirma la artista y ensayista Hito Steyerl en una magistral compilación de ensayos titulada Los condenados de la pantalla (Caja Negra Ediciones), los propios mecanismos de articulación de la protesta son los que en ocasiones condenan de antemano sus resultados. En la película Ici et ailleurs (Aquí y en otra parte), Jean-Luc Godard y Anne-Marie Miéville exploran la solidaridad francesa con Palestina en la década de 1970, problematizando “los conceptos y los patrones que reducen los conflictos y la solidaridad a oposiciones binarias de traición y lealtad, a sumas no problemáticas y a pseudocausalidades”. En particular, encuentra Steyerl, el concepto de “la voz del pueblo” produce homogeneidad, se pierden los matices, se anula la diferencia, que es la propia base del conflicto político: “La voz del pueblo organiza la cadena de equivalencias sin permitir rupturas; oculta el hecho de que su objetivo político no va más allá de una noción de inclusión incuestionada. La voz del pueblo es así a la vez el principio organizador tanto de una concatenación como de una supresión”. De ese modo, el tratamiento de una causa a todas luces justa, como la resistencia palestina, deviene totalizante y reaccionario en sí mismo. La justicia de la causa no produce conclusiones ni únicas ni automáticas, y una mera aglutinación de gritos irreflexivos corre el peligro de terminar reproduciendo aquello a lo que se oponía, pues como bien afirma Hito Steyerl: “Una articulación fordista organizada de acuerdo con los principios de la cultura de masas reproducirá ciegamente el patrón de sus amos”.