Penosa desobediencia

En "Obediencia Perfecta", el autor olvidó que el público paga el boleto y con muy justificada razón se siente víctima de un fraude narrativo sobre un problema candente, serio y de gran actualidad.
Falta de seriedad y profesionalismo.
Falta de seriedad y profesionalismo. (Especial)

México

En el ABC de la narrativa cinematográfica hay un precepto imprescindible para el correcto desarrollo de los acontecimientos: se plantea que en el inicio de la acción de escenas y secuencias “se debe empezar tarde y salir temprano”; es decir, se debe dar la impresión de que los acontecimientos suceden desde antes que inicie la escena, y salir temprano ayuda a crear interés en el personaje y en la acción. Si esto es determinante para cada secuencia de una película, es evidente que así debe ser en su estructura general.

Cuando han pasado 45 minutos de Obediencia perfecta —con un largo y tedioso planteamiento propio de telenovela— nos damos cuenta de que el autor desconoce potencialmente dicho precepto; él podría argüir que las leyes dramáticas lo tienen sin cuidado y que, por eso, desobedeció la regla. Pero, por esa jactancia y altanería, olvidó que el público paga el boleto y con muy justificada razón se siente víctima de un fraude narrativo sobre un problema candente, serio y de gran actualidad. Se puede ver que el contenido le quedó grande a realizador y guionista.

Los preceptos en los que se basa una ficción no tienen nada que ver con la realidad; en la ficción primero aprendes a narrar, después a experimentar. Por ejemplo, no tiene sentido ver que los maestros jesuitas dan la bienvenida a Julián y a otros compañeros, y uno de ellos ordena: “Van a ir a la peluquería”, y en la secuencia siguiente se ve caer al suelo el pelo de los jóvenes; sin embargo, nunca vemos que se lo hayan cortado, pues siempre salen de pelo largo y con permanente.

Otro precepto narrativo que el autor desconoce —o su soberbia recalcitrante lo obnubila— es que si quitas un acontecimiento y no afecta al desarrollo de la trama, no lo dudes: ¡elimínalo! En Obediencia perfecta, el día de campo y los flashbacks solo retardan las acciones.

Si los acontecimientos van perdiendo fuerza, sucede lo mismo con los personajes que no tienen definidas sus motivaciones: apenas están bosquejadas, se hacen malos y víctimas solo porque conocemos la historia, pero en realidad son personajes planos, no conmueven y terminan por importarnos un bledo.

En el colmo de la más penosa desobediencia narrativa, como para lavarse las manos de semejante ridículo, al final de la película, antes de los créditos, aparece la frase sobada —que en la actualidad tendría más fuerza en una película de género fantástico—: “historia basada en hechos reales”, máxima que no justifica que el guión carezca de seriedad y profesionalismo.


“Obediencia perfecta” (México, 2013), dirigida por Luis Urquiza, con Juan Manuel Bernal y Sebastián Aguirre.