Con pincel en mano canalizan sus emociones

El reloj marca las 11 de la mañana, el timbre suena y todos corren a un salón, en donde seguirá la clase de pintura que les ha abierto la puerta a sanar las amargas experiencias que cargan.
El curso de verano municipal "Vacaciones Seguras", se encuentra a un 70% de su capacidad.
Este taller lleva 3 años. (Manuel Guadarrama)

Torreón, Coahuila

Nadie quiere hablar de sus vidas, en una escuela primaria cerca al Tecnológico de La Laguna las pláticas no importan. Son los gritos de los niños que juegan futbol, se juntan en grupo para el almuerzo del recreo, toman agua pues el calor es fuerte y es insuficiente el aire acondicionado, tienen entre 9 y 11 años de edad.

El reloj marca las once, el timbre suena y todos corren a un salón pues la maestra Mónica Bernal continuará la clase de pintura. Unos van por agua, otros acomodan las mesas, la maestra hace sus mezclas de pinturas y reparte de los trabajos pendientes.

Son lienzos en papel pintados en acrílico, abre los libros de arte y muestra paisajes ya conocidos por los pequeños. Gritos, empujones, risas, se avientan papeles, el inicio de la clase parece todo un caos, hasta que la adrenalina vuelve a sus niveles normales, la inquietud cede a la concentración.

Ahora son mejores alumnos y personas que hoy saben que más allá de las balas y la sangre que pintaban en sus primeros dibujos, tienen la posibilidad de canalizar sus emociones por medio del arte.

Con pincel en mano, "Giovani" es un niño inquieto, toma su pintura, un paisaje de un bosque reflejado en el agua de un río. "Los árboles no salen del agua, tienes que mejorar el reflejo", le explicaba la maestra.

Concentrado, el pequeño tomaba su pincel, lo remojaba en la mezcla y procedía a hacer movimientos en zig zag, para darle mayor luminosidad a su obra. Por un momento la ansiedad propia de su violento entorno familiar da paso a su expresión artística.

A “Lupita” parece que se le facilita la pintura. Tiene una movilidad particular en su mano izquierda con la que toma el pincel y aplica una gran línea color agua para rellenar el gran río de su paisaje, mientras que “Ernesto”, otro pequeño inquieto, la observa con atención como queriendo copiar su estilo y es que comparten el mismo paisaje.

En esta ocasión son sólo ocho niños los que integran el grupo de pintura en esta escuela. Sus padres son taxistas, amas de casa, aboneros, choferes, operarios. En algunos casos sus padres son sus abuelos, con quienes viven luego de quedar huérfanos o ante la desaparición de alguno de ellos.

Hoy su realidad sigue siendo esa, la diferencia de acuerdo a Mónica Bernal, es que luego del trabajo realizado desde hace tres años a la fecha con estos niños, no sólo ha mejorado la técnica con que iniciaron los talleres.

Sino que ahora son mejores alumnos y personas que hoy saben que más allá de las balas y la sangre que pintaban en sus primeros dibujos, tienen la posibilidad de canalizar sus emociones por medio del arte, sus energías a través de la expresión por medio de las artes plásticas.

Están consientes que si en su casa no obtienen reconocimiento, la motivación la encontrarán de parte de aquellas personas que sin conocerlos, han conocido, observado y aplaudido sus pinturas en cada lugar en que se han expuesto.