Pedro Ramírez Vázquez: el escultor de piedra y luz

El legado del arquitecto suma más de medio centenar de edificios emblemáticos no solo en la Ciudad de México y otras capitales del país, sino también en Europa, Asia y África.

Ciudad de México

Este perfil se publicó el 21 de abril de 2013 en el número 36 de Milenio Dominical, cinco días después de la muerte del prominente arquitecto mexicano.

El arquitecto Pedro Ramírez Vázquez era fundamentalmente un hombre sencillo, con la discreción de los grandes y el tacto y ponderación de quienes rebasan los lími­tes de su espacio y no hacen de ello vana­gloria o presunción alguna. Lo conocí en su madurez como creador tanto de su portentosa obra física como del sutil arte de manejar la luz en esculturas de cristal.

La vida me acercó a este protagonista de la cultura mexicana, nacido en la Ciudad de México el 16 de abril de 1919, cuando yo iniciaba mi carrera como periodista y comunicador. Desde 1975 y hasta los últimos meses de su existencia viví la experiencia poco común de tenerlo como jefe, mentor, maestro y amigo. A su lado tuve la oportunidad de ver a México desde la perspectiva de un hombre genial, dotado de un singular sentido común, poseedor de una mente brillante para comprender la esencia de los retos y con una impresionante creatividad para encontrar las soluciones adecuadas a cada problema.

Luego de haberse retirado de su respirador definitivamente el pasado 16 de abril de 2013, poniendo así punto final a una vida formidable exactamente 94 años después de haber nacido, y dejándonos una últi­ma lección de arquitectura perfecta, puedo decir que en este hombre a quien hoy recuerdo los valores de la nación saltaban en cada una de las escenas con las cuales me narraba eventos capitulares de su vida, con una sencillez sólo alcanzada por los grandes hombres.

Así, en nuestras conversaciones saltaban los nombres del arquitecto José Luis Cuevas Pietrasanta, su primer jefe, a quien por cierto se le encargó el proyecto de ur­banización del Parque México y de la colonia Condesa; de los poetas Carlos Pellicer, quien como su maestro de secundaria le descubrió el mundo de la arquitectura, y Jaime Torres Bodet, secretario de Educación, quien le confió los proyectos centrales de su vida profesional: el Aula Rural en una primera época y luego el proyecto del Museo de Antropología; los presidentes Adolfo López Mateos, quien recorrió el espacio en construcción del propio museo innumerables veces a su lado; Gustavo Díaz Ordaz, quien le confió la organización de los XIX Juegos Olímpicos; José López Portillo, de quien recibió la responsabilidad de la planeación del desarrollo urbano, y también de dignatarios extranjeros, como el apóstol de la negritud Julius Nyerere y otros más.

Más que la de un arquitecto, la visión de don Pedro era la de un diseñador. Solía decirme que su vida había trans­currido en una búsqueda constante de los diseños más adecuados para resol­ver las interrogantes que le salían al paso, ya fuera ante la construcción de un edificio, la organización de una olim­piada, la creación de una universidad, la planeación urbana de un país o el trazo artístico para una pieza de cristal. Cada oportunidad representaba para él un compromiso que debía afrontar con valor, creatividad y entusiasmo.

Para él la arquitectura no estaba en muros, pisos o paredes, sino en el espacio interior crea­do para el ser humano. Siempre desdeñó el fachadismo. El aspecto exterior de las cosas debería ser reflejo lógico de los espacios interiores. Prefirió el uso de materiales básicos como la piedra, la madera y la luz protegida por cristales, ya que envejecen con mayor dignidad.

Sólo así Pedro Ramírez Vázquez pudo trazar para la historia de México esa Rosa de los Vientos de la capital del país: al norte, la Basílica de Guadalupe; al Sur, el Estadio Azteca; al oriente, el Palacio Legislativo, casa de la ley; al poniente la sede de la Secretaría de Asen­tamientos Humanos, donde encabezó la tarea titánica de diseñar el desarrollo urbano para cada uno de los estados del país y, justo en el centro, en el legendario Olín de los antiguos mexicanos, punto de encuentro de los orígenes y la trascendencia al tiempo, el Museo Nacional de Antropología, donde mostró la entraña profunda del México milenario con sus posibilidades infinitas proyectadas hacia el futuro.

Cualquiera de esas realizaciones basta para darle un sitio de grandeza y honor, pero en su catálogo fueron solo unas entre las numerosas entradas contenidas en la es­pectacular lista de sus aportaciones. La extensión de su talento lo llevó a realizar también en la Ciudad de México los mercados de La Lagunilla, Tepito, Coyoacán, Azcapo­tzalco, San Pedro de los Pinos y otros 10 más; la Escuela Nacional de Medicina de la UNAM; el edificio de la Secre­taría del Trabajo; el Museo de Arte Moderno; la Embajada

de Japón en México; la Torre de Tlatelolco, el Museo del Templo Mayor; la Unidad Habitacional El Rosario; el Edificio Omega; la Galería de Historia; la Torre Axa; y el Plan Maestro de las Unidades de la Universidad Autónoma Metropolitana, entre muchas otras obras de similar calibre.

En diversos estados del país Ramírez Vázquez dejó testimonios de su capacidad creativa. Para Puebla realizó el Estadio Cuauhtémoc, el Museo Amparo Ru­garcía y el Auditorio Siglo XXI. En Tijuana construyó el Centro Cultural; a Mérida y Chetumal les hizo sus Centros de Convenciones y Ex­posiciones; y las ciudades de Saltillo, Tocumbo, Ciudad Juárez y Piedras Negras también pue­den presumir de tener obras creadas por el ilustre arquitecto.

Su prestigio fue reconocido en otras partes del mundo, como en Senegal, donde cons­truyó el Museo de las Culturas Negras; Tanzania, donde le­vantó edificios gubernamen­tales; Egipto, donde erigió el Museo de Nubia, y en Suiza por el Museo del Comité Olím­pico Internacional y las oficinas del organismo.

Ramírez Vázquez supo integrar formidables equipos de trabajo. Para cada tarea convocó y motivó a los mejores. Sabía escuchar y valorar las propuestas de sus colaboradores, desde otros ar­quitectos hasta los maestros albañiles; desde los dibujantes hasta los grandes industriales; desde los mozos de limpieza hasta presidentes de la República. Su trato era suave, pero actuaba con firmeza.

La majestuosidad de sus realizaciones hizo pasar a segundo plano muchas de las interrogantes de riesgo que debió resolver para llevar a buen término cada responsabilidad. Por ejemplo, cuando fue cabeza del Comité Organizador de los XIX Juegos Olímpicos en­contró salidas para encrucijadas que trascendían el ámbito del deporte: ¿Qué hacer para evitar la can­celación de los Juegos Olímpicos ante el conflicto estudiantil?, ¿cómo lograr la participación de España, país con el que México no tenía relaciones diplomá­ticas?, ¿cuál debería ser la bandera que unificara a las dos Alemanias? Es evidente que sus soluciones fueron las adecuadas, pues el magno evento pudo transcurrir ante los ojos del mundo sin incidentes.

En torno a la Basílica de Guadalupe nadie reparó en que Ramírez Vázquez encontró la forma de levantar la estructura teniendo solo un punto de apoyo en las profundidades de un terreno movedizo, o dónde situar la imagen de la Virgen de Guadalupe para que pudiera ser vista desde el atrio exterior al edifi­cio, o cómo debían ser las rutas de acceso de los penitentes para evitar que sus rodillas quedaran hechas pedazos. El arquitecto pensaba en todo, especialmente en los pequeños detalles, que eran de enorme trascendencia.

Nadie advierte que las salas del célebre Museo de Antropología están trazadas en forma de serpiente para evitar el agobio del visitante ante la vista de to­das las piezas que saltan a su paso. Tampoco es tan notorio que el público tiene que salir al patio central después de visitar dos salas para tener un descanso visual antes de proseguir el recorrido. ¿Y si en el pa­tio estuviera lloviendo? "Ah, entonces tenemos que poner ahí un gran paraguas", pensó. Ese es el origen de la imponente estructura emblemática que se eleva sobre la columna central del gran espacio.

Igual de sorprendente es el diseño de la Sala Mexica, la principal por la inmediata relación crono­lógica que esta cultura tiene con la formación de la mexicanidad. En la lógica del recorrido por el museo esta sala se visita después de haber pasado por cin­co salas anteriores. Ramírez Vázquez pensó que para entonces el visitante podría ya sentirse cansado y por eso puso un gran escaparate de piso a techo a través del cual se vislumbra la Piedra del Sol.

El visitante no puede resistir el llamado y camina con rapidez hacia la entrada, pero en el trayecto se le presenta una rampa lisa de mármol que lo obliga a subir despacio y con cuidado y así conseguir que entre con respeto a la sala. Al entrar, toda su atención se dirige a la espectacular perspectiva de la Piedra del Sol e intentará dirigirse a ella, pero la altura se lo impide. Entonces se ve obligado a volverse y bajar por otra rampa que le conduce al encuentro de piezas importantes.

Finalmente, el visitante entra a la parte central de la sala, cuyo diseño fue basado en el concepto de un templo, al cual, creyentes o no, se entra con respeto. La nave central, al fondo, exhibe el Calendario Azteca en lo que constituye el altar mayor con sus tres esca­lones litúrgicos; a los lados la Coatlicue y una colosal cabeza de águila, respectivamente, reflejo del mundo prehispánico. Así, mediante el acertado diseño arqui­tectónico, Ramírez Vázquez logra llevar de la mano a los visitantes, haciendo surgir en ellos la profunda emoción del encuentro con nuestro glorioso pasado.

Pero, entre toda su obra, la favorita de don Pedro fue el Aula Rural, premiada en la bienal de Milán, de la cual se construyeron miles en el país, hacien­do posible llegar las primeras letras a millones de mexicanos en los sitios más apartados de la selva, las montañas y el semidesierto.

Ramírez Vázquez fue, sin duda, un hombre a la altura de la grandeza del país, construida por per­sonajes como él, de carne y hueso, como parte del esfuerzo eslabonado de quienes nos precedieron y, en su caso, de quienes lo acompañaron en el camino al encuentro de su destino.

Ahora, cuando el arquitecto ya está entre los inmortales, los que aún seguimos aquí debemos agradecerle al gran visionario su contribución para hacer del mundo material en que vivimos un sitio más bello y más humano. El espíritu de grandeza que sembró en quienes lo tuvimos como guía será por siempre un faro que iluminará el camino. Como él nos enseñó, el esfuerzo prioritario deberá ser siempre la construcción de un México mejor.