Buenas salenas, maestro cronopio

Mi instantánea identificación con un cronopio cortazariano era la primera de muchas señales vitales, síntomas de una enfermedad gravísima, que apuntaban a una verdad inescapable: yo era un ...
Cortazar
(Cortesía)

Ciudad de México

Cronopio no es el nombre de un perro pero debería de serlo. Esa palabra que probablemente hayamos visto en el menú de un café de la Condesa, flotando en el blog de un amigo o en boca de alguien que tampoco sabía bien a qué se refería, es un término creado por Julio Cortázar para denominar a unos personajes apasionados que, junto con los pulquérrimos famas y los tibios esperanza, protagonizan una suerte de microrrelatos en el libro Historias de cronopios y de famas.

Yo descubrí lo anterior mientras cursaba la preparatoria. Mi instantánea identificación con un cronopio cortazariano era la primera de muchas señales vitales, síntomas de una enfermedad gravísima, que apuntaban a una verdad inescapable: yo era un cronopio de niña. Sin ser verde, erizada y húmeda —como Cortázar describe a estos entes—, era desordenada, distraída y fanática declarada de los sandwiches de queso. Por eso, cuando Historias de cronopios... cayó en mis manos,adquirí la extraña certeza de que esos seres del libro, que por supuesto en mi imaginación se asemejaban a un moco, tenían más en común conmigo que todos los habitantes de mi salón de clases juntos. Fui por la adolescencia convencida de que mi vida estaba atiborrada de famas, aquella horda de sujetos hipercorrectos que Cortázar usa como contrapunto de sus héroes verdes, y que a los esperanza, criaturitas indecisas con poca voluntad, era mejor no tomárselos en serio.

Tiempo, lecturas y varias charlas después, me di cuenta de que no cualquiera puede autoproclamarse cronopio. También que nadie es completamente fama o esperanza, pero que estas figuras, tan aparentemente fantásticas, nos enseñan mucho de las conductas humanas. Las tortugas, los cubanos y Louis Armstrong son cronopios para Cortázar en tanto que son entes libres de sí mismos, ya que se han olvidado de lo que pasó alguna vez, no son esclavos de su pasado y se regocijan en el presente.

Un cronopio es libre, por eso todos deberíamos aspirar a ser un poco más como ellos, seres despreocupados que consultan la hora en la rama de un árbol, que dejan fluir los recuerdos por el apartamento, que se conmueven ante las palabras de un fama, y que pintan gaviotas con tiza de colores en el caparazón de las tortugas.

Las microandanzas de los cronopios soportan varias lecturas. Hay quienes ven una crítica clara a la burguesía por el fuerte contraste entre el estilo de vida de famas, esperanzas y cronopios, también hay lecturas surrealistas al respecto. Sin embargo, yo revisito las páginas de Historias de cronopios... con una sonrisa. No me imagino la vida sin humor, una existencia privada de la capacidad de reírse de uno mismo se me antoja cansada, en especial en un mundo donde todos se toman demasiado en serio. Siento una gran simpatía por los cronopios porque éstos ríen de sus propias desgracias y encuentran la felicidad en cosas insignificantes. Ahí están los cronopios que salen de viaje, pierden el tren, no encuentran hospedaje y se empapan bajo la lluvia porque los taxis no les hacen caso y que, a pesar de su mala suerte, cuando es hora de dormir, exclaman: “La hermosa ciudad. La hermosísima ciudad”. Ahí está el otro cronopio que protege sus hilos de la lluvia y es feliz porque podrá subirse al automóvil de un fama.

También, riendo, imagina el mismo Cortázar a Louis Armstrong en pleno vuelo a París antes de su presentación en el teatro de Champs Elysées el 9 de noviembre de 1952. En el texto “Louis, enormísimo cronopio”, Cortázar realiza una crónica prodigiosa sobre el concierto. En un teatro lleno de famas, cronopios y esperanzas, hace su aparición Armstrong soplando el chorro de oro que fue su trompeta. Cuando empieza la música del cronopio, el mundo se acaba. Así, el cronopio del jazz concluye su arrebato a carcajadas.

Muchos recuerdan a este gigante de las letras (literalmente) por su monumental Rayuela; no obstante, yo soy una de esas lectoras que encuentra cobijo en sus cuentos.

Paulina del Collado (Ciudad de México, 1990), es egresada del diplomado de Creación Literaria en el Centro Xavier Villaurrutia. Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en Monterrey.