[Cuento] Pasaje de primera clase

Traducción del portugués: Blanca Luz Pulido.
Pasaje de primera clase.
Pasaje de primera clase. (Especial)

Ciudad de México

Nunca entendí a las personas que pasaban la Nochebuena dentro de un avión porque el pasaje era más barato.

Para mí la Navidad era una celebración importante. No por la religión, aunque soy católica y estudié toda mi vida en un colegio de monjas. Cuando daban las 12, la cena se servía y empezaba la Misa de Gallo, yo no pensaba que en ese día había nacido la figura central del cristianismo, el niño Jesús, Jesús de Nazaret, hijo no de María y de José, sino de Dios. ¿De verdad Jesús habría nacido en un 25 de diciembre? ¿Sería acaso un típico Capricornio? Mi primer marido nació un 25 de diciembre, y cuando nos divorciamos, se pasó seis años peleando por dinero. Parecía más Judas que Jesús.

Hoy es 24 de diciembre, dentro de diez minutos será medianoche y estoy dentro de un avión. Pasó mucho tiempo para que me decidiera a viajar en esta fecha, pero por más que pensaba y trataba de ver las cosas de otra manera, por más que quería acordarme de las alegrías de Navidad, solo me venían a la mente sus fastidios.

Recuerdo a mis padres, discutiendo dónde pasaríamos las fiestas de fin de año y las negociaciones interminables... Que si pasábamos Nochebuena en la casa de fulano, entonces tendríamos que pasar Navidad en casa de perengano y el Año Nuevo hacer no sé qué cosa. Estas discusiones empezaban en noviembre y no terminaban sino hasta el 1 de enero, con suerte. A fin de cuentas, como sabemos, es común que el pasado regrese al presente y que los malentendidos recomiencen cuando se supone que ya todo está resuelto y enterrado.

También me molestaba que en las fiestas de Navidad siempre me topaba con gente que no conocía, o con personas que solo veía una vez al año, primos de mis padres, hermanos de mis abuelos, tíos que yo ni siquiera sabía que eran tíos, amigos que no tenían adónde ir y acababan acompañándonos. Y lo peor de esas fiestas era el final. Siempre alguien se emborrachaba y descargaba su resentimiento contra otro infeliz que replicaba lleno de frustración por el mal año que había tenido, y así las peleas y los insultos seguían hasta la madrugada y yo acababa durmiendo en el sofá. Eso cuando no era mi papá el que se emborrachaba y mi mamá la que lloraba y el pleito continuaba en el carro, en la casa y durante los días siguientes. Así la familia, ya fuera la próxima o la distante, siempre acababa peleada por varios meses o hasta la próxima Navidad.

Era costumbre que cada familia llevara algo de comer, ya fuera el pavo o un postre, y que las mujeres se pusieran de acuerdo para ver quién llevaba qué. Durante la cena también podía haber discusiones, aunque en tono de broma, porque las suegras criticaban a las nueras por no ser excelentes cocineras.

En aquella época aún vivían mis papás, cuatro abuelos, tíos, primas y una hermana.

Cuando mi hermana y yo crecimos, mis papás decidieron que lo mejor sería pasar la Nochebuena con la familia de mi mamá y la Navidad con la familia de mi papá, y que en el Año Nuevo viajáramos solo nosotros cuatro, mi hermana, mi mamá, mi papá y yo. A veces iban también amigos de mis papás que tenían hijos de nuestra edad y todo era más divertido.

Sin embargo, todo empeoró cuando me casé. Porque entonces  teníamos que organizar las fechas con mi marido, sus padres y sus hermanas, que eran casadas, y tenían que coordinar las fechas con sus respectivas familias que también tenían que programarse con otros familiares. Y para colmo, el papá de mi marido era judío y siempre se molestaba porque había un árbol de Navidad y ninguna Hanuka. Lo más irónico de todo esto es que mi antiguo marido, del que, como ya dije, me separé, se casó nuevamente con una mujer mucho, pero mucho muy católica, que incluso ponía un Nacimiento al lado de un inmenso árbol de Navidad repleto de angelitos dorados. Mis hijos me contaron esto, porque no olvidan el escándalo que su papá me hacía a mí, que solo ponía un modesto árbol de Navidad en nuestra casa cuando ellos eran chicos.

El drama aumentó con mi separación. Empecé a tener que coordinar las fechas con mi familia, con mi ex marido, con la familia de él, con la familia de su nueva mujer, etcétera, etcétera, etcétera... Para poder saber cuándo mis hijos estarían conmigo. Y sin olvidar que, además, mi ex marido cumple años junto con Jesús y mis hijos tenían que verlo de todas maneras.

Pasaron los años y mi hermana murió y la Navidad pasó a ser un drama todavía mayor. Una verdadera catástrofe, porque mis papás ya no tenían nada que festejar. Pero como era Navidad, terminaban reuniéndose con parientes que sí querían festejar y todo se hacía aún más difícil.

En esa época ya no vivían tres de mis abuelos. Solamente la mamá de mi mamá seguía con nosotros, pero también sufría porque su hijo, el hermano más joven de mi mamá, había muerto atropellado. Y así, la viuda de mi tío lloraba y también sus hijos, mis tres primos, y también mi mamá y también mi abuela, y a final de cuentas la fiesta era más triste que velar a un difunto.

Entonces se incorporó a esta familia mi tercer hijo, el que tuve con mi segundo marido. Así empecé a tener que organizar las fiestas de Navidad con mi familia, con mi nuevo marido, con su familia, con mi primer marido, padre de mis hijos más grandes, con su familia, con la familia de su nueva mujer, etcétera, etcétera, etcétera.

Hace pocos meses me separé otra vez, y cuando vi que todo iba a recomenzar compré un pasaje de primera clase a cualquier parte. Tenía que ser de primera clase y yo tendría que pasar muchas horas en el avión. Les hablé por teléfono a mis ex maridos y les dije que mis hijos pasarían tanto la Nochebuena como la Navidad y el Año Nuevo con ellos. Quería estar en un avión, incomunicada, sola, bebiendo champaña. Y aquí estoy. Feliz Navidad y próspero Año Nuevo.


Paula Parisot (Brasil, 1981), su más reciente libro es Partir.

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