“La escritura no se lleva bien con la juventud”

Entrevista a Patrick Modiano.
Patrick Modiano.
Patrick Modiano. (Cortesía)

Ciudad de México

En algún momento confesó que le hubiera gustado escribir novelas policiacas. Su nuevo libro se ajusta al género, o casi…

Siempre he tenido ganas de hacerlo, he sentido la nostalgia de escribir novelas policiacas. O series, como lo hacía Georges Simenon, que entregaba una nueva novela cada mes. En el fondo, los temas principales de las novelas policiacas son cercanos a los que me obsesionan: la desaparición, los problemas de identidad, la amnesia, el regreso a un pasado enigmático. El hecho de proponer con frecuencia diferentes testimonios contradictorios acerca de una persona o de un acontecimiento me aproxima también al género. Mi gusto por ese tipo de intrigas se explica de igual forma por razones íntimas. Retrospectivamente, creo que episodios de mi infancia se asemejan a una novela policiaca. En ciertas ocasiones, estuve rodeado de circunstancias y de acontecimientos enigmáticos. Al momento, los niños no se hacen tantas preguntas, todo les parece natural. Sin embargo, es más tarde, cuando el tiempo comienza a pasar, cuando uno regresa al pasado preguntándose: ¿pero qué fue lo que ocurrió exactamente?

 

¿Por qué entonces nunca ha escrito una novela policiaca?

La novela policiaca introduce una suerte de realismo, incluso de naturalismo, y una estructura narrativa muy rígida y eficaz. No hay cabida, en su ejecución, para el aspecto fluido que comporta el ensueño. Hay que tener más bien los pies bien puestos en la tierra, o ser didáctico, a fin de que encajen las piezas del rompecabezas. Al final de una novela policiaca hay una explicación, una solución. Lo cual no concuerda cuando se quiere, como es mi caso, describir un pasado fragmentado, incierto, onírico. De hecho, no escribo realmente novelas en el sentido clásico del género, más bien cosas un poco cojas, algo así como ensueños que provienen de lo imaginario.

 

¿Recuerda la primera idea que lo llevó a esta nueva novela?

Un día encontré un apunte que tomé de muy joven, a la edad de doce o trece años, en el que ya decía que quería intentar escribir algo que fuera una mezcla entre El gran Meaulnes y la novela negra de Peter Cheyney. Quería escribir de esa forma a partir de un momento turbio de mi infancia, de algunos años antes, cuando vivía en los alrededores de París, en Seine–et–Oise, en un suburbio aún muy campesino, en las cercanías de un castillo en ruinas que hacía pensar en la novela de Alain–Fournier. Mis padres estaban ausentes, las personas con quienes vivía eran un poco sospechosas, la atmósfera era extraña. En un libro que se llama Reducción de condena, hace veinticinco años, evoqué esos momentos.

 

Sin embargo, se sitúa usted lejos de la autobiografía.

Nunca intento sumergirme de manera narcisista en mi infancia. No escribo para hablar de mí o para intentar comprenderme. Ni para restituir los hechos. No hay ningún deseo de introspección. No, durante la infancia solo me marcaron una atmósfera, un clima, a veces unas situaciones, que utilicé para escribir libros. Pero al abandonar el plano autobiográfico para situarme en el de lo imaginario, en lo poético, conservé algunos acontecimientos de mi infancia como matriz. Cosas que a veces parecen irrisorias, insignificantes, en el fondo quizá no tan misteriosas. Recuerdo por ejemplo que, en las primeras revistas de actualidad que tuve entre mis manos a eso de los diez años y que leía a escondidas, me encontré con la foto de una mujer joven que había sido juzgada por haber matado a su amante y que era estudiante de medicina. Su rostro me marcó tanto que, años más tarde, la reconocí un día cuando iba por la calle del Dragón, en París. No intento saber por qué ese rostro me impactó, lo que me importa es que me llevó al ensueño.

De la misma manera, las preguntas que de niño me hacía acerca de mis padres y sus actitudes extrañas, acerca de las personas sospechosas que los rodeaban, acerca de la Ocupación, que nunca conocí pero que tengo muy presente, como todos los de mi generación, no traté de hacerlas explícitas, sino de desplazarlas hacia un plano poético. Los acontecimientos no representan un interés en sí mismos, pero resultan como reverberadospor lo imaginario y el sueño. Según la forma en que se les soñó, en la que a veces fueron mezclados y amalgamados, se pone en ellos una especie de fosforescencia: aparecen metamorfoseados. Al escribir así, tengo la impresión de acercarme más a mí mismo que si escribiera desde un simple punto de vista autobiográfico.

 

Escribe desde hace cerca de cincuenta años y parecería que atravesó todos esos años y las diferentes corrientes estéticas que se sucedieron sin que lo hayan afectado. ¿Qué hay de ello?

En los años sesenta, la gente de mi generación que aspiraba a escribir no se interesaba realmente en la novela, en las cosas meramente literarias. Cuando comencé, ellos se dirigieron más bien hacia las ciencias humanas. Me parece que necesitaban maestros, ser estimulados y guiados intelectualmente; entonces se volvieron discípulos de Barthes o de Foucault o de Althusser. Yo tenía ya por entonces una visión del novelista que me mantuvo a distancia de las teorías. Aquellos maestros me interesaban como personajes, me concentraba en los detalles de sus actitudes, en su personalidad, pero para nada en su pensamiento. Recuerdo haber cruzado un día por casualidad con Jacques Lacan y haber observado sus movimientos y gestos, su voz, su manera de hablar. Puede parecer un tanto frívolo, lo reconozco…

 

¿La escritura es una actividad agradable?

Lo que me gusta en la escritura es más bien el estado de ensueño que la precede. La escritura en sí no es muy agradable. Hay que materializar en la página el ensueño y salirse de él. A veces me pregunto cómo hacen los demás. ¿Cómo hacen los autores que, como Flaubert lo hacía en el siglo XIX, escriben y reescriben, vuelven a empezar, reconstruyen, condensan a partir del primer esbozo del que no queda nada o casi nada en la versión final del libro? Me parece tremendo.Me contento con aportar correcciones al primer esbozo, que se asemeja a un dibujo hecho de un solo trazo. Las correcciones son a la vez numerosas y ligeras, como una acumulación de actos de microcirugía. Sí, hay que cortar por lo sano, como un cirujano, ser muy frío ante su propio texto para corregirlo, suprimirlo, aligerarlo. Basta a veces con suprimir dos o tres palabras en una página para que todo cambie. Pero todo eso es la cocina del escritor y resulta muy aburrido para los demás.

En mis primeros libros no había capítulos, ni saltos de línea ni respiración. Más adelante me pregunté por qué y comprendí que la escritura no se lleva bien con la juventud, con excepción de los casos de genios precoces como Rimbaud. Escribir siendo joven es estar sometido a una tensión que no se sabe manejar. Piense en los cargadores que son capaces de llevar en sus hombros y espaldas un peso inhumano, porque saben qué postura debe adoptar su cuerpo para ello. Con la escritura pasa lo mismo: hay que encontrar la postura. Al principio no lo lograba, estaba crispado, tenso y no es nada fácil concentrarse así. Además, hay como una pérdida del influjo nervioso entre el cerebro y la mano: uno piensa en cosas que lo estimulan y, cuando se pone a escribir, de cierta manera es ya demasiado tarde, pues ya se perdió el influjo nervioso y uno es como esos patos a los que se les cortó el cuello y siguen corriendo aun cuando ya no tienen cabeza.

No fue sino con los años que aprendí a controlar todo eso, a relajarme un poco, a airear mis novelas. Escribir no es realmente más fácil, pero uno dispone de técnicas que hacen que, por lo menos, se logre hacerlo mejor. Aunque a veces me digo que hay un lado anacrónico en la escritura, en la lentitud que requiere, mientras que todo va hoy muy rápido, todo se ha acelerado en torno al escritor que, por su parte, continúa a su ritmo.


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*Fragmentos de una entrevista publicada en Télérama, a propósito de la publicación de la novela más reciente de Patrick Modiano, Pour que tu ne te perdes pas dans le quartier (Para que no te pierdas en el barrio).

 

Traducción: Melina Balcázar Moreno