El tiempo

Cuento de Patrick Modiano.
Patrick Modiano.
Patrick Modiano. (Cortesía)

Ciudad de México

Había conocido a Guy Scheffer durante los años sesenta y después dejé de saber de él cuando la crisis de los años setenta: su desaparición había coincidido con la de mi juventud, los DS 19,[1] el crecimiento económico y la “modernidad”, un término caduco que en nuestros días apenas osamos pronunciar en voz baja.

Y ahora, luego de quince años, la entrada del departamento de Scheffer no ha cambiado en absoluto: alfombra vasta, muros y puertas color chocolate, falso plafón naranja por donde se filtra la luz de tubos fluorescentes. Y esta luz del plafón vacila y se apaga por instantes, un soplo que se va extinguiendo.

En una esquina, advierto una de las sillas que Guy Scheffer nombraba “champagne chair” pues su forma era la de una copa de champaña: respaldo de plexiglás redondeado, tallo y pie circulares y de metal. ¿Qué impresión causa una “champagne chair” de quince años? El tiempo ha dejado su marca: varias ampollas han ondulado el respaldo de plexiglás, que está rajado en la mitad. La luz fluorescente revela los agujeros de la alfombra y las costras que, en varios puntos, descarapelan como una lepra el color chocolate de las puertas.

Penetro en el gran salón cuyos ventanales corredizos dan hacia el bosque de Boulogne. Sí, es la “modernidad” de finales de los años sesenta la que encuentro aquí, conservada de milagro. Muros de acero satinado. Inmenso canapé en vinilo blanco. Taburetes de Altuglás.[2] A la derecha en torno a la chimenea, que protege una mampara de vidrio, hay una mesa redonda y sillas bajas de celuloide. Los tallos de fierro de diferentes tamaños y soldados unos a otros, en las cuatro esquinas de la pieza, componen un “ensamble térmico” que servía para calentar el departamento durante el invierno. Los sillones de Skaï[3] blanco en forma de conchas… Una noche, Scheffer me había enumerado, con un aire distraído, todos estos materiales “contemporáneos” a los que, entonces, debíamos habituarnos para vivir en nuestro tiempo.

Alzo la cabeza hacia los spots fijados a una varilla del plafón. Uno de ellos está prendido e incendia con una mancha brillante la alfombra anaranjada. Bajo los rayos del sol de este atardecer, los muros y los muebles lanzan centelleos que me hacen parpadear. Arriba, entre la varilla y el plafón, una araña ha tejido su tela.

Paso a la habitación de Scheffer. La cama con baldaquín de acero está ahí, en su pequeño pódium pero falta el tambor. Las bandas oblicuas en Skaï amarillo chillón y blanco, que se prolongan del suelo al plafón, y las cortinas en chintz[4] blanco me provocan malestar. La sala de baño está iluminada: plafón laqueado negro. Muros de formica roja. Alfombra negra de nylon. Ni jabones, ni toallas, ni rastrillo. De regreso a la sala, me pregunto si Scheffer aún vive aquí.

Qué idea tan extraña la de haberle telefoneado quince años más tarde… Los que formábamos parte, como yo, del entourage Scheffer, lo habían olvidado o lo creían muerto. Yo quería estar seguro.

No estaba en el anuario pero su número figuraba en una de mis viejas agendas. Solo el indicativo había cambiado, tres cifras reemplazando Jasmin.[5] Sonaba el teléfono una y otra vez y me decía que Scheffer ya no estaba ahí. Además, ¿se acordaría de mí?

Respondieron luego de largos minutos. Un silencio.

—¿Podría hablar con Guy Scheffer?

—El habla. ¿Quién es?

Le había dicho mi nombre.

—Estaré muy contento de volverlo a ver.

—¿En verdad?

Su voz me había parecido lejana, apagada por la distancia y los años… Me habría sorprendido menos si él hubiera manifestado sorpresa por esta llamada telefónica imprevista o si hubiera tenido que recordarle quién era yo. Pero no. Esta voz un poco cansada, cortés, ese aire de no sorprenderse ante nada…

—Venga el sábado a las seis de la tarde. Tal vez yo no llegue a tiempo. Le dejaré la llave bajo el tapete. Entre. Como si estuviera en su casa. Hasta pronto.

Un silencio. Después una especie de clic. Había terminado por colgar con la impresión inquietante de haber escuchado la cinta de una grabadora. Si esa voz era en efecto la de Scheffer, ¿cuándo había sido grabada? ¿Aún estaba vivo o había tomado medidas para hacerlo creer así? Recordaba su presencia discreta, su rapidez para desplazarse y luego desaparecer: capaz de tener varias citas al mismo tiempo; y simular que lo acompañaba a uno de la misma manera felina que lo recibía a uno en su departamento.

“Entre. Como si estuviera en su casa”. ¿A qué hora vendrá? ¿Habrá envejecido mucho? ¿Lo reconoceré? Mi malestar frente al Skaï y el chintz de su habitación se agrava en medio de la sala. Siento una alergia con todos estos materiales que han sido el símbolo de la “modernidad” y de mis inicios en la vida. Tengo miedo de sentarme en el canapé de vinilo o en una de las sillas de celuloide. Me sofoco en esta sala.

Entonces, por la escalera de caracol, subo al piso superior. Scheffer había acondicionado una pieza que llamaba la “playa”. Aquí, yo había asistido a varias fiestas, tenía veintiún años, creo que había sido feliz. Recuerdo cómo esta pieza, desierta y silenciosa hoy, resonaba de risas y música. Los dos sofás rosas no han cambiado de lugar y sus tintes casan muy bien con el color miel de los muros de betún —un betún crudo que Scheffer había escogido y que evocaba según él la arena de las playas jamaiquinas—. Un pórtico conduce a la terraza. Los vidrios de los ventanales son opacos como los lentes para sol y están protegidos por toldos venecianos de algodón blanco. En el plafón, las aspas verdes de un ventilador giran sin cesar. “Así, me había dicho Scheffer con su voz distraída, parece que siempre es verano”.

He encendido el ventilador y me he recostado sobre uno de los sofás. Las aspas remueven lentamente el aire cálido de este atardecer y trato de reencontrar el ambiente de las fiestas en casa de Scheffer. Fiestas extrañas, época extraña la de mis veinte años. Gusto por el Nirvana. Trajes de astronauta y chales de Cachemira. Viajes iniciáticos rumbo a Asia pero también despegues a la Luna. Algunas noches, en el departamento de Scheffer, no se sabía muy bien si uno estaba en Cabo Cañaveral o en Katmandú. Lámparas con reostato proyectaban sobre los muros de acero nubes geométricas cuyos colores tomaban todos los tonos del espectro. Flotaba un olor a incienso y la queja de una cítara india. La silueta de Scheffer se deslizaba entre los grupos recostados sobre los cojines, las manos extendidas en busca de un cigarro de marihuana. Él fumaba puro, pensativo al borde de la terraza, con el aire de un capitán que vigila los equipos de su barco.

Nos preguntábamos qué edad podía tener Scheffer. Tenía la apariencia de un hombre de cincuenta años: talla mediana, ojos azul claro, bigote rubio, una incipiente calvicie. Bronceado y vestido con trajes claros. Todas las personas de su círculo eran jóvenes y quizás él los frecuentaba para olvidar su pasado o borrarlo o darse la ilusión de que su vida había empezado al mismo tiempo que la nuestra.

¿Había ganado una fortuna gracias a una misteriosa “patente” de la que nadie podía precisar su naturaleza exacta? Él había aparecido al inicio de los años sesenta, hombre nuevo, salido de la nada, y desde que recibía “jóvenes” en su dúplex “ultra moderno” un zumbido de moscas cada vez más y más numerosas no había cesado de revolotear en torno a él: ¿va a casa de Scheffer esta noche? ¿Y si vamos con Scheffer? ¿Scheffer lo invitó? ¿Conoce a Scheffer?

No despego la vista de las aspas verdes del ventilador cuya velocidad decrece poco a poco. Se fatigan de remover el aire húmedo. Cae la noche. Sí, Scheffer daba muestras de una clara vitalidad, era un hombre de su tiempo, un tiempo de optimista fanático que hoy nos parece antediluviano con su creencia ingenua en el plexiglás, las sustancias alucinógenas, los chalecos afganos, la vanguardia…

Una noche, estábamos los dos en una de las terrazas mientras que la fiesta estaba en su apogeo. De la sala llegaban efluvios de incienso, los reflejos de las nubes cinéticas que corrían sobre los muros, una canción de Pink Floyd. Scheffer llevaba una túnica y una bufanda india según la moda de la época. Lo felicité por conservar un espíritu joven y le pregunté por qué le gustaba tanto el mobiliario “contemporáneo”. Se alzó de hombros.

—¿El mobiliario contemporáneo? —me dijo—. Da la impresión de ser una piel nueva, ¿no le parece?

Me observó con aire pensativo.

—¿Prefiere un estilo Luis XVI? Yo no. Con el acero, el plástico y los colores vivos tengo de verdad la impresión de que todo es nuevo y que empiezo de cero. Vivimos una época formidable… Nada de pasado… Solo el presente y el porvenir.

Recuerdo que en esa noche de mediados de julio los astronautas se preparaban para caminar en la Luna por vez primera. Enfrente de los tres televisores del departamento, los invitados, en pequeños grupos, seguían esta hazaña. Un salve de aplausos y gritos de entusiasmo ahogaron la música de Pink Floyd.

—Ahí está —me dijo Scheffer—. Llegaron a su destino. La luna nos pertenece.

Su rostro se iluminaba de una alegría extraña. De pronto parecía mucho más joven. Me palmeó la espalda, gesto nada común de su parte.

—Venga… Vamos a beber un poco de champaña para celebrar esto.

Y esa noche, los astronautas, el Krug, la marihuana y el kif habían desacoplado en la mayoría de nosotros el sentimiento de empaparnos en plena modernidad. Comprendía el entusiasmo de Scheffer: si estábamos en armonía con una época tan trepidante, abrevábamos en la fuente misma de la juventud, y para un hombre de su edad era como padecer con éxito la operación que los cirujanos llaman lifting.

Pero a mí solo me interesaba el pasado y habría querido que Scheffer me hablara del suyo.

Un buen día, terminé por preguntarle cuáles habían sido sus inicios en la vida y sus actividades antes de los años sesenta. Dirigió la mirada azul pálido hacia mí, una mirada donde taladraba una amenaza.

—No es nada interesante. Hay que vivir en el presente.

—¿Está seguro de que no es interesante?

—Sí; además, lo he olvidado por completo. Yo no existía antes de los años sesenta.

Había sonreído y recobrado su dulzura y su cortesía naturales.

—Siempre se me olvida. ¿Sabe que no recuerdo ni siquiera lo que hice ayer? Es un buen método. Se lo aconsejo para el futuro.

De entre las gentes de su círculo, nadie había podido informarme. Los más viejos no habían pasado de los treinta años.

¿Pero por qué Scheffer, que se apegaba de manera tan escrupulosa a la “modernidad”, había escogido vivir en el bulevar Richard Wallace y no en el Marais o en la Rive Gauche, sitios entonces de moda? ¿Había presentido en ello un arcaísmo sospechoso y había sucumbido ante él? ¿Amaba a tal grado el barrio de Bagatelle? No había respondido a mi pregunta y me había parecido nervioso.

Si hubiese sabido entonces lo que sé hoy, tal vez habría atribuido todo al espíritu de Scheffer y éste habría cedido revelándome los meandros de su pasado.

La semana anterior, de hecho, había llevado en carro hasta su casa a un cierto P.L., hombre de unos sesenta años a quien acababa de conocer en una cena en casa de amigos. Recorríamos el bulevar Richard Wallace.

—Cada vez que paso por aquí —me había dicho—, pienso en un tipo extraño que vivía en uno de estos edificios y que recibía a mucha gente en su departamento. Eso se remonta a más de treinta años.

Había disminuido la velocidad a la altura del tres bis.

—¿No será en este edificio por casualidad?

—Sí, ahí vivía.

—¿En el último piso?

—Sí. Un departamento con terrazas. ¿Ha oído hablar de él? Pero usted es muy joven…

—¿Se llamaba Guy Scheffer?

—Se llamaba Pierre Pacheco… De origen chileno, creo… Desapareció de un día para otro.

—¿En qué época?

—Hacia 1950.

—¿Un hombre de talla mediana de ojos azul claro?

—Sí, los ojos muy azules… Recuerdo que los muros de su departamento estaban recubiertos de piel de tiburón.

—¿Qué edad tenía?

—Alrededor de cincuenta años.

—¿Y a qué se dedicaba?

—Negocios. Seguro tenía inmunidad diplomática: recibía valijas llenas de cigarros americanos… Y ponis de Argentina… No lo conocí muy bien. Lo vi una decena de veces.

—¿Quién podría darme información acerca de él?

—Luego de treinta años muchos han muerto. Habría que buscar a los que aún viven. Y las mujeres… Conozco aún a dos o tres que seguro se acuerdan de Pacheco. Pero las mujeres no hablarán. Me van a tomar por un idiota. Lo que más me sorprendió de este tipo eran las paredes de su departamento… Recubiertas de piel de tiburón.

Las aspas del ventilador se han detenido un instante y luego han seguido girando. ¿Existía este ventilador en el tiempo que Scheffer se llamaba Pacheco? Todo ha cambiado después de treinta años, los muros de piel de tiburón, los muebles, los nombres, los rostros. Salvo este ventilador encima mío que removerá el aire hasta el final de los tiempos.

Al rato, cuando Scheffer llegue, caminaré hacia él y le diré abrazándolo:

—Feliz de verlo otra vez, mi estimado Pacheco. Hacía tanto tiempo…

¿Se mostrará sorprendido y con ese gesto de molestia imperceptible que noté en él la noche que le pregunté a quemarropa?:

—¿A qué se dedica usted?

—Negocios.

Como siempre, esa noche, una horda de invitados colmaba el departamento del bulevar Richard Wallace. Scheffer celebraba su compromiso pues tenía la manía de “casarse” año tras año en el mes de junio con una chica cada vez más joven.

—¿Le gustaría saber qué negocios? Es usted muy curioso. Pues le voy a explicar…

Como en cada fiesta de “compromiso”, estaba vestido de blanco: sahariana, pantalón, mocasines, y eso resaltaba su bronceado y el azul de sus ojos.

—Fundé una sociedad de ediciones musicales y una disquera que exportan por doquier música ambiental. Sobre todo a Estados Unidos y Japón. Se toca en los ascensores, los vestíbulos de los hoteles, los supermercados, las tiendas de autoservicio, los estacionamientos… Se trata de música muy suave… Música de fondo… Escuche…

Todos los invitados habían abandonado la sala y habían ido a las terrazas y yo escuchaba una música lejana. Correspondía a los muebles de celuloide y de vinilo, a las “champagne chairs” de plexiglás, a los spots con reostato, a toda la “modernidad” que era la de mis veinte años y la del departamento de Scheffer. Se podían reconocer los violines, el saxofón o la trompeta pero se diría que eran robots los que tocaban estos instrumentos o que una máquina propagaba este fondo sonoro que me causaba una impresión de dulce desolación.

—Ya firmé contratos de exclusividad para difundir esta música en varios aeropuertos internacionales.

Me consideraba con insistencia.

—Está muy pálido. ¿No le gusta? Y sin embargo es la música del año dos mil.

La escuchábamos noche y día en su departamento. Yo había terminado por habituarme y hoy encuentro todos estos discos apilados al pie del sofá rosa. Me levanto y contemplo una a una sus fundas recubiertas por un polvo dorado, color de arena, de las playas jamaiquinas, habría dicho Scheffer. Algunos de los discos están deformados a causa del sol que baña esta pieza. No necesito hacerlos girar en una tornamesa: escucho su música en mi cabeza. Músicas vacías, heladas, melodías de aeropuerto como lo indicaba el título de una de ellas —“White Airport in Egandine”—; músicas lisas a las que el tiempo no mella como un rostro cuyo mármol conserva eternamente la juventud.
¿Por qué extraña coincidencia, en la época en la que Scheffer me hablaba de estas “músicas de aeropuertos”, había hojeado el viejo número de una revista? Había descubierto un reportaje consagrado a un piloto de línea cuyo nombre no era mencionado, pero las numerosas fotos de él, de cara y de perfil, habían llamado mi atención. Ojos muy claros… Rostro menos hinchado… Silueta atlética en el uniforme de comandante de a bordo… Sí, creía reconocer a Scheffer, un Scheffer veinte años más joven pues la revista databa de mil novecientos cincuenta.

Nunca había osado hablarle de ello pero aun hoy el recuerdo de Scheffer sigue ligado para mí a las imágenes que ilustran este número especial de Air France Revue, intitulado “África y Ultramar”. Un Constellation cuyo acero destella antes de perderse en el azul del cielo acaba de despegar del aeropuerto de El–Aouina o el de Pointe–Noire. Scheffer está al mando del aparato. En Port–Gentil, atraviesa lentamente la pista de aterrizaje, vestido de uniforme blanco, y su silueta desaparece del lado de los hangares cuyas láminas crujen bajo el viento.

El emblema de su casa de discos era un fénix, el fénix que renace sin cesar de sus cenizas. La noche anterior había recibido una llamada telefónica de P.L.

—Bueno… Pienso que esto le interesará. Tengo más información para usted sobre Pacheco.

—¿Ah sí?

—Proviene de una amiga que lo conoció hace mucho tiempo. Prefiere guardar el anonimato. Conoció a Pacheco en 1934, 1935. En ese entonces, él tenía veinticinco años más o menos. Dirigía el club de pelota vasca en París.

—¿El club de pelota vasca?

—Sí…, en un gran garaje del séptimo distrito, en la rue de la Cavalerie. Había en los pisos superiores un gimnasio, juegos de tenis y ping–pong, y en la terraza un frontón de pelota vasca. Le dije el otro día que Pacheco era chileno. Pertenecía a una familia vasca que había emigrado a Chile. Ya vivía en su departamento del bulevar Richard Wallace.

—¿En 1934?

—Sí. La piel de tiburón es de esta época. Y luego, hacia 1936–1937, Pacheco desapareció. Yo lo conocí en 1947–1948.

—¿Y entre esos años?

—No lo sé. Era ciertamente un hombre que se eclipsaba.

—Sí, es cierto.

—De cualquier modo, si consigo más información, se la comunicaré. Hasta luego.

Club de pelota vasca de París. Un ascensor se pone en marcha, lento y silencioso, hasta la terraza bordeada de travesaños verdes. El frontón blanco se recorta contra el azul del cielo. A la izquierda, un bar al aire libre con una pérgola: los jugadores toman ahí el aperitivo y Scheffer, que aún se llama Pacheco, viene a sentarse, joven, sonriente, con su chistera en la mano. Abajo está París, un París estival del que suben el rumor del follaje y la queja ensordecida de los cláxones y que Scheffer atravesará más tarde para regresar a su departamento. Y se encontrará de nuevo en las terrazas, en medio de sus invitados y más tarde en el salón con las paredes de piel de tiburón. Decididamente, este hombre sabía vivir. La primera pregunta que le haré cuando llegue, será:

—¿Podría usted inscribirme en el club de pelota vasca de París? Se lo pido cincuenta años más tarde, pero eso no tiene ninguna importancia para usted.

En efecto, según lo que yo creía entender, Scheffer engañaba al tiempo. Sus eclipses —según la expresión de P.L.— eran sin duda una táctica y mucho más que una táctica: un ascetismo. Se sumía en un periodo de hibernación y luego se despertaba, el rostro liso, para empezar una nueva vida. Al cabo de algunos años, entraba de nuevo en hibernación. Así economizaba sus fuerzas y más que tolerar la monotonía de los días que desgastan, prefería cortos periodos de vida intensa, entrecortados por un sueño reparador tan largo como el de la Bella Durmiente.

Le preguntaré el secreto de sus “eclipses” y sobre todo su edad exacta: gracias a tal disciplina a lo mejor tiene cien años. Nada me intriga más que esta vida llevada de manera discontinua, estas rupturas brutales, estas explosiones de luz separadas por agujeros de tinieblas, los amigos, las mujeres, los testigos que perdían bruscamente el contacto con él cuando se apagaba y que habían desaparecido o bien no lo reconocían ya tras su reaparición veinte años después bajo otra identidad. El único punto estable: el departamento del bulevar Richard Wallace cuyas paredes y muebles variaban al paso de los años cual juego de cristales de un calidoscopio.

No me resta más que esperar a Scheffer. He detenido el ventilador cuyo ronroneo terminaba por darme vértigo y he penetrado en esta recámara contigua a la “playa” donde a menudo venía a refugiarme en las noches de fiesta. Paredes beige rosado, cama muy baja recubierta de una tela blanca. La ventana ojo de buey que se abre sobre una de las terrazas en el parapeto en forma de amurada, y uno se creería a bordo de un barco encallado para siempre a lo largo del bosque de Boulogne.

Era la recámara de una morena de ojos azules con la cual Scheffer había celebrado nupcias en el verano de 1966. Ella había desaparecido algunos meses más tarde sin dejar huella pero en esta recámara con el ojo de buey había tenido tiempo de hacerse instalar un gran armario del que he desprendido el panel de tela. Se enrolla al plafón envolviéndome de polvo.

Su guardarropa aún está ahí, intacto. Separo los ganchos uno a uno. Mini faldas con motivos liberty, pantalones plateados de talle bajo, un vestido–túnica blanco de vinilo, un vestido blanco de cuello Peter Pan, blusas de rayas rosa y blanco, overol acampanado. Y botas, cantidad de botas: botines de gamuza de todos los colores, botas de cintas, botas transparentes, botas cortas puntiagudas de cuero blanco… Incluso dejó sobre el estante un bolso donde encuentro el pasaporte, expirado hace quince años. Maquinalmente lo guardo en la bolsa interior de mi saco.

Tocan tres veces. Desciendo la escalera de caracol, el corazón agitado. Pero no, no es Scheffer. Han deslizado bajo la puerta un telegrama cuyo azul contrasta con el beige del suelo. Está dirigido al domicilio de “M. Scheffer”:

“Apenado de hacerlo esperar. Debí partir de París mucho antes de lo previsto. Vivo en Hawai desde hace tres años y paso muy rápido por París. Vivo cerca de la playa Waikiki, en una gran casa en la que espero recibirlo algún día. Dejo dirección y teléfono: Scheffer, Pioncanas–House, Kalia Road, Honolulu, Hawai. 74.22.11. Agradezco se acuerde de mí. Deje la llave bajo el tapete. Aloha. Guy”.

Aloha. Uno de los discos de Scheffer se llamaba justamente Blue Aloha. Una música de aeropuerto como las otras pero más llana y más aérea gracias a las sonoridades de las guitarras hawaianas.

Me siento en uno de los taburetes Altuelas de la sala y la música de Blue Aloha me penetra con su caricia de viento alisio. Era sin duda al escucharla y al seguir con sus ojos pálidos las volutas de humo de su cigarro que Scheffer había tenido la idea de empezar una nueva vida en Hawai.

El sol de las ocho de la noche se derrama sobre el acero y el vidrio de los muebles, charcos de luz, un poco más claros que el naranja de la alfombra. Detrás del ventanal corredizo, una bruma de calor inunda el follaje del bosque de Boulogne. No sé por qué no puedo dejar esta sala en desuso y silenciosa de mis veinte años, mientras que allá se recorta la silueta de Scheffer contra el horizonte como si surfeara en el crepúsculo. Desaparece entre las olas y luego reaparece sobre su cresta y se deja llevar por el reflujo y los últimos destellos del sol —silueta de hombre joven o de momia, tan hábil para deslizarse, tan fugaz como el tiempo mismo.

 

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[1] Modelo de autos Citröen. (N del T.)

[2] Empresa comercializadora de todo tipo de acrílicos. (N del T.)

[3] Marca de cuero artificial muy popular en los años sesenta. (N del T.)

[4] Tejido procedente de la India, estampado con flores, frutas y aves. (N. del T.)

[5] Barrio del oeste de París. (N. del T.)