El arte como movilizador social: Patricia Quijano

Apasionada del muralismo, lo ha practicado en escuelas, comunidades e instituciones y ha enseñado su técnica a varias generaciones, pero también ha indagado en el poder curativo del psico-arte.
Patricia Quijano Ferrer.
Patricia Quijano Ferrer. (Arturo Bermúdez)

Ciudad de México

Patricia Quijano Ferrer se dedica al psico-arte y es muralista. Ha realizado más de 20 obras individuales y 20 colectivas en México y el extranjero. Fue el maestro Arnold Belkin quien le ofreció en 1988 su primer trabajo, al incluirla en el equipo de ayudantes de su obra mural El Hombre y el Cosmos Génesis de un Nuevo Orden, realizado en la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa.

“Mi madre es de Campeche y mi padre de Tamaulipas. Mis cinco hermanos y yo somos chilanguitos. Vengo de esas familias que sin haber tenido muchas oportunidades de educación —mi mamá estudió para secretaria bilingüe y mi papá, piloto aviador— se preocuparon porque en casa hubiera libros. En mi familia no hay artistas ni personas del mundo de la intelectualidad, así que mi primera escuela fue de señoras que no eran monjas pero que estaban a milímetros de serlo, el colegio Refugio G. de León. Después, como no había dinero, nos llevaron a escuelas públicas”.


¿Por qué decidiste estudiar psicología?

Mis padres no me tomaron en serio cuando les dije que quería ser artista. Para ellos ese mundo no era para “chicas decorosas”. Estudié psicología para complacerlos, trabajé en un banco para ahorrar y en cuanto terminé la carrera, hice mi examen de admisión en La Esmeralda. Era muy difícil entrar. Los exámenes duraban 15 días. Te hacían dibujar desnudo, paisaje, hacer un tema libre, modelar. Te tenían como en un régimen terrorista a ver si resistías. De las 400 personas que presentaban el examen solo quedaban 70. Cuando me admitieron fue el día más feliz de mi vida. La fe y terquedad que tiene uno de joven es inexplicable. Acababa de cumplir 25 años. Fue difícil, no tenía esa frescura, locura de los otros jóvenes; además, empezaban a ponerse de moda las obras de Aceves Navarro, de Alamilla. A sus alumnos les prohibían agarrar un pincel.


¿Por qué decides pintar murales?

Fui una niña reflexiva, desde joven me preguntaba: ¿por qué el bien o el mal?, ¿por qué hay gente que mata a otra? Mi generación está marcada. En la Prepa 8 éramos súper conscientes de la necesidad de hacer un cambio social. Fue la oportunidad de tener compañeros hijos de refugiados españoles. Su casa se llenaba de personalidades de la izquierda de esa época y nos politizaban, nos mandaban a “botear” para hacer un periódico con información obrera. El muralismo es la versión en voz alta del arte, donde se puede expresar la polémica social. El origen del muralismo mexicano tiene que ver con estas ganas de educar al pueblo a través de la pintura. Orozco, Rivera, Siqueiros, cada quién tomó su postura. Pero al final, está esa gran tradición que se ha repetido en los años veinte y treinta, aún en los cincuentas. Artistas como Arnold Belkin llegaron a México con esa ilusión de continuar el muralismo. En La Esmeralda no teníamos maestro de pintura mural. Fuimos todos los días a molestar al director. Tanto lo estuvimos fastidiando que convenció a Belkin de darnos esa materia.


Un tiempo después Arnold y tú se vuelven pareja. ¿Cómo fue este acercamiento que duró cinco años hasta su fallecimiento?

Yo tenía 33 años cuando lo conocí. Venía luchando contra todas las situaciones sociales que marcan a una mujer: no puedes ser artista, mucho menos muralista. Tenía problemas personales con el papá de mi hija por esa misma razón. Arnold me dio confianza. Iniciamos una hermosa relación de pareja. Compartimos muchas horas de trabajo juntos en las que tuve la oportunidad de aprender del hombre, amigo y maestro. Mi inclinación hacia la pintura mural se la debo a él. Como su alumna pude sentir lo que era ser artista y que alguien con tanta formación y trayectoria creyera en mí, en mis capacidades, me disparó hacia muchas cosas positivas y me motivó a compartir lo que hago con los demás. Creo que si lo que uno sabe te lo quedas, se echa a perder. Durante 17 años fui profesora de pintura mural en la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Te puedo decir que he tenido más de mil alumnos en talleres. Amo lo que hago, no tanto ser productora de cuadros, de obras que se van a vender o no. Amo poder compartir con los demás este don.


Dices que el arte es un movilizador social.

El arte y la cultura son medios de crecimiento para las personas, para su espíritu. Cuando el ser humano se acerca al arte porque le atrae, algo te empieza a hablar desde esa vibración, desde los colores y formas, desde el contenido. Tengo una parte mística, espiritual, no religiosa porque siempre fui atea. Me da risa porque dentro del mundo del arte, digamos “duro”, algunos me ven como la cursi, la fresa. Hubo un tiempo de mi vida en que sufría, no quería estar en galerías ni vender mis cuadros. Hasta que entendí que yo no soy ese tipo de artista, y no me interesa serlo.


¿Vives del psico-arte, como tú le llamas?

La manera de subsistir es poder hacer murales, dar talleres. Hago joyería textil, con reciclaje. Esto de facilitar, a través del arte, el crecimiento de las personas, lo he descubierto en el camino. Me di cuenta en un taller que hice con mujeres víctimas de abuso sexual. Fue a través de unos ejercicios que ellas pudieron sacar su dolor. Las mismas terapeutas me dijeron: “Estas chicas tenían mucho tiempo en terapia y no habían podido soltar todo eso”. Mi primer mural está en el pueblo de San Bernabé, Ocotepec. Ahí puse a los niños reflexionando sobre por qué está todo el pueblo sucio, con basura. A través del mural se establece un diálogo con la gente acerca de los problemas que estamos viviendo y como ellos los pueden llegar a enfrentar. Pinto muchos niños en los murales, porque al verse, asumo que van a crecer y van a regresar a enseñarles a sus hijos. Los niños están ávidos de expresar el dolor que viven. El trabajo más reciente fue en una escuela secundaria de Ciudad Nezahualcóyotl. Es un mural dedicado al tema de la violencia. Estuvimos hablando de todos los tipos de violencia, pintamos una familia en donde todos estaban peleando. Les duele porque lo viven a diario, pero pienso: mejor que lo saquen aquí, en un muro, que pongan ahí los insultos, los golpes, y trabajen desde el “yo puedo desprogramarme e intentar cambiar”.


¿Qué significa el muralismo para ti?

Creo que el muralismo tiene que ver con ser un artista anónimo, porque tú llegas a un sitio, das tu trabajo y te vas. Y las personas se quedan viviendo con esa obra. Por eso la importancia de tomarlos en cuenta. Ahora estoy muy feliz porque me aceptaron la donación de una obra en la Penitenciaría de mujeres en Tepepan. Ese mural está hablando con las mujeres presas y eso me da mucha felicidad. Están ahí solas porque no las visitan los hombres. Una mujer “pecadora” siempre será más sancionada socialmente. Hay otro activismo en el que creo. Estuvimos llevando personas de la sociedad civil a ver Ricardo III, una obra que montó el Foro Shakespeare en conjunción con los presos de Santa Martha Acatitla. Los presos que están en reclusión y que toman estos talleres de teatro, logran cambiar su vida. Además, todo lo que se sacó en taquilla fue para ellos.


Podemos ver algunos de tus murales en la Delegación Magdalena Contreras, en Ocotepec, en el Museo Universum y en el proyecto Muro del Mundo en Los Ángeles, California, ¿qué preparas ahora?

Estoy por cumplir mis 60 años. Quiero cerrar un ciclo. Hacer una publicación sobre el arte como vocero contra la violencia. Casi todos mis murales tienen mensajes contra la violencia. Me gustaría lograr una publicación, aunque sea un folleto sencillo y útil. Plasmar ahí esta experiencia. Una pequeña guía para los jóvenes y niños. Me gustaría apoyar a las familias de los jóvenes que han sido desaparecidos del mapa, asesinados. Necesitamos dejar de quejarnos. Y buscar todas las formas que podamos utilizar de participar a través del arte y la cultura, ser personas críticas con argumentos y con propuestas de acciones positivas.