Mathias Goeritz, la emoción artística

La exhibición que se presenta en el Palacio de Cultura Banamex incluye piezas del acervo del ICC que serán restauradas en breve.

Guadalajara

En su edición del 3 de marzo pasado, MILENIO JALISCO publicó una nota en la que se mencionaba el éxito que esta misma muestra logró en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en Madrid. El dato es interesante si se toma en cuenta que varias piezas que la integran forman parte de la colección del artista alemán que se encuentra bajo custodia del Instituto Cultural Cabañas (ICC) y que de acuerdo con su directora Olga Ramírez Campuzano, en breve será restaurada por personal del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). Se trata de una restauración a la que podrán tener acceso los visitantes al recinto, según lo confirmó Ramírez Campuzano.

Al salir de la muestra El retorno de la serpiente de Mathias Goeritz y la invención de la arquitectura emocional, que se presenta en el Palacio de Cultura Banamex (Palacio de Iturbide), en la Ciudad de México, uno ya no es el mismo, uno ya está tocado por la sensibilidad y la inteligencia de este artista alemán, nacido en Gdansk en 1915 y fallecido en México en 1990, que encontrara en nuestro país su hogar y un laboratorio donde explorar y desarrollar sus ideas, la gran mayoría de avanzada. Sin duda, un creador que supo leer el Zeitgeist (espíritu del tiempo) y tomarle ventaja.

Como espectador, reconforta contemplar las más de 500 piezas (pintura, escultura, fotografía, maquetas, documentos y dibujos, entre otros), de esta retrospectiva homenaje de un artista que, harto de las mañas de los ambientes creativos de su época, se atrevió a criticar, a jugar y, sobre todo, a hacer. Porque Goeritz nos recuerda (y que no se nos olvide) que el arte del siglo XX es conceptual, que la inteligencia se ejercita y que el humor es una herramienta que no debemos dejar oxidar.

Su plástica es inteligente, no solo en discurso, sino en el uso de materiales y en la problemática que plantea. Su trabajo cuestiona al espectador y genera una cadena de preguntas que son el eje de su quehacer artístico. Es un preguntón. Más que las respuestas, genera más preguntas, ese es el motor de su proceso. Y así, de pregunta en pregunta exploró pintura, escultura, arquitectura y poesía.

Esta curiosidad inteligente es la que atrapa al visitante y la que explora con una minuciosidad académica y curatorial Francisco Reyes Palma, quien  con una discreción —ya poco practicada entre los curadores— propone una lectura compleja y completa de Mathias Goeritz.

Si bien los chilangos (y antes los tapatíos) hemos convivido con Goeritz aún sin saberlo (las Torres de Satélite, el Museo Experimental El Eco, sus poemas concretos en la colonia Juárez —hoy destruidos— la Ruta de la Amistad, el Pedregal de San Ángel, los tapices biombos inspirados en la cultura huichol en el Museo Nacional de Antropología, los vitrales en Catedral Metropolitana que duraron pocos años) es un descubrimiento para generaciones jóvenes, y un gozo para los más grandecitos reencontrarnos con una exposición rigurosa y atenta al valor visual de este artista fundamental en la historia de la segunda mitad del siglo XX en México. Las piezas en exhibición son una extensión del diálogo continuo entre teoría, experimentación formal y matérica y una reflexión constante entre lo público y lo privado (su aportación al urbanismo).

Recorrer la exposición nos lleva directamente a buscar sus escritos, no solo sus manifiestos de los Hartos y de la Arquitectura Emocional, sino los publicados en revistas, periódicos, catálogos, en los que reflexiona sobre el arte, el espacio, la poesía y en los que explora distintos conceptos a través de la obra de artistas mexicanos y extranjeros. Sus textos son parte fundamental de su tarea, una extensión de su humor y de plantear preguntas.

Esta exposición —que itinerará al Museo Amparo, en Puebla— celebra el centenario del natalicio de este artista de origen alemán, quien encontró en el mundo hispano (España y México), un impulso y un cobijo para realizar su obra.

Cabe señalar que a la muestra actual se le añadieron piezas que la enriquecen, consolidando el argumento curatorial e invitando al visitante a sumergirse en el universo de Goeritz, en el cual la  emoción no está peleada con el conocimiento, y cuya obra también cuestiona la función del autor y su relación con la comunidad.