Pacheco, el sabio

Para Pacheco, la literatura era un saber que amaba profundamente, al que cortejaba sin descartar aproximación alguna, y del que siempre era tan aprendiz como maestro.

Ciudad de México

Como muchos de los que lo han rememorado, conocí a José Emilio Pacheco una sola vez, en un congreso académico en la universidad de Brown dedicado a su obra y a la de otros dos escritores. Pese a estar abrumado por la cantidad enorme de profesores y estudiantes que lo rodeábamos con admiración y cariño, nos preguntaba a los que tuvimos la oportunidad de comer o charlar con él sobre nuestros intereses de investigación con generoso y sincero interés. Aunque lo había leído bastante como estudiante de licenciatura, a partir de ese encuentro fue que lo descubrí. Al leer sus ensayos sobre poesía y modernismo, informados por la obra de Walter Benjamin (de la cual él fue uno de sus primeros lectores en México) y por su monumental erudición, y al descubrir sus “Inventarios”, que educaron a varias generaciones de lectores en una forma amplia de entender la literatura sin prejuicios, me di cuenta que la actitud que tuvo hacia nosotros era en realidad una ética de lectura y escritura. Para Pacheco, la literatura era un saber que amaba profundamente, al que cortejaba sin descartar aproximación alguna, y del que siempre era tan aprendiz como maestro.

Esa modestia proverbial con la que se conducía, y que resulta excepcional en la literatura mexicana, no era sino el reconocimiento de que el sabio es quien escucha y aprende, y que su escritura y magisterio no es sino parte de esa conversación continua con todos los lectores, sin importar su edad u oficio. La importancia de su obra es indiscutible y el afecto de sus admiradores y de aquéllos que lo conocimos mucho o casi nada se ha manifestado ya en estos días, en el casi unánime dolor por su partida. Pero su lección es más profunda.

Radica en habitar la literatura como él lo hizo, aspirando a esa erudición inalcanzable para nosotros, pero en cuya búsqueda debemos estar siempre, leyendo y escuchando con esa generosidad y sabiduría que él nos dio como escritor, como maestro y como persona. En su primer “Inventario”, que el periódico Excélsior rescata mientras escribo estas líneas, Pacheco comenzaba discutiendo a Corín Tellado y a Henri Charrière, dos escritores que habitaban los afueras de las bellas letras, pasaba por Auden y otros clásicos y aterrizaba finalmente en Norman Mailer y su Marilyn Monroe. Es, creo, un texto que resume bien su legado: buscar una literatura que es siempre un mundo y no una provincia, y que él, ante todo, leía y escuchaba antes de juzgarla.