"Mis pinturas son ventanas a otra realidad"

Pablo Weisz Carrington explica que aunque siempre tuvo buena relación con su padre, con quien realizaba largas caminatas en el Parque México, el vínculo con su madre siempre fue más fuerte.

Ciudad de México

Entre una vereda y otra, el camino a andar le fue designado, tal vez, por una puerta.

Mientras su padre, Emérico Chiki Weisz —quien documentó junto con Robert Capa la Guerra Civil española—salía todos los días a tomar fotografías para después encerrarse por horas en el cuarto oscuro, su madre, la pintora, escultora y escritora Leonora Carrington, les daba a él y a su hermano Gabriel rienda suelta en su estudio.

"Mi mamá nunca nos rechazó de su estudio, siempre estuvo la puerta abierta y para no molestarla nos decía que tomáramos un papel y un lápiz para dibujar, ahí comenzó esto", relata Pablo Weisz Carrington sobre el cómo eligió la pintura en lugar de la fotografía como oficio.

Aunque optó por la patología como profesión (se desempeñó como investigador y académico por años en Estados Unidos), Pablo ha pintado desde que su madre le ponía la hoja en blanco como distracción. A propósito de los 98 años de edad que hubiese cumplido Leonora, Pablo inauguró la semana pasada la exposición Dos generaciones, conformada por 29 cuadros de su autoría y cinco esculturas de bronce de su madre.

Los personajes fantásticos del mundo de Carrington escoltan una serie de óleos de estilo surrealista en esta muestra desplegada en el Casino Español. En todos, un páramo o paisaje desierto es habitado por elefantes o castillos que levitan, una mujer con rostro de pájaro o alguna especie de magos que determinan el destino de los personajes del cuadro.

El lienzo como un escenario teatral donde pasan cosas que no suceden en nuestro mundo diario, pero que podrían pasar. "Ventanas a otra realidad, tal vez la nuestra", dice Weisz Carrington.

En la muestra hay tres cuadros titulados "En honor a Leonora Carrigton". En uno de ellos, el segundo, se puede observar a un lobo postrado frente a una mujer con cara de pájaro, ambos sostienen la entrada a otro mundo, posiblemente el real. Es la figura femenina que guía y a la vez cobija.

Pablo explica que aunque siempre tuvo buena relación con su padre, con quien realizaba largas caminatas en el Parque México discutiendo desde filosofía hasta de sus dramas de amor adolescente, el vínculo con su madre siempre fue más fuerte, más íntimo. Las tres pinturas dedicadas a ella, tienen un porqué que va más allá de la admiración o la celebración de una efeméride.

Pablo vive entre Estados Unidos y México. Pasa algunas temporadas en la casa de la colonia Roma que perteneció a sus padres. Esa casona data de la época de la Revolución Mexicana y aún conserva el estudio de Leonora Carrington y miles de negativos de Chiki Weisz. Es en ese lugar donde Pablo pinta a menudo.

Un domingo cualquiera se quedó sin lienzos. A falta de tiendas abiertas —escenario tan característico de la Ciudad de México— la señora que le ayuda con el aseo le recordó que habían tres arrumbados en el estudio; a Leonora Carrington ya no le había alcanzado la vida para utilizarlos. Decidió pintar en ellos no sin antes dedicárselos.

Al ver las obras de Pablo es inevitable leer una influencia, si no es que emulación, del estilo de Leonora Carrington, pero también de Remedios Varo. Él dice que en realidad hay más de su madre en sus cuadros, y que las charlas acompañadas de café y cigarrillos que sostenían ambas artistas terminaron por influir en el arte de la otra.

"Yo admiré mucho a Remedios Varo, pero sus obras, antes de que conociera a mi madre, eran abstractas, después de que la conoció se volvieron surrealistas. Había mucho intercambio de ideas, imágenes que venían de mi mamá hacia Remedios; yo nací en este medio, rodeado de pintores, escultores, escritores. Era imposible que su arte no se me quedara grabado en la cabeza. Eso sí, nunca he copiado a nadie", señala.

Y es que en el comedor de su casa lo mismo podía estar un día Octavio Paz que María Félix o Juan Rulfo y Carlos Fuentes. También, gracias a los lazos que su padre había establecido en México tras el exilio —luego de estar preso en un campo de concentración francés en Marruecos—, a las tertulias del matrimonio Weisz-Carrington eran convidados Remedios Varo —con quien Chiki compartió el encierro, así como el barco en el que huyó de Europa—, André Bretón y José y Katy Horna.

El pequeño Pablo y su hermano Gabriel crecieron entre el entrar y salir de personajes que marcaron la vida artística del país en el siglo XX, entre las charlas, que constantemente terminaban en discusiones, porque nunca estaban de acuerdo entre sí, ya sea en arte o en política; y porque además, todos eran muy escandalosos, según recuerda el hijo de Carrington.

Incluso, después de que el Holocausto acabará con los parientes paternos y maternos, los Horna y Varo se convirtieron en la familia adoptada. "Sólo nos quedaron unos primos en Inglaterra, porque hasta allá no llegaron los nazis, pero estaban muy lejos, nunca los veía. Además mi padre nunca quiso salir de México porque decía que éste era el único lugar en el mundo donde no había sido perseguido", agrega.

En Europa estaban todos los demonios de Emérico Weisz. Las dos guerras mundiales lo dejaron en la orfandad. Al apoyar a los republicanos en su lucha contra Franco se condenó a una incesante persecución que no terminaría hasta que arribó a Veracruz en 1942. De ahí que Pablo entiende que su padre haya sido más serio que su madre, quien sí gozaba de un gran sentido del humor.

"Mi padre era la persona más modesta en este mundo. Y a pesar de que él tomó varias fotografías que hoy solo se le adjudican a Capa, nunca dijo nada porque siempre prefirió estar fuera de los reflectores.

"Una vez vino a buscarlo Hemingway y no le abrió la puerta, hizo como que no había nadie, él me explicó que no salió a encontrarlo porque Ernest era ya un escritor muy famoso y prefería mantenerse alejado de ese mundo", cuenta. "Sí, crecí en mundo extraordinario", culmina Pablo.