Hablar en público

Semáforo.
“Wilde fue un gran charlista”.
“Wilde fue un gran charlista”. (Sarony_Library of Congress)

Ciudad de México

Desde hace ya mucho, ando averiguando sobre la relación entre el teatro y la idea de justicia. No solo la justicia judicial sino la justicia como algo de lo que se puede hablar; es decir: un caso humano para ser juzgado por seres humanos, no por una maquinaria burocrática, ignorante, tonta y lenta. Porque no me resigno a vivir en un país en el que los ciudadanos no podemos ni siquiera articular una dramatización o una narrativa acerca de la impartición de justicia.

He hallado que, históricamente, coinciden un teatro fuerte, sano, poderoso, con la libertad y, específicamente, con la libertad en su calidad de disenso, rebeldía, oposición. Las democracias alientan el teatro, ya en la Atenas del siglo V a C., ya en la vida inglesa o gringa, y hasta en la vida pública de Francia o Italia, donde el teatro y el uso público de la palabra tienen sus épocas, unas de auge y otras de lacayismo intelectual y literario. En el mundo de habla castellana la cosa se vuelve interesantísima, porque el ejercicio de la palabra en público ha tenido una vida muy corta. El asunto tiene una larga cola, pero quiero poner un caso en consideración. Es la historia de dos personajes, en Nueva York, en 1882.

Primero, Oscar Wilde, que jamás tuvo duda siquiera de ser entendido por el público al que se dirigía. Él, el esteta, el sofisticadísimo niño prodigio de Oxford, que sabe griego y latín, que escribe poemas y teatro aristocrático y goza con sofismas y juegos complejos de palabras. Contratado por un agente, se presenta de cabellos largos, maneras afeminadas, medias moradas, pantalones cortos y chaquetilla colorida, a hablar frente a lo más burdo que pueda producir la clase obrera: trabajadores de ferrocarril y mineros. Y Wilde desempeñó su mejor papel de charlista, narrador, conferencista; habló del Renacimiento, logró atemorizarlos con las felonías de Benvenutto Cellini; los hizo reír y llorar, hablándoles de griegos. Jamás, nunca, ni por asomo, supuso siquiera que no lo fueran a entender. La lengua inglesa da para eso.

Ese mismo año, José Martí, el sofisticado prodigio de Cuba, coincide con Wilde en Nueva York y se deslumbra con que, a fines de otoño, a la gente le da por asistir a unas sesiones de algo que no sabe cómo llamar: “En lo que se anuncia más el invierno es en la preparación para las lecturas. Hay aquí agentes de ellas, en cuyas listas, mediante diez pesos, se inscriben los que quieren, en público, ya por provecho, ya por gloria. Cargo es del agente buscar ocasión y auditorio a los lectores, que bien pudieran llamarse lecturistas, por cuanto a cosa tan nueva como esta, y tan especial y genuina, debe llamarse con palabra nueva. Y lector es el que lee, y principalmente lee lo ajeno, en tanto que el lecturista no lee generalmente, sino habla, ni habla o lee más que lo suyo”. A lo largo de sus Escenas norteamericanas, Martí intenta seis, siete veces denominar el espectáculo novísimo. El caso es que no sabe cómo llamar el simple hecho de la palabra dicha en público, el habla en la forma de la conversación frente a un público. Ni siquiera sabe cómo llamar ese fenómeno...