Ojo por ojo

Rupert Murdoch está metido ahora hasta las narices justo en lo que le gusta: los chismes.
Kevork Djansezian_Getty Images
Kevork Djansezian_Getty Images (AFP )

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Rupert Murdoch está metido ahora hasta las narices justo en lo que le gusta: los chismes. El magnate de origen australiano, propietario de una vasta industria mediática internacional, está tomando en estos días un plato de su propia sopa. Ha amasado una fortuna inmensa no precisamente haciendo gala de buenos modos y de escrúpulos. Lleva largo tiempo capoteando la acción de la justicia en las cortes británicas por las prácticas inmorales de los periodistas al servicio de sus medios amarillistas en Gran Bretaña. Las páginas de sus tabloides se nutrían todo el tiempo de escandalosos chismes fabricados mediante espionaje telefónico, atisbos a la correspondencia privada, invasiones a computadoras y a páginas personales en las redes sociales, filtraciones policiacas y discretos acuerdos a los más altos niveles del gobierno. El suyo era un reino privilegiado de exclusivas periodísticas con cimientos de lodo. La podredumbre era su negocio.

Pero ahora Murdoch está ocupando el espacio en los medios que antes estaba destinado a las víctimas de sus modos indecentes. En el contexto de un inesperado divorcio, recién había llegado a un acuerdo económico con la china Wendi Deng para disolver legalmente un matrimonio que duró 14 años y procreó dos hijas, cuando la prensa amarillista que creció con su ejemplo ha soltado una verdadera bomba noticiosa: Deng sostenía desde hace rato una relación amorosa en secreto con el ex primer ministro Tony Blair.

A sus 82, Murdoch ha reaccionado más como un empresario que como un marido. Rompió de golpe la larga amistad que mantenía con Blair, ordenó a sus abogados revisar su acuerdo prenupcial con Deng y le pidió el divorcio.

Cherie Blair, casada con el ex primer ministro desde hace 33 años, figura en la lista de quienes han demandado a Murdoch por sus prácticas periodísticas inmorales desde que descubrió que su teléfono móvil estaba intervenido por los empleados del magnate, pero no se ha manifestado hasta ahora sobre el presunto adulterio de su marido.

Deng, por su parte, tiene un expediente muy elocuente en cuestiones matrimoniales. Acogida en China a sus 19 por un matrimonio estadunidense, Jake y Joyce Cherry, viajó invitada por ellos a Estados Unidos para aprender inglés y fue alojada en la habitación de su hija. No pasó mucho tiempo para que Joyce se enterara de que Deng y Jake vivían un amorío. La pareja se divorció y Deng y Jake se casaron. La china obtuvo así la residencia permanente en el país y un permiso para trabajar. Luego Jake supo que Deng tenía una pareja en la universidad donde estudiaba.

Mas tarde, Deng obtuvo una beca para trabajar en una de las empresas de Murdoch. En 1998, cuando tenía 29, fue la intérprete del empresario en el curso de un viaje a China. Unos meses después, Murdoch pidió el divorcio a su esposa y se casó con Deng. Ahora ambos saben lo que se siente estar en primera plana en la peor prensa del mundo.