Oh, Jerusalén

Ambos mundos.
Oh, Jerusalén
Oh, Jerusalén (Especial)

Ciudad de México

Facebook: Santiago Gamboa–Círculo de lectores

“Si yo te olvido, Jerusalén, que mi mano diestra pierda su destreza”, dicen los Salmos, “y que mi lengua se pegue al paladar”. Pero es difícil olvidar esta hermosa ciudad, origen de una parte de la humanidad y de las tres religiones del Libro. Mientras escribo esta página, un violento atardecer color fuego la va hundiendo en la oscuridad y al mismo tiempo se encienden las primeras luces, en la Ciudad Vieja y el Monte Sión, en Talpiot y Mea Sharim, en Arnona y Jerusalén Oriental. Los comerciantes de la Avenida Jaffa bajan sus persianas metálicas; en la calle Ben Yehuda varios cafés están ya repletos. Hay algo de miedo, pero la vida es siempre más fuerte.

¿Qué extraño milagro reunió en estas colinas áridas tantas cosas que hoy son disímiles? Mil años antes de Cristo, el rey David la convirtió en capital del mundo hebreo y Salomón construyó el primer templo en el lugar donde Abraham iba a sacrificar a su hijo; luego Nabucodonosor, rey de Babilonia, destruyó ese templo, pues en ese mismo monte estaba la roca desde la cual Mahoma saltó al cielo. Se dice que la tierra quiso seguirlo pero un ángel la detuvo y quedó la huella de su mano. Luego Herodes reconstruyó el templo, pero el emperador romano Tito lo volvió a destruir, expulsando a los judíos de Jerusalén. Más tarde vinieron persas y turcos y construyeron en ese lugar dos mezquitas, la de Al–Aqsa y el Domo de la Roca, ambas erigidas sobre la explanada donde estaban los templos judíos, con solo un vestigio lateral del segundo, conocido como el Muro de las Lamentaciones.

Así es esta ciudad, hija de un gran mestizaje. Ella nos recuerda que musulmanes y judíos son hermanos, como lo fueron Ismael e Isaac, ambos hijos de Abraham. Los musulmanes son “ismaelitas”, hijos de Ismael, y adoran a Ibrahim (Abraham), mientras que los judíos son hijos de Jacob (luego llamado Israel), que es hijo de Isaac. Más tarde, también en Jerusalén, aparecen Cristo y el cristianismo.

Porque el mundo es un gran proceso de mezcla que aún no acaba, y pretender la pureza (hebrea, aria o eslava) es negar las leyes de la vida. Por desgracia Jerusalén, hoy, no es un ejemplo de convivencia, pero sí lo ha sido muchas veces, en el pasado. Hoy continúa teniendo un muro invisible que, en el fondo, puede ser de odio o indiferencia o incluso de temor.

Pero no siempre ha sido así, repito, y por eso es lícito soñar que dentro de algún tiempo el mundo será distinto, que los hombres seremos mejores y que esta ciudad nos iluminará a todos, judíos, cristianos o musulmanes, con la fuerza de su historia, y nos enseñará, como dijo alguien muy sabio, que la paz, sea donde sea, solo se puede obtener a cambio de nada. Y entonces los que estemos lejos entonaremos con emoción la misma canción de los Salmos: “Si yo te olvido, Jerusalén, que mi mano diestra pierda su destreza, y que mi lengua se pegue al paladar, si yo perdiera tu recuerdo”.