Octavio Paz en tres tiempos

Entre 1931 y 1998, Octavio Paz desarrolló una obra ensayística en la que convivieron la pasión y el acto reflexivo, la palabra insurrecta y el ademán conciliatorio, la tempestad y el cielo despejado. 
Octavio Paz
(Cortesía)

Ciudad de México

Entre 1931 y 1998, Octavio Paz desarrolló una obra ensayística en la que convivieron la pasión y el acto reflexivo, la palabra insurrecta y el ademán conciliatorio, la tempestad y el cielo despejado. Esta doble disposición es aún más evidente en sus textos políticos, escritos al calor de las convulsiones sociales y los debates ideológicos de su época. Quien conserve algunas dudas al respecto puede acercarse a la antología preparada por Armando González Torres (Octavio Paz, Itinerario crítico, Senado de la República/ Conaculta, México, 2014) que aspira más a incomodar que a obtener la aprobación incondicional de los lectores.

Un signo se impone de principio a fin: el de la consistencia. Entre el texto con el que abre la antología, "Ética del artista" —publicado en diciembre de 1931en la revista Barandal—, y con el que cierra, "El plato de sangre" —que apareció en abril de 1994—, hay un mismo deseo de claridad y una misma profundidad moral. El Paz que a los dieciséis años de edad desconfía de los esfuerzos artísticos guiados por la fe religiosa o política no se distingue en mucho del Paz que, luego del asesinato de Luis Donaldo Colosio, invocaba a la razón para "conjurar a los fantasmas sangrientos". Hay, si acaso, un modo distinto de ejercer la voluntad de pensamiento, pero solo eso: allá es ímpetu, acá es indignación en movimiento.

Itinerario crítico expone a Octavio Paz en tres tiempos: de 1931 a 1967, de 1968 a 1978 y de 1980 a 1994. El primero marca la etapa de aprendizaje, los primeros enfrentamientos con las corrientes dogmáticas de la izquierda, el rechazo al progreso económico sin apertura democrática y el horror frente a la existencia de campos de concentración en la Unión Soviética. El segundo consigna la transformación del hombre de letras en figura pública. No importa cuántos años hayan pasado desde la matanza de Tlatelolco. Las cartas que Paz dirigió al secretario de Relaciones Exteriores entre el 6 de septiembre y el 4 de octubre de 1968 conservan un filo intelectual que parece una excepción en nuestros días. No menos punzantes son sus críticas al modelo centralista del Estado mexicano, al socialismo burocrático y a la fascinación con la que amplios sectores de la izquierda latinoamericana respondían a la existencia de regímenes autoritarios. Paz nunca eludió el combate. Aún más: se diría que sus ideas solo alcanzaban la plenitud en el combate. Véanse, por ejemplo, "Polvos de aquellos lodos" o "El ogro filantrópico", en los cuales reconocemos al fajador pero también al estilista.

El tercer tiempo es el de la arena en llamas. La lectura —o necesaria relectura— de "La democracia imperial", "El diálogo y el ruido" —que exhibió la vena intolerante de esos grupos que se hacen llamar "progresistas"— o de "Chiapas, ¿nudo ciego o tabla de salvación?" revelan no únicamente a un Octavio Paz que conoce el poder transfigurador de sus palabras sino al hombre que ha decidido interrogar y sacudir al presente. Muchos olvidan, por conveniencia o pereza, que el pensamiento "incandescente" —González Torres no pudo elegir un adjetivo más certero— de Octavio Paz juzgaba con igual desconfianza a los demagogos estadunidenses que a los dictadores latinoamericanos, a la gritería nacionalista que a los escritores que renunciaron a exigir elecciones libres en la Nicaragua sandinista. Sobre los textos políticos de Octavio Paz campea el espíritu facilón de la glosa, el rumor, los sobrentendidos. ¿Por qué mejor no leerlos y llamarlos a cuentas?

Uno de los encantos que con mayor frecuencia ofrece el pensamiento político de Octavio Paz es el de la curiosidad en insumiso estado de alerta. Pudo saludar con entusiasmo el triunfo inminente de los ejércitos aliados y al mismo tiempo lamentar que los protagonistas de la Conferencia de San Francisco, celebrada en abril de 1945, se negaran a discutir el futuro de las colonias africanas y la suerte de Polonia y Alemania. Pudo rendirse ante la voluntad religiosa de los testimonios de Alexander Solyenitzin no sin antes condenar su tibieza para desenmascarar el rostro autoritario del marxismo. Frente a la glorificación del pasado azteca no fue menos ecuánime: no era sino la excusa garantizada de la estructura piramidal del Estado mexicano. Más que en la ambigüedad, ese pensamiento cobraba vida en el rigor, en la denuncia de "todos los equívocos, las confusiones y las mentiras". No es descabellado suponer que esta proclividad de Paz por la opinión matizada, o simplemente desconfiada, sea una de las fuentes principales de la animadversión que despertó y aún despierta entre los grupos nostálgicos de la Verdad Pontificia que, entre suspiro y suspiro, dicen hablar en nombre de la sociedad mexicana.

El lector no puede prescindir del prólogo a Itinerario crítico. A la luz de Armando González Torres la dimensión de Octavio Paz cobra mayor interés y hondura. Esa dimensión es la del polemista que simpatizó con el socialismo utópico y el humanismo liberal, y es también la del pensador que impulsó grandes proyectos culturales. Mal haríamos en tratarlo "como a un venerable abuelo bañado en bronce y, por forzada urbanidad, condescender con sus opiniones".