Por eso no querían a Octavio Paz

El Santo Oficio.
Octavio Paz
Octavio Paz (Especial)

Ciudad de México

El cartujo sale perplejo y exhausto de las páginas de El poeta en su tierra, reunión de las conversaciones de Octavio Paz con el periodista Braulio Peralta. Durante 15 años sostuvieron un diálogo intermitente sobre los más diversos asuntos: amistad, amor, erotismo, arte, literatura, política, poesía; el resultado es este libro publicado por primera vez en 1996 y ahora reeditado por la Cámara de Diputados.

Aturdido por no decir atarantado, el humilde monje abandona su ejemplar con un montón de dudas pero también con la certeza del enorme valor de Paz para expresar sus ideas, sin importarle los posibles costos: la incomprensión, la maledicencia, la soledad. La infamia de ser quemado en efigie el 11 de octubre de 1984, hace 30 años.

Sobresaliente en todo, Octavio Paz reprobó una y otra vez el curso de relaciones públicas indispensable para sobrevivir cómodamente en un país como el nuestro, donde tan extendido se encuentra el arte antiguo de la simulación y la lisonja, del orwelliano doblepensar.

Paz le confiesa a Peralta: “Las cosas que digo en materia política son opiniones. Y el mundo de la opinión es lo más sujeto al error. Siempre he querido ser honrado conmigo mismo y decir lo que pienso; sin embargo, nunca he pretendido ser dueño de la verdad”.

Y páginas adelante agrega: “Mi actitud no ha sido la del político ni la del escritor que, en busca del éxito y la fama, adula a sus lectores. Hay que arriesgarse a ser impopular”.

Paz es contundente. En México, asegura, los medios de comunicación “opinan demasiado e informan poco y mal”. En otro momento afirma: “La burguesía mexicana nunca ha sido democrática y tampoco lo han sido la clase gobernante, el PRI y los intelectuales. Nuestros intelectuales, herederos de una doble tradición de intolerancia: el dogmatismo de los teólogos católicos y el de los jacobinos del liberalismo, han perpetuado actitudes inquisitoriales”.

Rechaza las prerrogativas concedidas a los escritores por el Estado, y le dice a su interlocutor: “La obsesión moderna de favorecer a los escritores y convertirlos en una clase privilegiada, a mí, me repugna profundamente. Después de todo, Cervantes tuvo mucho menos facilidades para escribir que la mayor parte de nosotros. Creo que los escritores modernos deberíamos ser más humildes. Lo que sí es grave es que la carencia de libros impida que la gente pueda leer. A los lectores sí hay que defenderlos”.

El libro de Peralta no tiene desperdicio. Paz previene contra la irracionalidad del fanatismo, se refiere a la política como “el arte de convivir con los otros”, defiende con vehemencia “el ejercicio de la crítica, la libertad de asociación, el derecho de huelga, la libertad de prensa, la de creencias, el derecho a equivocarse”, se manifiesta a favor del aborto y en contra del mercado del arte y la destrucción de la naturaleza. Es, siempre, una voz crítica, incómoda… y así quién lo iba a querer.

Queridos cinco lectores, en estos días tenebrosos El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.