La precariedad necesaria

La industria de los antidepresivos resulta clave para mantener en pie a esos ejércitos de zombis que podrán tener los nervios desechos y el espíritu abatido.
Residuos inevitables del sistema.
Residuos inevitables del sistema. (Nelly Salas)

México

Uno de los elementos esenciales de la narrativa de la democracia de mercado es que la pobreza, la miseria, el hambre y la precariedad en general, son residuos inevitables de un sistema que continúa perfeccionándose, y en esa medida serán atendidos a su justo tiempo. Tanto los gobiernos como las ONG y los organismos internacionales perpetuamente lanzan proclamas, publican estudios, enuncian planes para —ahora sí, por fin— atender a los millones de excluidos de las necesidades básicas, esa deuda pendiente del mejor de los sistemas posibles, que no solo los tiene muy en cuenta en sus plegarias, sino que realmente hace su mayor esfuerzo por extraerlos de su calvario cotidiano.

Sin embargo, cada vez resulta más clara la falsedad esencial del postulado, pues la precariedad es un estado endémico a la democracia capitalista, en particular en su despiadada versión neoliberal. El establecimiento de un orden jurídico basado en la competencia descarnada, sin límites, produce por millones el prototipo actual de los individuos cansados, agotados, que, como dice Byung-Chul Han, se “autoexplotan” hasta la muerte en vida, y todos aquellos que no puedan o no quieran participar de la conversión del ser humano en una máquina o en una mercancía, serán los únicos culpables de su propia hambre. Como bien ha señalado Darian Leader, la industria de los antidepresivos resulta clave para mantener en pie a esos ejércitos de zombis que podrán tener los nervios desechos y el espíritu abatido, pero gracias a las pastillas reúnen las fuerzas para no colapsarse y poder seguir desempeñando con relativa eficiencia su papel dentro de la cadena productiva.

Y es que como vislumbró Max Stirner en El único y su propiedad, no es una cuestión derivada ni azarosa, sino endémica al liberalismo político y su correlato económico: “¡Cuánto se engañaría el que creyese a la burguesía capaz de desear la extinción de la miseria (del pauperismo) y de consagrar a ese fin todos sus esfuerzos!”. El truco reside en que ahora el mandato proviene de esas fuerzas impersonales a las que llamamos mercado, y los accionistas anónimos pueden ser implacables en la búsqueda de beneficios, estrechando la soga en el cuello de la inmensa masa de desposeídos, que deberán contentarse al infinito con la promesa de que algún día también a ellos ya les tocará vivir, aunque por si acaso esto no ocurriera siempre quedan lugares como el cielo para que se les recompense por toda la eternidad la mala suerte ontológica de haber nacido en el lado equivocado de la distribución de capacidades.