Un tesoro escondido en Nueva York

Desapercibida en pleno Manhattan, la sede de esta organización alberga miles de obras plásticas españolas, portuguesas y novohispanas; libros originales e incunables, así como cerámica histórica, ...
Exequias de la Reina María Luisa de Orleans, Sebastián Muñoz, 1689
Exequias de la Reina María Luisa de Orleans, Sebastián Muñoz, 1689 (Cortesía)

Ciudad de México

En 2010 se presentó en Nueva York un libro de ensayos académicos sobre la historia de los hispanos en La Gran Manzana. Fue la primera vez que supe sobre la Hispanic Society of America (HSA). Resulta que tras la Guerra Hispano-Estadunidense de 1898, en Norteamérica, y especialmente en Nueva York, se sintió un gran interés por España, su lengua y su cultura. Este interés fue aumentando y extendiéndose hasta finales de los años cincuenta.

Uno de los más ávidos aficionados fue Archer M. Huntington, heredero de una inmensa fortuna proveniente de la construcción de ferrocarriles, quien se enamoró de lo español desde joven y atesoró muchísimas de sus riquezas. Al querer compartir su pasión fundó la HSA en Nueva York, convirtiéndose en el emisario más importante de la cultura ibérica.

Hasta el día de hoy, la HSA posee la colección más importante de arte ibérico fuera de España. Su inventario enorme y extraordinario permite admirar el arte, la literatura, la música, las costumbres, las labores y los panoramas rurales y urbanos de los hispanos del mundo a través del tiempo. Imagínese: parte de lo fenicio y llega hasta el siglo XX abarcando a España y a sus colonias. Comprende 65 mil libros raros de los que 250 son incunables; más de 250 mil títulos modernos de temas hispanos; cientos de miles de objetos arqueológicos y decorativos, pinturas, esculturas, dibujos, grabados, grabaciones de música y fotografías etnográficas. Pero casi nadie sabe que existe.

De sus 20 mil visitantes anuales, la mitad son niños traídos por sus escuelas y la otra mitad en su mayoría son turistas. Hay varias razones que explican la opacidad de este tesoro. Una de ellas, absurda, es que la entrada es gratuita. Huntington fundó la institución en 1904 estipulando legalmente que nunca se cobrara la entrada. Como los fondos de la institución no dependen de la asistencia de espectadores, la organización no se molesta en hacerse propaganda.

Otra razón es que está en un vecindario que Huntington apostó que se poblaría de ricachones y atraería a otras instituciones. Pero no sucedió. La HSA está fuera del circuito de los museos, en una zona en donde en el pasado abundó la criminalidad y que desde siempre ha sido de inmigrantes pobress. Por cierto, hoy el barrio es hispano, pero nada ha resultado de la coincidencia.

Y otra razón es el nombre de la institución, que confunde. Algunos piensan que es un club social o deportivo. Otros piensan que en ella se muestra lo latinoamericano y no la visitan porque el Museo del Barrio parece dedicarse a lo mismo, es nuevecito y está más cerca del centro de Manhattan. Pero si usted pasa por Nueva York, no se la pierda.

Lo primero que deslumbra es su sitio. Huntington colocó a la Hispanic dentro de un campus de instituciones culturales que estuvieron encabezadas por él o íntimamente ligadas a él. Aunque hoy, los edificios de casi todas ellas están vacíos, el panorama es imponente, espectacular. Los edificios Beaux-Arts majestuosos están situados alrededor de un patio formal dominado por una estatua del Cid Campeador.

Por dentro irá de asombro en asombro. Alberga una colección de arte visual maravilloso, 23 mil obras de España, Portugal y de sus antiguas colonias, incluyendo marquetería de Goa y una de las mejores colecciones de loza hispanomusulmana con su característico acabado metálico. Su acervo de 900 óleos contiene varias obras prestigiosas de los artistas españoles premodernistas más prominentes: del siglo XVI destaca La Piedad, de El Greco; del Siglo de Oro, sobresalen las pinturas de Zurbarán, Murillo y Velázquez; y del siglo XIX y XX se distinguen algunas obras de Fortuny, Nonell y Zuloaga.

Sorolla ocupa un lugar esencial en la institución. Su relación con Huntington contribuyó en gran medida a su éxito abrumador en Estados Unidos. El filántropo le montó una exposición en 1909 que atrajo a 150 mil personas, le compró varias obras y en 1911, le comisionó Visión de España, hoy la obra más vistosa del museo.

El friso de 70 metros de largo por casi cuatro metros de alto realizado de 1912 a 1919 representa las distintas regiones de España mediante imágenes de bailarines de la jota en Aragón, de la pesca en Cataluña, del Festival del Pan en Castilla, de la Semana Santa en Sevilla y otras imágenes del folclor español. La obra es ejemplo magnífico de las dos cualidades distintivas del artista: el detener un instante en el tiempo capturando el movimiento de la escena; y el uso singular de la luz donde las sombras, los reflejos, las transparencias y la intensidad del color transforman la imagen y hacen relucir al pueblo español y al ámbito natural que lo rodea. Cabe mencionar que cuando hace unos años la obra estuvo de gira por España, más de dos millones de personas la vieron.

El cuadro más famoso del museo es el retrato de La Duquesa de Alba, de Goya. En él, la mujer más importante después de la reina viste de luto por la reciente muerte de su marido. Posa en Andalucía a un lado del Río Guadalquivir. Viste de maja con blusa dorada, falda y mantilla de encaje negro y un cinto rojo le rodea la cintura. Aparece de cuerpo entero y con expresión seria, la manera usual en que se retrataba a la nobleza, aunque el entorno al aire libre es inusual para un personaje de alcurnia.

El paisaje iluminado rodeando al personaje negro hace que este sobresalga y que el enfoque se sitúe en la expresión facial y en la postura. La pincelada rápida y vibrante muestra detalladamente las texturas de las telas de la vestimenta sin ser preciosista. La mano derecha de la duquesa señala las palabras “solo Goya” inscritas en la arena. En la otra mano, lleva dos anillos, uno grabado con la palabra “Alba”, el otro con la palabra “Goya”. Estos detalles han despertado intrigas. Durante mucho tiempo se ha especulado que la relación entre el pintor y la modelo pudo ser amorosa, aunque lo más probable es que reflejan los deseos del pintor por su musa. Pero el hecho es que, más allá de los chismes, el retrato es magnífico: revolucionario en técnica y tratamiento del tema.

Entre otras piezas, de México se muestra una mitra emplumada realizada por Diego Huanintzin. Una de las siete que se conservan y la única en América. La vestimenta obispal extraordinaria, realizada pegando plumas sobre papel de maguey, fue creada en Michoacán a mitades del siglo XVI. En época prehispánica la técnica se utilizaba en la confección de ropa, sombreros, abanicos y escudos. Cortés le envió varios ejemplares a Carlos V y muy pronto se volvió la moda entre la aristocracia europea. Una vez establecida la colonia, los misioneros estuvieron a cargo de su producción para la Iglesia.

Y también de México sobresale un óleo atribuido a Juan Rodríguez Juárez, De mestizo y de india, produce coyote. La obra es un ejemplar fascinante de las obras del siglo XVIII de la Nueva España conocidas como “castas” que documentan los matrimonios interraciales.

La biblioteca de la HSA es también excepcional. Posee obras de Alfonso X el Sabio, de Antonio de Nebrija, del Marqués de Santillana; el único ejemplar conocido de la primera edición de La Celestina; el original de El alguacil endemoniado de Quevedo; la primera edición de El Quijote.

Ahí se conserva nada menos que el primer libro impreso en México (y por cierto, el primero del continente): la Doctrina breve, de 1543, de Fray Juan de Zumárraga, el primer arzobispo de México. Además guarda las primeras ediciones de varias obras de Góngora y de Sor Juana, entre ellas la colección de poesía Inundación Castálida, su auto sacramental El Divino Narciso y la Carta Athenagórica.

Y apenas he empezado a nombrar las joyas de un acervo donde abundan las primeras ediciones y los manuscritos. Entre los segundos, las cartas intercambiadas entre la Reina Isabel de Inglaterra y el Rey Felipe II de España, cinco meses antes de que este fracasara en su intento de invadir el reino anglicano. O la colección de manuscritos iluminados (es decir, ilustrados con figuras coloreadas), que contiene bellísimos libros de horas (textos de rezos y salmos de la Edad Media que se realizaban exclusivamente para una persona determinada, generalmente de la nobleza), biblias judías y católicas y mapas.

Una joya destaca: el mapamundi de 1526 de Juan Vespucio, sobrino del navegante, precioso por su hermosura y porque incluye la representación más temprana y precisa del Golfo de Florida.

Del siglo XX, la biblioteca cuenta con cartas, manuscritos y ediciones firmadas de Darío, Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Pardo Bazán y Machado, todos ellos amigos de Huntington. Además, gracias a una donación, el archivo posee la versión original a máquina con anotaciones manuscritas de la obra teatral de García Lorca Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín.

La Hispanic ha contemplado reubicarse, cambiarse de nombre y volver su recinto más adecuado. Pero no ha sucedido. Tal vez, nunca suceda. Lo que sí ha hecho es impulsar sus colaboraciones con otros museos y vale la pena subrayar que su influencia empieza a sentirse en Latinoamérica. En México, en museos como el Franz Mayer y el Muse Nacional de Arte, ya se han podido apreciar algunas de sus joyas.

En todo caso, lo antes dicho: si pasa por Nueva York, vaya a buscar ese patio misteriosamente rodeado de imponentes edificios vacíos y entre al de la HSA y vaya de deslumbramiento en deslumbramiento. No el menor será el de confirmar que todavía existen los grandes tesoros escondidos.